“Mi hijo Felipe, heredero de la corona, encarna la estabilidad, que es seña de identidad de la institución monárquica”, sentenció.
El rey dijo que el país necesita “que una generación más joven se encargue de las reformas que la coyuntura actual está demandando”. En las principales ciudades se realizaron manifestaciones contra la continuidad de la monarquía.
Por Flor Ragucci
Desde Barcelona
Amanecía como un lunes cualquiera, pero a media mañana la historia cambió. La Historia con mayúsculas. De repente, millones de españoles se encontraron almorzando frente a la emisión de un comunicado del rey que anunciaba su abdicación. El presidente Mariano Rajoy fue el encargado de dar la noticia: “Juan Carlos cede el trono y la jefatura del Estado a su hijo, el príncipe de Asturias, que una vez que haya concluido el proceso legal marcado por el artículo 57 de la Constitución para la transmisión de la Corona, se convertirá en Felipe VI de España”. Rajoy se limitó a expresar la voluntad del rey de renunciar al trono, sin especificar los motivos de su marcha. “He encontrado al rey convencido de que es el mejor momento para que pueda producirse con normalidad el cambio de jefatura y la transmisión de la corona al príncipe”, explicó el líder del Ejecutivo.
Ante el pasmo generalizado, la justificación oportuna no tardó en llegar. Al mediodía, Juan Carlos, sentado en su archiconocido escritorio del Palacio de la Zarzuela, desde donde siempre se dirige a los españoles, pronunció el que, al parecer, será su último discurso. Eso sí, la escenografía presentaba en esta ocasión nuevos matices: de fondo, una foto suya con su hijo –el futuro Felipe VI– y su nieta Leonor (la siguiente en la línea sucesoria) sirvieron de marco a su intención firme de continuidad.
El monarca develó que la decisión ya estaba tomada desde enero, cuando cumplió 76 años, y destacó “la madurez, preparación y sentido de la responsabilidad” de su sucesor. “Mi hijo Felipe, heredero de la corona, encarna la estabilidad, que es seña de identidad de la institución monárquica”, sentenció. También tuvo palabras para la princesa Letizia y para su consorte, la reina Sofía, a quien agradeció su “colaboración y generoso apoyo”. “Quiero lo mejor para España, a la que he dedicado mi vida entera y a cuyo servicio he puesto todas mis capacidades, mi ilusión y mi trabajo”, detalló en su mensaje emitido a través de TVE. Es por ello, dice, por lo que deja en “primera línea” a “una generación más joven, que pueda afrontar con nuevas energías las reformas que la coyuntura actual está demandando”. Al hablar de ese cambio que la sociedad reclama, el rey parece obligado a reconocer lo sucedido tras las elecciones europeas de hace una semana, en las que los dos partidos mayoritarios, el Popular y el Socialista, sufrieron un fuerte revés y la cuarta fuerza más votada resultó ser la que enarbola las demandas de los indignados. Su decisión presupone, incluso, la aceptación del enorme desprestigio de la casa real –a raíz de los escándalos de corrupción que protagonizó su familia en los últimos años y de su famosa caza de elefantes en Botswana– así como el descrédito generalizado en las instituciones políticas para la población española.
Pero, en su discurso oficial, Juan Carlos no mencionó nada de esto de forma explícita ni, menos que menos, asumió responsabilidades directas, sino que pasó la pelota rápidamente a los efectos de la crisis. “La larga y profunda crisis económica que padecemos ha dejado serias cicatrices en el tejido social, pero también nos está señalando un camino de futuro cargado de esperanza [...] se ha despertado en nosotros un impulso de renovación, de superación, de corregir errores y abrir camino a un futuro decididamente mejor”, expresó Juan Carlos en su discurso. “En la forja de ese futuro, una nueva generación reclama con justa causa el papel protagonista”, agregó, como otro de los motivos de su marcha.
