Teresa Seco era golpeada habitualmente por su marido. En uno de los ataques,
ella le dio un puntazo que derivó en su muerte. El tribunal no tuvo en cuenta la
historia de violencia y le aplicó una pena durísima. La Corte tucumana revirtió
el fallo y criticó a los jueces.
Por Mariana Carbajal
Un fallo de un tribunal tucumano dejó en evidencia, otra vez, marcados
prejuicios machistas de los jueces, su desconocimiento de las características de
la violencia doméstica y la resistencia a analizar los hechos y las pruebas a la
luz de un enfoque de género. La sentencia en cuestión fue dictada por la Sala I
de la Cámara Penal del Centro Judicial de Concepción, al sur de la provincia, y
condenó a 12 años de prisión a una mujer de 32 años que, para defenderse de las
agresiones de su esposo y proteger también a su hijo de 13 años de los golpes,
le dio un puntazo con un cuchillo de cocina, que derivó en la muerte del hombre.
Los jueces no tuvieron en cuenta que se trataba de una víctima de violencia
doméstica, que había querido denunciar a su marido varias veces en la comisaría
local pero la policía la había persuadido de que no lo hiciera y que esa
madrugada fatídica del 25 de diciembre de 2010 –cuando ocurrió el hecho– él
había entrado violentamente a la casa, después de que ella lo había echado. En
el fallo, además, se cuestiona la credibilidad de la mujer por no haberse
mostrado como una “esposa atribulada”, preocupada por la salud de quien había
atentado contra su vida y la de su hijo. La Corte tucumana acaba de revocar la
sentencia y absolvió a la mujer, al interpretar –como sostuvo su defensa en el
juicio– que actuó en legítima defensa.
El fallo cuestionado fue firmado por los jueces José Alfredo Garzia, María
Raquel Asís y Elena del Tránsito Grellet. Asís integra el Consejo Asesor de la
Magistratura de Tucumán, elegida por el voto de la mayoría de los magistrados
del Centro Judicial de Concepción.
La condena recayó sobre Teresa Malvina Seco, quien llegó a juicio privada de su
libertad y alejada de sus hijos. Estuvo detenida tres años y cuatro meses. Tiene
tres hijos, el mayor ahora de 16 años, una niña de 7 y un nene de 4. Los dos más
pequeños son hijos de la relación de Seco con Cristian Eduardo Olivera, por cuya
muerte fue condenada por el delito de homicidio agravado por el vínculo,
atenuado por circunstancias extraordinarias. Hacía cuatro años que convivían, en
la localidad de Medinas, departamento de Chicligasta, 85 kilómetros al sur de la
capital provincial. Estaban casados legalmente. El ejercía violencia
psicológica, física y económica contra ella. Seco se dedicaba a arreglar
celulares. El no trabajaba y muchas veces le quitaba el dinero que ella ganaba y
que era para alimentar a sus hijos y se lo gastaba en comprar bebidas
alcohólicas, según contó la defensora oficial de la mujer, Carola Ballesteros.
“Lamentablemente pasó lo que pasó, que yo no lo esperaba. Yo no creía cuando me
dijeron que había muerto”, contó Seco a este diario. El 4 de mayo recuperó su
libertad. “Me siento frustrada por cómo me trataron los jueces. Estoy tratando
de rearmar mi vida desde cero. Es como que tengo un rompecabezas y no sé cómo
van las piezas”, agregó (ver aparte).
La sentencia en su contra fue dictada por la Cámara Penal el 8 de octubre de
2013. Y apelada por Ballesteros, defensora oficial penal de la IIª Nominación
del Centro Judicial Concepción. En el recurso de Casación, Ballesteros –quien
acompañó a la mujer en todo el proceso judicial– detalló uno a uno los sesgos
machistas que atraviesan el análisis del caso. Así llegó la causa a la Corte
tucumana. En su fallo del 28 de abril, el alto tribunal cuestionó en duros
términos a los magistrados que condenaron a Seco y se explayó en forma extensa y
pedagógica sobre cómo deben ser abordados los casos de violencia de género.
