domingo, 24 de agosto de 2014

Las palabras políticas Año 7. Edición número 327. Domingo 24 de agosto de 2014 Por Rodolfo Mariani. Politólogo sociedad@miradasalsur.com

La política refiere al poder y al orden en las comunidades humanas. En ese registro, prácticamente todo el lenguaje es político y la política está siempre ligada a las condiciones de su producción social. Pero hay algunas palabras que son distintas; que por sí solas son síntesis históricas, discursos que designan más que su significado y aunque sean singulares son plurales. Son palabras que se desbordan a sí mismas, que se aparean a su historia, la desafían y le dan un sentido más pleno a una época.
La política tiene que ver con el poder y la fuerza tiene que ver con el poder. Pero la relación de la política con la fuerza es más inestable y fue objeto de reflexión a lo largo de toda la historia humana. Hubo y hay quienes entienden a la fuerza –la capacidad de ejercer violencia– como parte esencial de la política, como un recurso vital de ella y, en ocasiones, como en la guerra, su principal forma de expresión. Lejos de escindir el campo de la fuerza del de la política, consideran que cuanto más relevantes sean los intereses que sostienen un conflicto, tanto más tenderán a identificarse guerra y política.
Mucho más recientemente en la historia comenzó a tallar un pensamiento que sostiene que el recurso a la violencia socava la expresión política; que la extensión de la política se agota cuando le cede el terreno a la posibilidad de una masacre, del exterminio del otro. El fin de una palabra política sucedería, precisamente, cuando el conflicto de intereses queda velado en la posibilidad de la eliminación del otro. En esta concepción, la violencia extrema marca el fracaso, el fin de la política y, en consecuencia, no podría ser designada nunca por una palabra política. La idea de Estado como expresión política de las mayorías y al mismo tiempo como monopolio (o principal) del uso legítimo de la violencia está atravesada por esta tensión.
Pero, más allá de toda diferencia, hay un extendido acuerdo en que la política está en relación con el conflicto. En principio, entonces, una palabra política tiene que tener el efecto de alterar el campo en el que hace sentido. Una palabra política divide, separa, escinde, crea nuevas demarcaciones y colectivos que ante su pronunciación deciden (¿deciden?) habitar uno u otro lado de la línea divisoria. En ese sentido, son muchas las palabras actuales y pretéritas que se podrían mencionar como ejemplo; por caso, la mayoría de las religiones (“cristiano”, “judío”, “musulmán”, etcétera) y otras más terrenas como “negro”, “gay”, “latino” o “inmigrante” son molduras que troquelaron en su momento, y algunas todavía lo hacen, el vasto campo de la opinión. En un sentido distinto, también se podrían agregar otras que tienen el efecto de dividir: muchas marcas comerciales, personalidades del espectáculo o del deporte que acuden a llenar vacíos de sentido y proveen una ficción de pertenencia e identidad. Pero no por eso se podría decir que constituyen palabras políticas.
Una palabra política, además de escindir campos, tiene que designar un sentido de futuro superador de los conflictos. Tiene que implicar las contradicciones, reconocer los trances y los alineamientos y, fundamentalmente, portar una voluntad de redención en una unidad nueva (no es ocioso agregar que se habla del planeta Tierra, no del mas allá ni de vidas futuras). Ahora, son pocas las palabras que van quedando. Y se puede pensar que, en la metamorfosis de la idea comunista en el mundo, hay varias actuales.
Una palabra política, entonces, es una clave de interpretación, una sensibilidad fraguada en múltiples afinidades y una difusa identidad compuesta por los escombros de la historia y de nuestros propios sueños reconstituidos en ese ejercicio llamado memoria que consiste en buscar en el tiempo lo que se olvidó. La palabra política esta cargada de tiempo.