Aunque con “nueva generación” a lo que el rey se refiere es a la sucesión de su hijo, las urnas y las voces en la calle piden otra clase de renovación. El ascenso de jóvenes partidos políticos y el reclamo de una república van cobrando fuerza en un país desgastado por la corrupción y los recortes sociales. De hecho, no bien anunció su abdicación, los ciudadanos comenzaron a movilizarse y convocaron de forma espontánea concentraciones en las plazas principales de las ciudades españolas, para reclamar que no se continúe con el proceso de sucesión al trono y se convoque un referéndum para que los españoles decidan si quieren mantener la monarquía o si prefieren que se instaure la III República.
Juan Carlos, a pesar de que reconoció que los últimos años “nos han permitido hacer balance autocrítico de nuestros errores como sociedad”, no asumió en su mensaje los suyos. Es más, presumió, orgulloso y sentimental, de su gestión: “He querido ser rey de todos los españoles; me he sentido identificado y comprometido con vuestras aspiraciones, he gozado con vuestros éxitos y he sufrido cuando el dolor o la frustración os han embargado”, declamó. También insistió en que su marcha no se debe a su debilitada salud. “Una vez recuperado tanto físicamente como en mi actividad institucional, he decidido poner fin a mi reinado y así acabo de comunicárselo al presidente del Gobierno”, recordó.
Rajoy convocó un Consejo de Ministros extraordinario, que tendrá lugar hoy a las 12, del que saldrá un proyecto de ley orgánica que, simplemente, regularice la cesión de la Corona desde Juan Carlos al futuro Felipe VI. “Espero que en un plazo breve las Cortes puedan proceder a la proclamación como rey del que hoy es príncipe de Asturias”, expresó el presidente. Por su parte, el jefe del Ejecutivo alabó la figura tanto de Juan Carlos como de Felipe e hizo un llamamiento a la “calma”. “Estoy convencido de que sabremos escribir una nueva página de la Historia en un clima sereno, con tranquilidad”, declaró.
Rajoy no admitió preguntas tras su declaración institucional y, evitando enfrentarse con las numerosas peticiones de referéndum para decidir si se quiere o no continuar con la monarquía, prefirió destacar la figura del rey como “el mejor símbolo de nuestra convivencia en paz y libertad, el principal impulsor de nuestra democracia, que fue su baluarte cuando la vio amenazada”. Con ello quiso homenajear a la persona que “durante 39 años se convirtió en una figura histórica, tan ligada a la democracia que no se pueden entender una sin la otra”, manifestó.
Mientras que el Partido Socialista también salió en defensa de la imagen pública de la corona, el líder de Izquierda Unida Cayo Lara aseguró que “es la hora de que hable el pueblo, es la hora de la democracia en mayúscula”. La federación mostró su adhesión a la convocatoria de manifestaciones en toda España para reclamar un referéndum y, por su parte, el flamante partido Podemos, que resultó uno de los máximos vencedores en las elecciones europeas, también proclamó su apoyo. “Dijimos que los resultados del 25-M abrían un ciclo de cambio político histórico en nuestro país. No imaginábamos que comenzaría tan rápido”, aseguró la formación en un tuit. Además, su portavoz, Pablo Iglesias, insistía en que “debe convocarse un referéndum porque no somos súbditos sino ciudadanos. Es la hora de que la gente tenga la palabra”.
Heredero de una corona en crisis
Felipe de Borbón y Grecia, príncipe de Asturias, asumirá como rey de España en momentos en que la monarquía y el país enfrentan la peor crisis desde el reinstauración de la democracia. Con la popularidad en mínimos históricos, sobre todo después de que su padre, el rey Juan Carlos, fuera sorprendido cazando elefantes en Africa con una amante mientras en su país el desempleo batía records, el nuevo monarca deberá mostrar grandes dotes políticas para esquivar las demandas republicanas. Sin embargo, el primer rey español que contará con una licenciatura universitaria –Derecho- y un master –Relaciones Internacionales– corre con una ventaja: es el miembro de la Casa Real mejor valorado, con apoyo de más del 66 por ciento de los españoles. En cambio su esposa, Letizia Ortiz, futura reina, es uno de los miembros de la familia peor valorado por su pueblo. Felipe quedará al frente de un Estado embarcado en una política neoliberal, que en aras de equilibrar las finanzas públicas empujó la desocupación y los desalojos a extremos desconocidos para los españoles que no vivieron la Guerra Civil. En la primera Cumbre Iberoamericana, celebrada en México en 1991, Fidel Castro le preguntó a Juan Carlos por su hijo. “Oye, una cosa. Ese hijo tuyo tan alto y tan buen mozo, ¿qué hace? ¿Es una especie de vicerrey o algo así?”. El monarca español sonrió y respondió: “Ser heredero es prepararse para ser rey”.
