domingo, 28 de agosto de 2011

FELIZ CUMPLEAÑOS CLARIN!!!!




Objetividad, democracia, republicanismo, libertad de expresión.
Clarín hoy cumple años y hay que recordarlo en toda su expresión.
Nunca tuvimos una dictadura genocida cívico-militar, solo nuevos gobiernos.

Prof GB

miércoles, 24 de agosto de 2011

ARGENTINA Y EL MUNDO


Entre hoy y mañana, se reúnen en nuestro país, los ministros de Relaciones Exteriores de 18 países latinoamericanos y 16 de Asia Pacífico, en el marco de la quinta Reunión Ministerial del Foro de Cooperación América Latina-Asia del Este (Focalae)
Diversificación de exportaciones, inversiones, controlar importaciones, en la agenda nacional.

Hoy se reunieron en el Palacio San Martín, los Cancilleres de la UNASUR para continuar evaluando los efectos de la crisis global.

El FPV, logró dictámen favorable en la Cámara Baja para el Banco del Sur con un capital que gradualmente llegaráa los 20.000 millones de dólares.

Argentina crece, se diversifica, articula, se inserta desde el modelo que también contempla quiénes somos y cómo nos sentamos ante el resto del mundo:
Libres y Soberanos.
GB

martes, 23 de agosto de 2011

ELLOS NO DICEN ASCO, 2.



Susana Viua la columnista dominguera de Clarín dice al igual que Mariano Grondona, que, el triunfo de la presidenta el 14 de agosto, le hace recordar al triunfo de Adolf Hitler en los inicios de la Segunda Guerra Mundial.
Si conquistó Europa, (Hitler, no Cristina), el peligro es que intente avanzar sobre Rusia.
Es decir, la tentación del autoritarismo absoluto del nazicristinismo.

Ambos periodistas, convencidos de un rebrote nazi en la Argentina, advierten sin inmutarse sobre el peligro de un triunfo electoral mas amplio del 50,1% de los votos para el 23 de octubre.

Ahora, digo yo, en tono de sarcasmo irónico.
Si Maurizio sacó el 65 % de los votos en al Ciudad, y si, además ganó en todas las comunas, y si su color preferido es el amarillo, no sería él y su PRO los mas cercanos a un régimen nazi?
Lo del color amarillo es porque aquellos que profesaban la religión judía en la Europa nazi, tenían bordada en la solapa una cruz de David de color...amarillo para ser identificados y estigmatizados.

Finalmente, Silvina Walger define a la presidenta como "una pobre mujer".

Sí Ellos no dicen asco, pero que dan, dan.

GB

N° 739 - Llegó el peluquero. Agenda de Reflexion.22 de Agosto de 2011





Por Guillermo Martínez
Para LA NACION - ADN - Buenos Aires, 2009



Es de mañana y el hombre de bata azul, al que ahora todos llaman el Viejo, acaba de pasar casi una hora en el corral, alimentando a los conejos. Sale al jardín, donde está su esposa entre las plantas, y se agacha a su lado, frente a un cactus recién trasplantado. Un mechón de pelo lacio y gris le cae sobre los lentes. Tiene los dedos sucios y trata de quitárselo, molesto, con el dorso de la mano, pero el mechón vuelve a caer. Voy a necesitar un peluquero, dice, y conversan por un momento sobre el asunto. Los dos coinciden en que es peligroso salir.
No pasaron tres meses del ataque a la casa, y todavía están a la vista, en las paredes de adobe del dormitorio y en los postigos blindados de las ventanas, los abanicos de agujeros que dejaron las balas. La organización, aún desperdigada, alcanzó a reunir en este tiempo el dinero para fortificar la quinta. Levantaron la pared externa, construyeron un refugio con techo de cemento armado, cambiaron el portón de madera por puertas de acero con alarma eléctrica, erigieron tres nuevas torretas para dominar las calles laterales. Todavía, entre las torres, tendieron alambres de púas y redes flexibles para rechazar granadas. El gobierno de ese país caluroso y exótico, el único que aceptó recibirlos, avergonzado por el ataque, triplicó el número de guardias. Y aun así, él sabe que está condenado. Soy un militar, contestó a un diario hace poco, y puedo observar que todas las cartas están en mi contra. Sabe, también, que es el último de los históricos: a todos los demás ya los han alcanzado. Está solo, escribe su mujer, y caminamos por este jardín tropical rodeados de fantasmas con la frente agujereada. La casa es ahora una fortaleza, sí, pero toda fortaleza es al mismo tiempo una prisión. Ya no pueden pensar en salir. No te preocupes, dice la mujer, yo lo voy a arreglar: el peluquero vendrá.