Puntualmente, los jueces Antonio Gandur, Daniel Estofan y Daniel Oscar Posse
advirtieron que debe aplicarse la perspectiva de género, tal como lo establecen
la Convención Internacional sobre la Eliminación de Todas las Formas de
Discriminación contra la Mujer (conocida por su sigla en inglés, Cedaw),
ratificada por la Argentina; la Convención Interamericana para Prevenir,
Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer (Convención de Belém do Pará)
incorporada al bloque constitucional mediante la sanción de la ley Nº 24.632, y
la Ley 26.485, de protección integral contra la violencia hacia las mujeres,
sancionada en 2009.
“Atento a los argumentos desarrollados, la contundencia de las pruebas valoradas
a la luz de una perspectiva que contempla integralmente el fenómeno de la
violencia de género y doméstica”, se impone sostener que la imputada “actuó en
legítima defensa”, concluye la Corte provincial. En ese sentido, advirtió que el
puntazo que le dio a su esposo fue el único modo que tuvo de evitar que él la
matara a ella y a su hijo de 13 años.
El caso muestra una vez más la imperiosa necesidad de que la incorporación del
enfoque de género sea una estándar de calidad a la hora de impartir justicia y
que no dependa de la decisión personal de cada magistrado de capacitarse en ese
sentido. También refleja cómo el machismo en los tribunales afecta la vida de
las mujeres que llegan a juicio –como víctimas o victimarias– y de sus hijos. Y
cómo son tratadas de forma diferencial las mujeres que actúan en situaciones de
legítima defensa en relación con los hombres, cuya credibilidad no se suele
poner en duda (ver aparte).
El episodio por el cual Seco llegó a juicio ocurrió el 25 de diciembre de 2010,
a las cinco y media, luego de la Nochebuena. La pareja había discutido. Ella lo
había echado de la casa, según contó, y él irrumpió violentamente y pretendía
pegarles a ella y al hijo de 13 años. Habitualmente los maltrataba a ambos.
Varios testigos ratificaron esas circunstancias. Esa madrugada, el niño buscó un
cuchillo para defenderse y la mujer se lo sacó. “Yo le agarro el cuchillo a mi
hijo y le digo que se vaya. Le va a pegar a mi esposo por la espalda, pero yo le
quito el cuchillo. Yo quedé en posesión del cuchillo. Yo y mi hijo salimos
corriendo hacia afuera, nos alcanza, me da vuelta y se me vino encima, y lo
empujé con el cuchillo en la mano”, relató la mujer durante el juicio. Su
versión, destacó el fallo de la Corte tucumana, fue confirmada por el relato del
niño en el debate oral. “Yo quise separar y me pegó a mí. Ante ello me fui a un
cajón y saqué un cuchillo para pegarle a él y mi mamá me lo quitó. El se lastima
con un cuchillo que lo tenía mi mamá. Yo lo saqué desde un cajón donde estaban
los cubiertos dentro de la casa. Era blanco y celeste. Yo lo saqué porque quería
separarlo. Ella me quitó el cuchillo. Salimos para el patio corriendo y vino
queriendo pegarnos a los dos, y mi mamá lo empujó con el cuchillo en la mano”.
Una perito psicóloga que actuó en el caso, Patricia Estela Ricaud, dio cuenta
del “sentimiento de culpa que pesaba sobre el menor por haberle alcanzado a su
madre el cuchillo”.
LOS ARGUMENTOS DE LA SENTENCIA
Condena machista
Durante el juicio, la imputada Teresa Malvina Seco dio cuenta del maltrato y la
violencia que su esposo, Cristian Olivera, ejercía sobre ella y su hijo mayor.
Varios testigos ratificaron ese contexto de violencia doméstica. La mujer
declaró: “Yo conviví con él cuatro años y medio, lo único malo que tenía es que
cuando se machaba me pegaba, o a veces me pegaba cuando se encontraba sano,
porque era una persona violenta”. En otro tramo de su declaración, afirmó: “En
algunas otras ocasiones me golpeaba y últimamente las golpizas eran más
seguidas. Mi hijo siempre me defendía. Yo hice la denuncia, pero nunca me las
tomaron por distintos motivos. Generalmente en la comisaría había una sola
policía. Agresiones que sufría fueron vistas por mi padre y la familia de él
también sabía. Una vez me partió la cabeza con un palo y el padre de él me vio
la cabeza ensangrentada. Cuando me golpeaba, a veces estaba alcoholizado, a
veces no”.