Acorralados por las denuncias
La actividad privada del rey generó estupor entre los españoles en un momento en que la corona era blanco de fuertes críticas por el caso de corrupción que comenzó salpicando sólo al yerno del monarca, el duque de Palma Iñaki Urdangarín, y que ahora también involucra a su esposa e hija del rey, la infanta Cristina. El 12 de diciembre de 2011, la Casa del Rey apartó a Urdangarín de las actividades oficiales por “su conducta no ejemplar” tras ser imputado en el escándalo del Instituto Noos por blanqueo de capitales. Luego, como supuesta muestra de transparencia, hizo públicas sus cuentas por primera vez. A pesar de los gestos, el daño ya estaba hecho y no había vuelta atrás. Para entonces, los diarios El País y El Mundo publicaron la existencia de unos correos electrónicos en poder del juez Pablo Ruz, que investigaba a Urdangarín. y que acreditaban que el rey mediaba en los negocios de su yerno, imputado por apropiación indebida de fondos públicos. En este contexto, la opinión pública dio un vuelco. En enero de 2013, una encuesta revelaba que el apoyo a la monarquía había caído a un mínimo histórico del 54 por ciento; otro sondeo de abril de El País indicó que el 53 por ciento de los españoles desaprobaba la manera en que el rey desempeñaba sus funciones. Un secreto que Juan Carlos se llevará a la tumba –y que enluta a la corona española– es qué fue lo que sucedió con su hermano Alfonso, fallecido el 29 de marzo de 1956 mientras esperaba la cena y jugaba con Juan Carlos, en la sala de juegos de la mansión, con una pistola calibre 22.
El rey dijo que el país necesita “que una generación más joven se encargue de las reformas que la coyuntura actual está demandando”. En las principales ciudades se realizaron manifestaciones contra la continuidad de la monarquía.
Por Flor Ragucci
Desde Barcelona
Amanecía como un lunes cualquiera, pero a media mañana la historia cambió. La Historia con mayúsculas. De repente, millones de españoles se encontraron almorzando frente a la emisión de un comunicado del rey que anunciaba su abdicación. El presidente Mariano Rajoy fue el encargado de dar la noticia: “Juan Carlos cede el trono y la jefatura del Estado a su hijo, el príncipe de Asturias, que una vez que haya concluido el proceso legal marcado por el artículo 57 de la Constitución para la transmisión de la Corona, se convertirá en Felipe VI de España”. Rajoy se limitó a expresar la voluntad del rey de renunciar al trono, sin especificar los motivos de su marcha. “He encontrado al rey convencido de que es el mejor momento para que pueda producirse con normalidad el cambio de jefatura y la transmisión de la corona al príncipe”, explicó el líder del Ejecutivo.
Ante el pasmo generalizado, la justificación oportuna no tardó en llegar. Al mediodía, Juan Carlos, sentado en su archiconocido escritorio del Palacio de la Zarzuela, desde donde siempre se dirige a los españoles, pronunció el que, al parecer, será su último discurso. Eso sí, la escenografía presentaba en esta ocasión nuevos matices: de fondo, una foto suya con su hijo –el futuro Felipe VI– y su nieta Leonor (la siguiente en la línea sucesoria) sirvieron de marco a su intención firme de continuidad.