El hombre entra en la casa y se dirige por un pasillo hacia la segunda prisión, más íntima, que es su estudio. Como parte de la rutina, entreabre al pasar la puerta del cuarto donde duerme su nieto y espera hasta que ve alzarse su pecho con la respiración. Una de las balas lo hirió en un pie durante el ataque, pero ya pasaron las noches de pesadillas y ahora duerme otra vez hasta tarde, protegido en el sueño y la infancia. Sieva es lo único que les queda vivo de sus hijos. Los tres, uno tras otro: muertos, muertos, muertos, ya forman parte también de la fila de fantasmas.

En su escritorio lo espera la pila de periódicos, su máquina de escribir, los quevedos para leer y los recortes subrayados: debe preparar las notas para el artículo que dictará a la tarde, sobre la movilización de tropas norteamericanas. Sólo se interrumpe para el almuerzo: despide a Sieva, que va a la escuela, y le pregunta a su mujer si pudo llamar al peluquero. Ella asiente: el peluquero vendrá, en algún momento de la tarde.

Segunda sesión de trabajo después del almuerzo. Ahora está sumergido en lo que -espera- será su libro definitivo, el documento detallado de la gran historia, su denuncia final. Pasan lentamente las horas. Un poco después de las cinco le avisan desde la entrada que tiene una visita. ¿Es el peluquero? No: es Jacson Mornard, el novio de su secretaria. Aquella visita es imprevista, pero sale al jardín para recibirlo. Es agosto, la época de las lluvias, y Jacson aparece con un impermeable doblado sobre el brazo. Es la primera vez que lo ve a solas. Su secretaria lo introdujo no hace mucho al grupo y a todos les resulta encantador: le regaló a Sieva un avioncito que planea, los lleva y trae en su enorme Buick, y aunque al principio sólo parecía interesado en los deportes y los autos, de a poco se fue acercando al movimiento. Viene a despedirse, está por viajar a Nueva York, y le trae una pequeña sorpresa: el primer artículo político que ha escrito, contra la teoría del “tercer campo”. ¿Sería tan amable de darle una mirada?

Los dos entran al estudio, y el Viejo se instala en su sillón. Muy cerca está el dictáfono, con los rollos impresos, y abandonada junto a los rollos, su automática calibre 25. En el cajón de la mesa guarda otro revólver, un Colt 38. Las dos armas están cargadas, con seis tiros. El Viejo se ajusta los lentes y se inclina para leer la primera página. Jacson se aproxima a su lado, como si quisiera seguir la lectura sobre su hombro. El Viejo no alcanza a ver el giro del brazo pero escucha el ruido horroroso del golpe que abre su cabeza y siente la punta cruel de hierro que penetra en su cráneo. Uno de los custodios escucha un gemido espantoso, largo, mitad grito y mitad llanto. El Viejo trata de luchar con Jacson y la sangre que mana de su cabeza empieza a manchar su bata azul. Llegan los guardas y golpean a Jacson hasta destrozarle la cara. El Viejo queda tirado en el suelo.

También caído, junto al escritorio, ve el pico de albañil, el piolet de hierro con el que Jacson acaba de atacarlo. Su esposa acude, desesperada, y trata como puede de contener la sangre mientras llega la ambulancia. Aparece Sieva, que vuelve de la escuela, y se asoma al estudio. El Viejo, con un susurro, pide que lo aparten. Llega por fin una ambulancia, que lo lleva a través de la ciudad, con las sirenas aullantes, hasta el hospital. El brazo izquierdo del Viejo está paralizado y su brazo derecho hace un extraño movimiento reflejo circular, sin poder detenerse. Cómo estás, le pregunta su mujer, aterrada. “Mejor, mejor”. Lo depositan en una camilla y empiezan los preparativos para una trepanación de urgencia. Una enfermera se acerca con unas tijeras y le corta por detrás los primeros mechones grises, que caen ensangrentados sobre la camilla. El Viejo mira a su mujer con una sonrisa triste. Llegó el peluquero, murmura.