A pesar de la contundencia del relato, los miembros de la Sala I de la Cámara
Penal de Concepción ignoraron el contexto de violencia doméstica, a la hora de
analizar el hecho juzgado. Llamativamente, uno de los jueces, José Alfredo
Garzia, directamente descartó la existencia de una situación acreditada de
violencia de género. Otra de las magistradas, Elena del Tránsito Grellet, al
contrario, reconoció que la imputada fue “una víctima de una evidente violencia
intrafamiliar y de género”. Pero minimizó esa situación. Sin embargo, lo más
insólito fue que la tercera integrante del tribunal, María Raquel Asís, adhirió
a ambos votos, contradictorios entre sí. De todas formas, los tres rechazaron
que se hubiera tratado de una situación de legítima defensa, como planteaba la
defensa de la imputada. Y votaron por unanimidad por la condena a 12 años de
cárcel.
Otra de las perlitas del fallo está en la foja 965, último párrafo, y es en
definitiva la razón por la cual no le creen a la mujer su versión de los hechos.
Se ve claramente cómo se le reprocha, más bien se le exige que, luego de una
situación de extrema violencia con la presencia de altos riesgos para la vida y
la integridad física suya y de su hijo, asuma un rol de “esposa atribulada”
frente a aquel que atentó contra la vida de ambos, al no haber estado a su lado
cuando fue hospitalizado. En ese sentido, la Sala I consideró que esa actitud
“no se compadece con una esposa atribulada cuya intención no era agredir a su
esposo, entendiendo que esta circunstancia singulariza el caso en estudio
dejando al desnudo el desinterés por el occiso y demostrando ello frialdad de
ánimo en la encartada”.
El hombre falleció en el hospital de Concepción, donde recién fue intervenido
quirúrgicamente unas 16 horas después de haber resultado herido, según indicó a
este diario la defensora oficial Carola Ballesteros, quien advirtió que si
hubiera sido atendido antes posiblemente podría haberse salvado su vida, dado
que un perito forense evaluó que no tenía una lesión letal y podría haberse
recuperado. Su muerte se produjo dos horas después de entrar al quirófano, dijo
Ballesteros. Primero había sido trasladado al hospital de Medina y desde allí se
hizo la derivación a Concepción.
POR QUE LA CORTE ENTENDIO QUE HUBO LEGITIMA DEFENSA
“Influyó el contexto de violencia”
El fallo de la Corte tucumana que revoca la condena a Teresa Seco contiene
abundante jurisprudencia e incluso citas de libros especializados en la
problemática de la violencia de género y en los casos puntuales de mujeres que
matan a sus esposos en legítima defensa, en contextos de maltrato en el hogar.
En ese sentido, señala que es “determinante tener en cuenta” que Sylvie Frigon,
en su trabajo Mujeres que matan: tratamiento judicial del homicidio conyugal en
Canadá de los ’90, concluye que “estas mujeres sufrían mucho, vivían una
pesadilla con los ojos abiertos. Resultado del terror cotidiano y el acto tiene
por objetivo terminar con el terror y no necesariamente busca eliminar al
otro... el día del homicidio hay algo de particular, anormal. Según las mujeres,
hay una suerte de disparador. La mujer puede predecir una violencia desusada. Se
percibe muy a menudo que algo ocurrió en esas mujeres que hizo que no pudieran
continuar soportando. Han sobrepasado una frontera y, a veces, cuando además los
niños están involucrados, algo se dispara. El umbral de lo tolerable es superado
y lo insoportable es alcanzado. Dos parámetros importantes son puestos en escena
aquí: la acumulación de frustraciones, de sufrimientos y de miedo, en el tiempo
y la relación de pareja alcanzando un crescendo... Es como si hubiera una
frontera, un lugar donde es cuestión de vida o muerte y donde no se discute más.