El monarca develó que la decisión ya estaba tomada desde enero, cuando cumplió 76 años, y destacó “la madurez, preparación y sentido de la responsabilidad” de su sucesor. “Mi hijo Felipe, heredero de la corona, encarna la estabilidad, que es seña de identidad de la institución monárquica”, sentenció. También tuvo palabras para la princesa Letizia y para su consorte, la reina Sofía, a quien agradeció su “colaboración y generoso apoyo”. “Quiero lo mejor para España, a la que he dedicado mi vida entera y a cuyo servicio he puesto todas mis capacidades, mi ilusión y mi trabajo”, detalló en su mensaje emitido a través de TVE. Es por ello, dice, por lo que deja en “primera línea” a “una generación más joven, que pueda afrontar con nuevas energías las reformas que la coyuntura actual está demandando”. Al hablar de ese cambio que la sociedad reclama, el rey parece obligado a reconocer lo sucedido tras las elecciones europeas de hace una semana, en las que los dos partidos mayoritarios, el Popular y el Socialista, sufrieron un fuerte revés y la cuarta fuerza más votada resultó ser la que enarbola las demandas de los indignados. Su decisión presupone, incluso, la aceptación del enorme desprestigio de la casa real –a raíz de los escándalos de corrupción que protagonizó su familia en los últimos años y de su famosa caza de elefantes en Botswana– así como el descrédito generalizado en las instituciones políticas para la población española.
Pero, en su discurso oficial, Juan Carlos no mencionó nada de esto de forma explícita ni, menos que menos, asumió responsabilidades directas, sino que pasó la pelota rápidamente a los efectos de la crisis. “La larga y profunda crisis económica que padecemos ha dejado serias cicatrices en el tejido social, pero también nos está señalando un camino de futuro cargado de esperanza [...] se ha despertado en nosotros un impulso de renovación, de superación, de corregir errores y abrir camino a un futuro decididamente mejor”, expresó Juan Carlos en su discurso. “En la forja de ese futuro, una nueva generación reclama con justa causa el papel protagonista”, agregó, como otro de los motivos de su marcha.
Aunque con “nueva generación” a lo que el rey se refiere es a la sucesión de su hijo, las urnas y las voces en la calle piden otra clase de renovación. El ascenso de jóvenes partidos políticos y el reclamo de una república van cobrando fuerza en un país desgastado por la corrupción y los recortes sociales. De hecho, no bien anunció su abdicación, los ciudadanos comenzaron a movilizarse y convocaron de forma espontánea concentraciones en las plazas principales de las ciudades españolas, para reclamar que no se continúe con el proceso de sucesión al trono y se convoque un referéndum para que los españoles decidan si quieren mantener la monarquía o si prefieren que se instaure la III República.
Juan Carlos, a pesar de que reconoció que los últimos años “nos han permitido hacer balance autocrítico de nuestros errores como sociedad”, no asumió en su mensaje los suyos. Es más, presumió, orgulloso y sentimental, de su gestión: “He querido ser rey de todos los españoles; me he sentido identificado y comprometido con vuestras aspiraciones, he gozado con vuestros éxitos y he sufrido cuando el dolor o la frustración os han embargado”, declamó. También insistió en que su marcha no se debe a su debilitada salud. “Una vez recuperado tanto físicamente como en mi actividad institucional, he decidido poner fin a mi reinado y así acabo de comunicárselo al presidente del Gobierno”, recordó.
Rajoy convocó un Consejo de Ministros extraordinario, que tendrá lugar hoy a las 12, del que saldrá un proyecto de ley orgánica que, simplemente, regularice la cesión de la Corona desde Juan Carlos al futuro Felipe VI. “Espero que en un plazo breve las Cortes puedan proceder a la proclamación como rey del que hoy es príncipe de Asturias”, expresó el presidente. Por su parte, el jefe del Ejecutivo alabó la figura tanto de Juan Carlos como de Felipe e hizo un llamamiento a la “calma”. “Estoy convencido de que sabremos escribir una nueva página de la Historia en un clima sereno, con tranquilidad”, declaró.
Rajoy no admitió preguntas tras su declaración institucional y, evitando enfrentarse con las numerosas peticiones de referéndum para decidir si se quiere o no continuar con la monarquía, prefirió destacar la figura del rey como “el mejor símbolo de nuestra convivencia en paz y libertad, el principal impulsor de nuestra democracia, que fue su baluarte cuando la vio amenazada”. Con ello quiso homenajear a la persona que “durante 39 años se convirtió en una figura histórica, tan ligada a la democracia que no se pueden entender una sin la otra”, manifestó.