© LA NACION

Lev Davidovich Bronstein, de 60 años, más conocido como León Trotski, no sobrevive al ataque y muere al día siguiente, el 21 de agosto de 1940. El verdadero nombre de Jacson Mornard era Ramón Mercader.

Todos los datos de este relato están extraídos del libro Trotski, México, 1937-1940, de Alain Dugrand y otros, Siglo XXI editores, 1992.

N° 738 - La Argentina trash Agenda de Reflexion Tercera Parte.



CON LA GRAMATICA DEL ESCANDALO

Por Alejandro Seselovsky

Hoy, como ha sido ayer, como lo será mañana, fue un día de escándalos, básicamente porque el escándalo es la gramática con la que se escribe el relato continuo del trash televisado: sin escándalo, podríamos pensar, no hay escritura, y sin escritura nada avanza: no hay nada. Hoy, como siempre, uno presenta su batalla de acusaciones cruzadas con otro, pero que nunca es cualquier otro: es el otro necesario: el otro contractual; sin el otro, no hay desarrollo: no hay noticia: no hay nada. Hoy Moria le dijo a Fort que era una marica no asumida. Y Fort le dijo a Rinaldi que tal vez tuviera alguna enfermedad. Y Rinaldi le dijo a Rial que ya no quería hablar con Fort nunca más. Y Rial le dijo a Ventura que la Alfano estaba muy zarpada. Y la Alfano le dijo a la Anderson que tal vez ahora le gustaran las mujeres. Y la Anderson le dijo que ella estaba casada con un jugador de fútbol, así que no. Y Listorti las miraba y hacía chistes relamidos y remanidos acerca de la posibilidad de que la Alfano y la Anderson se dieran un beso en la boca. Y después llegó Fort, y le dijo a la Alfano: “Sos mi mejor amiga”. Y la Alfano le contestó que él también era su mejor amigo, y después dijo que no podía hablar de Pachano porque la Justicia se lo había prohibido. Y Pachano dijo en lo de Canosa que la Alfano merecía quedarse sola. Y Canosa dijo que Fort se iba a quedar solo. Y Pachano lloró. Y Canosa lloró con él. Y así. Siempre así. Todo así. Porque, si no, nada avanza. Y la nada también necesita su escritura.

Agenda de ReflexionN° 738 - La Argentina trash Segunda Parte




Cansado de los tipos puros

Todas las noches eran iguales. Luis Ventura recibía en la redacción el ejemplar caliente de la revista Paparazzi, se iba a su casa de Lanús y dejaba deliberadamente el número sobre la mesa de la cocina. Todas las mañanas eran iguales. Ventura se levantaba, preparaba un mate y miraba de reojo a su suegra. En ese entonces su suegra vivía. En ese entonces vivía con ellos. La suegra de Ventura -que no había terminado la escuela primaria- miraba la Paparazzi con ojo virgen y, desde atrás, Ventura miraba a su suegra como se mira a un niño en una cámara Gesell. ¿Dónde se detenía? ¿Dónde seguía de largo? Esas observaciones, sumadas a un trajinar perpetuo por bares, trenes y quioscos de diarios construyeron el ojo de Ventura: un hábil conocedor y formador del gusto popular. Un hombre que hoy -gracias al buen funcionamiento de ese ojo- puede volver a Lanús en tren o en un Mercedes Benz, según el día. Según las necesidades.

Ventura es, para muchos, el padrino de la televisión basura. Pero él tiene algo para decir al respecto: “La Argentina es hipócrita. La Argentina está llena de chorros comprobados que después aparecen en la vidriera de personajes de un montón de revistas como si fueran el D’Artagnan de Los tres mosqueteros. Pero la gente no se indigna con ellos sino con un tipo como Fort, que no hace nada con su vida pero al menos no robó ningún banco, y cuyo mayor pecado es tener plata y mostrarla. Los medios nos critican a nosotros, pero después nos llaman para pedirnos datos y los publican sin citar la fuente. Yo fui el primero en leer en mi programa de radio, Ciudad Gótica, las cifras de los contratos de 6, 7, 8 . Llamaron tantos medios que dejé un juego para que repartieran fotocopias en la entrada de la radio. Se las llevaron 53 medios, tengo la lista, pero ninguno citó la fuente, porque hubiera sido ?cache’ nombrarnos. Estoy cansado de los tipos puros. Después ves las obras de teatro que ellos te recomiendan y no va ni el loro”.