Esa idea de futuro siempre adelante, pasado siempre atrás y un presente que se va como agua entre los dedos cuando se lo quiere asir, es tan limitada y limitante que exige ser denunciada. En primer lugar porque le es funcional a una idea liberal de memoria que pretende que el pasado no sólo ya está escrito (lo cual no diría demasiado) sino que ya está descifrado. Las consignas del habla popular que dicen “lo que pasó…, pasó” o “lo pasado pisado”, no hacen otra cosa que cristalizar una idea de memoria sicaria del tiempo. “Lo que pasó…, pasó” implica predicar el vacío del concepto. Los puntos suspensivos anuncian el advenimiento de algo importante que finalmente no sólo no sucede sino que impone un no–decir sobre lo sucedido que intenta dejar la interpretación del pasado en un solo lugar posible. Un no–decir que es un decir no a toda posibilidad de resignificar la historia como yacimiento de la verdad presente.
Por el contrario, cuando Fidel dice, en 1953, “condenadme, la historia me absolverá” está asumiendo la posición exactamente opuesta, ejerciendo una memoria del futuro cuya potencia es la reinterpretación de los hechos acaecidos bajo una mirada nueva aún por construir.
Sostener que “las cosas son como son y sólo tiene sentido preocuparse por el futuro” es talar el vínculo entre la realidad y su historia. Los pueblos originarios, en cambio, tienen (y tuvieron siempre, ¡vaya paradoja!) una idea diferente del tiempo, en la que el futuro puede estar detrás.
El pasado es lo que existe y recordar es hacer presente. ¿Cómo pensar un presente desligado del mare mágnum en el que se fue otro –similar, distinto, opuesto, pero en ningún caso igual– e, inversamente, cómo visitar aquel tiempo despojado de una mirada actual? La memoria como repetición de un pasado extinto tiende a dejar las cosas donde están, es conservadora. Pero el ejercicio de volver a entender los sucesos ocurridos a partir de lo que no tiene lugar en ellos, de lo disonante, permite construir una evocación viva superadora.
Cuando los nietos recuperados mencionan esos pequeños detalles que, como sombras, los acompañaron desde siempre (“mariposas fuera del campo de visión”, nombres, pasiones supuestamente inexplicables, palabras mal pronunciadas que resuenan profundo, etcétera) hablan de un saber olvidado en el que habita la posibilidad de la verdad. Ese saber es el que va a buscar la memoria como acontecimiento de cambio, como palabra que es pensamiento y crea lenguaje. “Se me olvidó que te olvidé”, dice la canción, y se abre a un pasado que es, esencialmente, “un pasado por suceder”.
Borges dice que lo que decimos no siempre se parece a nosotros. La palabra política es esa que precisamente aparece para nombrarnos. En las últimas décadas, los argentinos transitamos un largo camino que nos fue dejando palabras. Algunas que contextualizan un momento (“dictadura”, “convertibilidad”, “la Alianza”), otras que agregan una interpretación (“menemato”, “rodrigazo”) y otras que hacen sentido desde las heridas que cada etapa le dejó al tejido social (“Madres”, “Abuelas”, “nietos”, “piquete”, “cacerola”, “cartonero”). Esas palabras son parte del lenguaje de la tragedia histórica viva, abierta, en el que todavía anidan claves de lo que vendrá.
¿Cuál será la palabra capaz de interponerse en el cruce entre lo que la historia sigue diciendo y el país por construir? ¿Cuál será la palabra que nombre tanto las divisiones propias de los conflictos auténticos como la posibilidad de resolverlos en una unidad superior? El kirchnerismo fue capaz de intervenir en la historia como una fuerza endógena de transformación. En ese sentido, fue la experiencia política más vigorosa desde la recuperación democrática y es, hoy por hoy, una palabra política que se expone al cruce de una historia hablante y un proyecto de país necesariamente incluyente. Es una palabra que nos nombra. ¿Hay otras? ¿Seguirá el kirchnerismo siendo una palabra política viva? ¿Quién/quiénes podrán encarnarla?
“La esperanza” de Malraux no es ni la vigilia de ese instante eterno en el que puede advenir una verdad, ni pura expectación imaginaria. Es, fundamentalmente, la posibilidad histórica de remover todo lo que impide el sueño, la ilusión, el deseo. En última instancia, estamos arrojados hacia el futuro y mientras haya vida toda palabra es provisoria, boceto de otras que vendrán y que siempre llevaran las huellas de la tragedia.

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