Mientras que el Partido Socialista también salió en defensa de la imagen pública de la corona, el líder de Izquierda Unida Cayo Lara aseguró que “es la hora de que hable el pueblo, es la hora de la democracia en mayúscula”. La federación mostró su adhesión a la convocatoria de manifestaciones en toda España para reclamar un referéndum y, por su parte, el flamante partido Podemos, que resultó uno de los máximos vencedores en las elecciones europeas, también proclamó su apoyo. “Dijimos que los resultados del 25-M abrían un ciclo de cambio político histórico en nuestro país. No imaginábamos que comenzaría tan rápido”, aseguró la formación en un tuit. Además, su portavoz, Pablo Iglesias, insistía en que “debe convocarse un referéndum porque no somos súbditos sino ciudadanos. Es la hora de que la gente tenga la palabra”.
Heredero de una corona en crisis
Felipe de Borbón y Grecia, príncipe de Asturias, asumirá como rey de España en momentos en que la monarquía y el país enfrentan la peor crisis desde el reinstauración de la democracia. Con la popularidad en mínimos históricos, sobre todo después de que su padre, el rey Juan Carlos, fuera sorprendido cazando elefantes en Africa con una amante mientras en su país el desempleo batía records, el nuevo monarca deberá mostrar grandes dotes políticas para esquivar las demandas republicanas. Sin embargo, el primer rey español que contará con una licenciatura universitaria –Derecho- y un master –Relaciones Internacionales– corre con una ventaja: es el miembro de la Casa Real mejor valorado, con apoyo de más del 66 por ciento de los españoles. En cambio su esposa, Letizia Ortiz, futura reina, es uno de los miembros de la familia peor valorado por su pueblo. Felipe quedará al frente de un Estado embarcado en una política neoliberal, que en aras de equilibrar las finanzas públicas empujó la desocupación y los desalojos a extremos desconocidos para los españoles que no vivieron la Guerra Civil. En la primera Cumbre Iberoamericana, celebrada en México en 1991, Fidel Castro le preguntó a Juan Carlos por su hijo. “Oye, una cosa. Ese hijo tuyo tan alto y tan buen mozo, ¿qué hace? ¿Es una especie de vicerrey o algo así?”. El monarca español sonrió y respondió: “Ser heredero es prepararse para ser rey”.
Acorralados por las denuncias
La actividad privada del rey generó estupor entre los españoles en un momento en que la corona era blanco de fuertes críticas por el caso de corrupción que comenzó salpicando sólo al yerno del monarca, el duque de Palma Iñaki Urdangarín, y que ahora también involucra a su esposa e hija del rey, la infanta Cristina. El 12 de diciembre de 2011, la Casa del Rey apartó a Urdangarín de las actividades oficiales por “su conducta no ejemplar” tras ser imputado en el escándalo del Instituto Noos por blanqueo de capitales. Luego, como supuesta muestra de transparencia, hizo públicas sus cuentas por primera vez. A pesar de los gestos, el daño ya estaba hecho y no había vuelta atrás. Para entonces, los diarios El País y El Mundo publicaron la existencia de unos correos electrónicos en poder del juez Pablo Ruz, que investigaba a Urdangarín. y que acreditaban que el rey mediaba en los negocios de su yerno, imputado por apropiación indebida de fondos públicos. En este contexto, la opinión pública dio un vuelco. En enero de 2013, una encuesta revelaba que el apoyo a la monarquía había caído a un mínimo histórico del 54 por ciento; otro sondeo de abril de El País indicó que el 53 por ciento de los españoles desaprobaba la manera en que el rey desempeñaba sus funciones. Un secreto que Juan Carlos se llevará a la tumba –y que enluta a la corona española– es qué fue lo que sucedió con su hermano Alfonso, fallecido el 29 de marzo de 1956 mientras esperaba la cena y jugaba con Juan Carlos, en la sala de juegos de la mansión, con una pistola calibre 22.
03/06/14 Página|12
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