Ventura es hijo de periodista, sobrino de periodista, hermano de periodista, padre de periodistas. Se formó en el diario Crónica, después trabajó en Flash y finalmente devino un hábil fabricante de acontecimientos. Nada nuevo dentro del periodismo: así como los diarios y las revistas publican notas de tendencias basadas en dudosos estudios de -por caso- la Universidad de Iowa, Ventura hace lo propio en su terreno: construye personajes a la medida de los usos y costumbres de un grupo social. Y eso que para muchos es basura para otros es simplemente un andamiaje que sostiene y alimenta los relatos del consumo de las clases populares.

“La prensa popular, al estar más condicionada a la aceptación del público, tiene más porosidad al espíritu de los tiempos que la prensa elitista, comprometida en el respeto de los cánones -dice Adriana Amado-. Esta prensa capta más rápidamente las tendencias sociales y es más sensible a los gustos de los grandes públicos, lo que la lleva a ser demagógica hasta el cinismo, uno de los aspectos más despreciables de este periodismo.”

“Las revistas del corazón tienen un saber que me parece respetable -opina Seselovsky-. Escuchan y reconocen íntimamente a su lector, y sobrevive el medio que logra encontrar y construir esa voz popular. Pronto sabe que si se casa la actriz de Betty la Fea, para ellos ‘es tapa’. Y lo sabe porque ‘es tapa’ para sus lectores, que están esperando esa voz construida y reconocible. ¿Por qué siguió adelante Paparazzi y no TXT? La progresía bienpensante te va a decir, mientras se acomoda la chomba dentro de las bermudas, que este es un país comebasura. Yo prefiero pensar que las revistas populares, a veces, tienen el oído más fino.”

Daniela Gutiérrez, especialista en Educación y miembro de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, Flacso, disiente: “Creo que el concepto ’saber’ le queda algo grande al asunto. Las revistas del corazón son un género y en ese sentido tienen una forma, una lógica, leyes que rigen la escritura y la lectura que van construyendo el pacto entre el productor y el consumidor de ese producto. Hay ahí un know how, en todo caso, pero ’saber’ requeriría que los propios periodistas pudieran pensar críticamente las condiciones de producción de las revistas, de la industria del entretenimiento en este tiempo y eventualmente, como hace Barcelona, darle un giro desde el humor o el cinismo”.

Televisión peronista

Afuera también hay, o casi. En Estados Unidos están los shows de Jerry Springer y Oprah Winfrey; la RAI tiene sus momentos tremendos (para más datos, ver el documental Videocracy ); gran parte de la programación de TF en Francia es tinelliana; la Deutsche Welle tiene programas donde -por ejemplo- un montón de gente disfrazada canta cosas como “Barrilito de cerveza” mientras come chucrut y salchichas; en Japón hay programas de juegos inverosímiles, y el resto de América latina se parece bastante a la Argentina.

Pero nada es igual.

“En España son mucho más ingenuos -asegura el escritor Hernán Casciari desde Barcelona, donde hoy vive-. Hay un Ricardo Fort. Se llama Belén Esteban y los medios la llaman ‘la princesa del pueblo’. Los analistas la analizan, la gente la mira, nadie parece quererla, pero no la pueden dejar de mirar. Igualmente, nada se compara con la Argentina. Lo de España es lo mismo, pero en escala infantiloide. En la Argentina hay tal nivel de ironía y de esquizofrenia que todo se mezcla y es denso, oscuro y mortal”.

¿Por qué acá y no en otro lado? ¿Por qué nuestra televisión -que es lo mismo que decir “nosotros”- llega hasta el bajo fondo de sus posibilidades? D’Espósito tiene una teoría: dice que cada sociedad se moldea de acuerdo con un arte en particular, con una forma del pensar específica que tiene que ver con el momento de su consolidación como grupo. Los alemanes, dice, se consolidaron con la filosofía y la música de cámara; los franceses, a través de la escritura; los italianos, de la pintura y la ópera; los estadounidenses, que fueron la cima de la modernidad tecnológica, se crearon un arte: el cine (su televisión está impregnada por los modos y los relatos del cine). “Y los argentinos, que entramos en la modernidad de verdad con el peronismo (y la televisión es la continuación del peronismo por medios… electrónicos) lo hicimos con la televisión -concluye D’Espósito-. Todo nuestro imaginario gira alrededor de la televisión. Y eso crea el mito de que si no aparecés en la televisión no existís, y que existir es tener poder y dinero, o viceversa”.