El gesto homicida es en verdad una suerte de consecuencia, es la acumulación de
todo un tramo de la vida: la vida de pareja difícil, marcada por el abuso.
Finalmente no aguantan más sufrir, quieren detener el sufrimiento, quieren
vivir. Quieren preservar su integridad” (Cfr. Frigon Sylvie, Mujeres que matan:
tratamiento judicial del homicidio conyugal en Canadá de los ‘90, en Capítulo
III, Travesías 9, Temas del debate feminista contemporáneo, Mujer, Cuerpo y
Encierro, Documento del Cecym, Editora: Silvia Chejter, Buenos Aires, Diciembre
2000, pág. 76).”
Los jueces del alto tribunal encuentran esas características en la historia de
Teresa Seco: por un lado, “niños involucrados”; por el otro, “acumulación de
frustraciones y sufrimientos”. En ese sentido, destaca parte de la declaración
de la mujer cuando dijo que “entonces yo me fui para el comedor de la casa,
reclamándole que yo estaba cansada de todo, que trabajaba, atendía mis hijos,
atendía los clientes ya que trabajaba en telefonía celular, o sea yo me partía
en diez mil para cumplir todas mis obligaciones, que yo le reclamaba que ya no
podía seguir viviendo así”. El tercer eje es “acumulación de todo un tramo de la
vida... marcado por el abuso”. Seco contó en el juicio: “Una vez me partió la
cabeza con un palo y el padre de él me vio la cabeza ensangrentada”. Su hijo
describió: “A mi mamá le pegaba con las manos y con un palo. Nos trataba mal.
Usaba palabras groseras, pero no recuerdo qué palabras. Le pegaba mucho. Yo
varias veces me metía cuando le pegaba a ella. Una vez le vi pegarle. Fue con un
palo en la cabeza...”
Así, la Corte tucumana concluye que “todo ello habla de un contexto de violencia
que necesariamente influyó en el trágico día en que la imputada hirió a su
marido, pero que –sin embargo– no fue tenido en cuenta por la Cámara Penal a la
hora de analizar la causal de justificación aducida por la defensa”.
EL DRAMA QUE VIVIO TERESA MALVINA SECO
Volver a empezar
Teresa Malvina Seco recuperó su libertad el 4 de mayo, luego de que un fallo de
la Corte de Tucumán revocara la sentencia que la había condenado por el
homicidio de su esposo y la absolviera al interpretar que actuó en legítima
defensa. La mujer, de 32 años y madre de tres hijos, estuvo privada de su
libertad desde la noche del 25 de diciembre de 2010: tres años y cuatro meses.
“Estoy tratando de rearmar mi vida desde cero. Es como tener un rompecabezas y
no saber cómo van las piezas”, contó a este diario. Vive en una casita humilde,
en la localidad de Medinas, al sur de la provincia de Tucumán. Arregla
celulares. Enorme sorpresa y congoja sintió, dijo, cuando esa noche se enteró de
que su marido se había muerto, como consecuencia del puntazo que ella le había
dado, sin intención, al defenderse de los golpes que pretendía propinarle –como
tantas veces– a ella y a su hijo mayor, entonces de 13 años. No había querido
matarlo. Sólo protegerse ella y al niño. Pero los jueces de la Cámara Penal de
Concepción no le creyeron. Esa actitud de la Justicia le generó “frustración”,
contó a este diario.