En la Argentina, el primer programa que jugó a tomar gente “de a pie” y transformarla en estrella fue El espejo para que la gente se mire, que se emitió entre 1984 y 1986. Pero el comienzo no estuvo exactamente ahí, sino en Mauro Viale: el pionero en entender, cuando ocurrió el caso Coppola, que un personaje sin talento podía ser una mina de oro. Después llegaron otros productos “democráticos” (Televisión abierta, el Zap! de Marcelo Polino) pero la televisión trash sólo encontró su nuevo punto de inflexión, el definitivo, el 10 de marzo de 2001, con la llegada de Gran Hermano. Fue, para muchos, el engranaje transparente que permitía ver todos los ingredientes de la Argentina trash: falta de talento, desesperación, fugacidad, impudicia.

“Es interesante preguntarse en qué medida el mundo televisivo ha ido ocupando algunas parcelas de ese espacio que alguna vez llamamos ciudad -dice el periodista Jorge Dorio, quien durante algunos años integró los paneles de debate de Gran Hermano -. Puestos en esa lectura, el artefacto televisivo se vuelve más una ventana que un escenario. En la televisión basura está marcada contundentemente la frontera entre los expositores y el ganado freak. En ese paisaje no hay esperanza alguna de movilidad social, del mismo modo que no hay riesgo de real transgresión por parte de las fugaces estrellas bizarras. Convengamos en que ellas carecen de toda voluntad revulsiva; su obsesión no es cuestionar, sino pertenecer. Y un panorama semejante es tranquilizador para el establishment, en muchos sentidos.”

Ellos, entonces, quieren pertenecer, suponiendo que saben qué quieren. ¿Por qué Fernandito el Amigacho puede pasarse la vida entera mostrando su único “talento”: hablar con la che? ¿Por qué pasan los años y Silvia Süller sigue llorando por Silvio Soldán frente a las cámaras? ¿Por qué Ricardo Fort, teniendo la oportunidad de recluirse en un cómodo y piadoso anonimato, elige vestirse de mariachi, hablarle de amor a una vedette, ser rechazado en público y decir: “Pero nena, vos me debés todo, yo te pagué hasta los dientes”? ¿Por qué viven en el cadalso con la urgencia ya no de intentar irse, sino de quedarse ahí para siempre?

“El mediático es un sujeto social interesante precisamente porque, íntimamente, no es el dinero lo que más lo impulsa -dice Seselovsky-. Desde ya que quieren ganarlo y hacen todo lo posible por vender sus shows, pero hay otras forma de hacer plata sin ese grado brutal de exposición. El mediático, el tipo que está dispuesto a multiplicar su absurdo personal frente a millones de personas que lo están viendo, tiene una estructura más sombría que la mera pulsión de hacer plata. Ricardo García tiene que tener formas menos expuestas de ganar dinero que desmayándose en cámara, pero por alguna razón el tipo eligió ésa. Con respecto a la conciencia de su propio patetismo, yo creo que si el mediático no estuviera vacunado contra ella, no arrancaría. Andá a decirle al Mago Sindientes que su personaje es de una tristeza infinita. El tipo se te va a quedar mirando y te va a decir: ‘¿Y?’ Además, si se mira bien, las últimas apariciones mediáticas son cada vez más marginales: el travesti que canta temas de Pappo en el programa Pasión de sábado nos está diciendo que la guita no es el tema.”

El tema, opina Seselovsky, quizá sea la fama. Y para que esa fama exista es imprescindible que haya una relación entre el sujeto mediático y su platea. Seselovsky lo grafica de este modo: alguien (Zulma Lobato, Joaquín Starosta) quiere acceder al reconocimiento público. Entonces se abre un contrato entre él y nosotros, sus espectadores, que tenemos lo que él quiere: la posibilidad de convertirlo en famoso. Ese contrato se firma en las escribanías que son los programas de la tarde, con Rial, Canosa, Rocassalvo o quien sea como escribano actuante. Cuando el mediático agota las miserias y fragilidades que tiene para deleitar a la sociedad que lo hizo célebre, cuando la cocina de la intimidad ya está cubierta por demasiadas pátinas de aceite, el contrato se cae o se rescinde hasta que la figura vuelva con miserias limpias.

Por eso, cabe pensar, la tragedia quizá no sean ellos: visto de este modo, la tragedia más bien somos nosotros.

N° 738 - La Argentina trash, Agenda de Reflexion, Primera Parte-




Un libro describe a los protagonistas de la llamada “televisión basura” y descubre sus puntos comunes con la sociedad argentina. Muchos se declaran indignados por la contaminación que esos personajes generan desde la pantalla chica pero no pueden dejar de seguirlos

Para AdnCULTURA de LA NACION
Por Josefina Licitra



Hay momentos así.

Luciana Salazar está en un día de campo -o algo parecido- atajando el peso de su escote con el antebrazo izquierdo, mientras busca un salero con la mano derecha y alguien se pregunta desde la distancia cómo será vivir de esa manera: sosteniendo la carne -propia- hasta para buscar la sal.

Adrián “Facha” Martel está en el VIP de Kiwi Disco, esperando que una mujer muerda el anzuelo y acepte irse con él al único lugar posible esa noche: el baño para discapacitados. Que tiene más espacio, que tiene llave.

Nazarena Vélez está en un bar de moda a las cuatro de la tarde, mordiendo un tostado de jamón y queso y contando que pasó un año difícil: que hizo una denuncia por violencia doméstica; que su marido la obligó a tener sexo con un revólver apoyado -apuntando- sobre la mesa de luz.

Ricardo Fort está sentado, quieto, en el sillón blanco de su living blanco, mirando el televisor y palpitando su segundo de gloria, el momento en que Alejandro Fantino diga, en su programa de trasnoche, quiénes fueron las figuras del año (y Fort no aparecerá y se pondrá furioso, pero sobre todo triste).

Cultos o populares

A lo largo del año 2010, Bailando por un sueño tuvo un rating que promediaba los 30 puntos, lo que significa que todos los días casi dos millones y medio de personas miraban las peleas de la Mole Moli con Ricardo Fort, los desvanecimientos de Graciela Alfano y el “chichoneo” de la modelo Paula Chávez con el productor Peter Alfonso. Y a las cinco de la tarde cerca de un millón y medio de televidentes (20 puntos de rating, si se suman todos los programas) prestaban atención a las reyertas -en general, todos coletazos del programa de Marcelo Tinelli- que aparecían en Intrusos, Los profesionales de siempre y Éste es el show.

Sin embargo, puestos a responder sobre consumos culturales, la mayor parte de los argentinos parecemos escindirnos de nuestra propia mirada y respondemos lo correcto: nos encanta el canal Encuentro. Que en los hechos, aun teniendo una programación exquisita, no llega al punto de rating.

“Paradójicamente, los que festejan la televisión cultural son los que no suelen consumir televisión y tienen un capital cultural que es previo al programa, es decir, que no se hacen cultos por ver la televisión cultural sino que pueden consumirla porque son cultos -dice Adriana Amado, doctora en Ciencias Sociales y autora del libro La palabra empeñada. Investigaciones sobre medios y comunicación pública en Argentina -. A la inversa, la mayoría de la gente que ve los programas de chimentos carece de elementos para apreciar o disfrutar un documental de Encuentro, aunque sea sobre una persona de su misma clase social. La televisión cultural suele estar presentada en un lenguaje inaccesible para las clases populares. En cambio, la inversa es posible: una persona culta puede acceder a un programa popular, y a la vez darse una argumentación intelectual para lavar la culpa que le genera.”

Leonardo D’Espósito, docente y crítico de El Amante, dice que el doble discurso no es una conducta puramente nacional: existe en cualquier parte. En Estados Unidos le dan el Oscar a Vivir al límite, pero el film que revienta los cines es Avatar. En Francia hacen lo imposible por ser reconocidos como la patria de Eric Rohmer o de François Truffaut, pero las películas más taquilleras son comedias que parecen hechas por Rodolfo Ledo.