Estuvo los primeros seis meses detenida en la Unidad Penitenciaria Nº 4 de
Mujeres, en Banda de Río Salí, a unos 120 kilómetros de su domicilio, en la
provincia de Tucumán. Hasta que el 5 de julio de 2011 le otorgaron la prisión
domiciliaria, por sus dos hijos pequeños: en ese momento el más chiquito tenía 1
año y 6 meses y la nena, 3 años. Pero con el menor no pudo reencontrarse hasta
16 meses después. La familia de su esposo le había pedido el bebé para cuidarlo
el día que ocurrió la muerte del hombre y nunca más se lo quiso devolver. Recién
pudo recuperarlo a fines de noviembre de 2012, por intervención de un Juzgado de
Familia. “El chiquito no me reconocía. Fuimos recuperando el vínculo a través de
mi hija, que a ella sí la conocía. Sufrió mucho: él me decía que se quería ir a
su casa, por la de su abuela. He tenido mucha paciencia, mucho amor y hemos
podido recuperar el vínculo. No sólo yo sufrí en estos años, mis tres hijos
también, muchísimo. El mayor se sentía culpable por toda la situación, porque él
había agarrado el cuchillo que yo le quité. Y lamentablemente pasó lo que pasó,
y yo no me lo esperaba. Yo no creía cuando esa noche me vinieron a contar que mi
esposo había muerto”, contó Seco.
El mismo tribunal que la condenó a 12 años de prisión, sin contemplar el
contexto de violencia de género que ella sufría y en el que se dio el hecho, le
revocó la prisión domiciliaria en diciembre. Fue un día que ella tuvo un
accidente en su casa y se lastimó una pierna. La defensora oficial, Carola
Ballesteros, contó que Seco llamó a la comisaría de Medinas, para que la fueran
a buscar con un patrullero, pero que le dijeron que no tenían ninguno. Entonces,
la joven se dirigió a la seccional y dejó constancia de que iba a ir al
hospital. Pero la familia de su esposo denunció que había violado la
domiciliaria y la Sala I de la Cámara Penal de Concepción la volvió a alejar de
sus hijos y la mandó nuevamente a la cárcel de mujeres, a pesar de que la fiscal
de Cámara sostuvo que la salida había sido justificada y no había riesgo
procesal. Su defensora reclamó que le permitieran visitar a los chicos, dado que
el penal está ubicado a más de cien kilómetros de su domicilio y la mamá de
Seco, de condición humilde, no tenía medios para llevarlos a ver a su mamá. La
Sala I, señaló Ballesteros, le autorizó una salida cada dos meses, de seis
horas, de las cuales tres horas se le iban de viaje, entre la ida y la vuelta.
“Los chicos lloraban y lloraban por no poder verla”, contó Ballesteros.
–¿Qué les diría a otras mujeres que sufren violencia de género de parte de su
pareja? –le preguntó Página/12.
–Que se separen, que salgan, averigüen, hablen con psicólogos, con abogados. No
es fácil salir. Muchas mujeres se quedan por miedo. Con el tiempo me he dado
cuenta de que no me separé por el miedo que le tenía. Pero no es imposible
salir: con ayuda se puede. Mi esposo me amenazaba con quitarme a los hijos. Me
decía: “Si te vas, los chicos se quedan”. El maltrato no es sólo físico. Es
psicológico y económico también. Me interesa ayudar a otras mujeres. La sufrí
mucho en estos años. La peleé mucho. Pero la vida continúa. Me gustaría que mi
historia fuera ejemplo para que no le vuelva a pasar a otra lo que me pasó a mí.
“A una mujer no se le cree”
Es interesante analizar la credibilidad de las mujeres que matan a sus maridos
en una situación de violencia frente a la credibilidad que les merecen los
hombres, por parte de los tribunales, cuando matan a otras personas también en
situaciones de violencia, advirtió la defensora oficial de Teresa Seco, Carola
Ballesteros. “Al varón se le cree. El hombre es beneficiado por la
excarcelación. El caso se cierra desde etapas tempranas y, en caso de algún
resquicio de responsabilidad penal, son encuadrados en el exceso de la legítima
defensa. A una mujer, como le pasó a Teresa, no se le cree y llega a juicio
privada de su libertad. Los jueces suelen ser mucho más rigurosos en el análisis
de las distintas categorías dogmáticas y casi siempre se presume en la mujer la
ausencia del elemento subjetivo de la justificación. Las situaciones de
violencia de género y violencia doméstica son minimizadas y a lo sumo son
valoradas como atenuantes, encuadrándolas en ‘circunstancias extraordinarias de
atenuación’”, señaló Ballesteros a Página/12.
19/05/14 Página|12
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