“Creo que los individuos, interrogados sobre sus consumos, responden de acuerdo con lo que quieren que los demás piensen de su sociedad o de ellos mismos -dice D’Espósito-. Es bastante natural y excede la pretensión de ser un país culto. Dicho esto, creo que hay que evitar asimilar cultura con inteligencia: uno puede ser culto pero no inteligente; puede tener la información, pero no saber usarla. El triunfo de la Mole Moli en Bailando por un sueño es el triunfo de la inteligencia. Sí, bueno, suena mal, pero tratemos de pensarlo. ¿Por qué el público que llamaba por teléfono lo elegía? Es simple: los momentos de la Mole con Tinelli producían risas. Si se iba, las risas desaparecían: la estrategia más inteligente (no ‘culta’, claro) era votarlo para que se quedara y seguir teniendo ese espacio de placer en el programa.”

La elección culta, dice D’Espósito, habría sido cambiar de canal. Y seguramente habrá habido quienes lo hicieron. Pero a juzgar por los números de la definición de Bailando por un sueño (marcó un pico histórico con 39,2 puntos de rating: más de tres millones de personas mirando), la mayoría cambió de canal sólo cuando terminó el programa.

“Siempre resulta difícil hacerse cargo del deseo vergonzante -dice Seselovsky-. El canal Encuentro nos da la paz de saber que estamos consumiendo lo correcto, pero Tinelli ofrece algo más. Por ejemplo, a mí me gustó Para vestir santos : lo miré sabiendo que me gustaba, lo disfruté sin hacerme preguntas y al final de cada capítulo apagué y cambié de canal. El programa terminaba y yo terminaba con él. En cambio, ver a Tinelli es una experiencia menos segura: su show me coloca sobre la línea de cal del tipo que no entiende. ¿Me gusta? ¿No me gusta? ¿Lo detesto? ¿Me engancha? Todas las preguntas que los programas serios se molestan en dejar cerradas, la televisión trash las vuelve a abrir, y es eso lo que me resulta atractivo. Tinelli, Anabella Ascar y el programa de Viviana Canosa me ponen a hacer equilibrio sobre el vértice de una vacilación, frente a ellos nunca termino de pararme en ningún lado, y el programa termina y yo me quedo tratando de entender de qué cuernos está hecha la masividad de Zulma Lobato.”

¿Qué buscamos cuando vemos a Zulma haciendo una escena triste y marchita y diciendo, marchita y triste, “más respeto que yo llevo seis meses de carrera”? ¿Qué buscamos cuando vemos a un multimillonario ofreciendo al mercado de los lazos sociales lo único que parece estar en condiciones de ofrecer (dinero)? ¿Qué buscamos cuando vemos a Jacobo, a las extenuantes hermanitas Escudero, al desfile interminable de criaturas que en un futuro -salvo excepciones- sólo serán un nombre, un olvido en una agenda guardada en un cajón? ¿Qué hay en ellos que nos lleva con ellos?

“Dentro de la televisión trash la tensión realidad-ficción es muy adictiva, porque vuelve a los espectadores sujetos activos del hecho televisivo -opina Seselovsky-. El discurso de la televisión ya no es un pack cerrado que llega hasta tu casa y te dice lo que hay; ahora vos sos quien completa el proceso, porque sos el que se queda decidiendo qué es verdad y qué no.”

“Los espectadores somos gente extremadamente curiosa que busca en el espectáculo lo misterioso, lo raro y lo exótico que no aparece en nuestra vida cotidiana -explica D’Espósito-. Esos personajes son tan raros y coloridos como los luchadores de Titanes en el ring lo eran en nuestra infancia. Y uno, además, puede creer mucho más en sus historias porque no los presentan como personajes, sino como personas. Encima, decirle a una mina o a un mediático que es ‘basura’ porque hace la plata sin trabajar permite descargar la bronca que uno tiene con los personajes que ejercen un poder real sobre nosotros: ese jefe al que no podemos darle una trompada, esa secretaria que serrucha pisos. La profesión de blanco en la ficción es la más vieja del mundo.”

Luis Ventura, director de la revista Paparazzi y coequiper de Jorge Rial en Intrusos, dice: “Cultura no buscan, evidentemente. Lo que buscan son historias vacuas, triviales, nada del otro mundo, pero sí cosas entretenidas. Desde Paparazzi no les voy a enseñar a vivir, porque para eso están la escuela y la familia. Yo soy como un buen frutero: está el que te vende el cajón de la fruta podrida y está el que te abre el cajón y te lustra la fruta y te la da brillante. Eso hago yo”.