viernes, 3 de noviembre de 2023

 

Cenital

PREPÁRENSE PARA PERDER

Roberto Parrottino
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Tácticas, pases, estrategias y offsides en la trama de una industria cuyo bien escaso es el fútbol.
03/11/2023

Hola, ¿cómo estamos?

Dicen que Río de Janeiro, la cidade maravilhosa, encierra a todo Brasil, y a miles de hinchas de Boca (¿60 mil? ¿100 mil?) que llegarán hasta horas antes del sábado a las 17, cuando se inicie la final de la Libertadores en el Maracaná.

Pero ahora, en las orillas de la praia de Leme, parejas y grupos en círculos de hasta diez chicos y chicas juegan a la altinha: que la pelota no caiga, rebotándola siempre más alto, con la cabeza, el pecho, los pies, los muslos, los hombros. Torsiones de capoeira entre las gotitas de agua del mar en el aire sosegado por el sol. La altinha no es joda: hay escuelas sobre los postos de la Avenida Atlântica y fue declarada “patrimonio inmaterial” de Río de Janeiro en 2020. En la playa de Ipanema, cada tanto, Marcelo se suma a una altinha.

Desde el lunes, paulatinamente, de susurro a resonancia, la ciudad comenzó a escuchar: “¡En Río de Janeiro vamos a ganar/ en Río de Janeiro vamos a ganar/ y la vueltaaa, y la vuelta vamo’ a dar!”. Los “¡Boooca Boooca!” entran con eco por las ventanas. El taxista, el vendedor de pipoca en la playa y el pintor de la iglesia sobre el andamio -todos hinchas del Flamengo- elaboran: no es que hinchan por Boca -o sí-, sino que están todos contra el Fluminense, que nunca ganó un título internacional. En la sede del Botafogo, con la estatua dorada de Garrincha en la entrada, un hombre me pregunta: “¿Argentino?”. Le digo que sí. “¡Boca! ¡Boca!”. Caminamos en la mañana del martes hacia el Estádio das Laranjeiras, el de Fluminense. Allí la selección de Brasil jugó su primer partido, en 1914. Es un estadio precioso, una miniatura de la belle époque carioca, contiguo al Palácio Guanabara, casa del gobierno de Río de Janeiro. También en 1914, a Carlos Alberto se le corrió por el sudor el polvo de arroz con el que se blanqueaba la cara. Era el futbolista mulato entre los blancos del Fluminense. Las élites rechazaban entonces a los negros. Los rivales empezaron a tirarle pó de arroz al Fluminense. Burla racista. Lo asumieron como marca identitaria: ahora ellos tiran talco para celebrar, como en el festejo del Campeonato Carioca 2023. Ezequiel Fernández Moores, compañero de viaje -y de Cenital- se centra en la historia de los orígenes ingleses y aristocráticos del Flu, que, sin embargo, no es una Sociedade Anônima de Futebol (SAF), como Flamengo, el club más popular de Brasil que no fue fundado con los colores rojo y negro el 15 de noviembre de 1895, sino azul (por la Baía de Guanabara) y amarillo ouro (por las riquezas brasileñas).

“Como club, el Fluminense sigue estando socialmente restringido, atendiendo a los residentes de la elitista zona de Laranjeiras. En cuanto a sus hinchas, ya no es posible definir esa marca exclusivamente elitista. El Fluminense tiene hinchas de todas las clases sociales, y acaba de lanzar una camiseta en honor de Cartola, un famoso cantante de samba brasileño que era un fanático del club. No tiene tantos seguidores como el Flamengo, que es el más grande de Brasil, pero es uno de los tres equipos más populares de Río de Janeiro”, me dice el historiador Leonardo Affonso de Miranda Pereira, autor de Footballmania: Uma história social do futebol no Rio de Janeiro, 1905–1938.

Los hinchas de Boca, que se amuchan en la playa para cantar, fueron advertidos: los episodios racistas pueden conllevar hasta cinco años de cárcel. Lúcio de Castro -periodista que trabajó años en TV Globo y ESPN Brasil, apartado por denunciar la corrupción en el deporte, anfitrión durante nuestros primeros días en Río- nos cuenta que en Brasil se discute si el término denegrir (denigrar) debería ser evitado porque esconde racismo. Más de la mitad de la población se reconoce como mulatos (46%) y negros (9%), lazos sanguíneos con la esclavitud abolida en 1888. Por la noche vamos al Bip Bip, el bar de la bohemia, la música y el compromiso social, atendido por el mítico Alfredinho hasta su muerte, un sábado de Carnaval de 2019. Ahora lo atiende Matías Bidart, argentino, de Adrogué. Sentado a una mesa sobre tres sillas de plástico, en la vereda, Matías sintetiza el corazón del Bip Bip. Y conserva el sistema de Alfredinho: anota en un papel las latas de cerveza que cada uno saca de las heladeras. “Argentino Boca”, distingue a un correntino de azul y amarillo. En la madrugada, João camina sin rumbo. Se detiene en la puerta a escuchar canciones de choro -ritmo surgido en Río- que se mezclan con los tangos y folclores argentinos. João trabaja de barbero. Es un joven torcedor de Vasco da Gama. Me cuenta que su abuelo llegó desde la Región Nordeste de Brasil para trabajar en la construcción del Maracaná antes del Mundial 1950.

El periodista Lúcio de Castro -torcedor del Flamengo- me había apuntado la elitización del Maracaná por el Mundial Brasil 2014. La modernización redujo la capacidad, del récord de 199.854 personas en el Brasil-Uruguay del Maracanazo a los modernos 84.738. Eso, me dice Castro, es un símbolo del deterioro. Los pobres ya no entran al Maracaná, no vivifican la magia del jogo. Excluidos, el bar y la TV son el refugio. Brasil no gana un Balón de Oro desde 2007, con Kaká. Máximo ganador con cinco, tampoco un Mundial desde Japón-Corea del Sur 2002. Demasiado para el país do futebol. Desde entonces, nuestro Lionel Messi ganó ocho veces el Balón de Oro. Y, claro, Catar 2022.

Río homenajea a la cultura del malandragem, expandida con el samba a principios del siglo XX. El malandro carioca es el que utiliza el “juego de cintura”, la gracia, la irreverencia, la postura y la sensualidad para el arte del engaño. Y para sacar la ventaja. Vinícius Júnior -delantero del Real Madrid, premio Sócrates de la FIFA después de su lucha contra el racismo- nació en São Gonçalo, Estado de Río de Janeiro. Vini es un malandro, no sólo en el fútbol. Lo son los adolescentes negros que bajan de las favelas o viven en las calles, objetivo por estas horas de los choque de ordem de la Prefectura de Río: detenerlos, sentarlos en fila sobre la vereda de la rúa, y sacarlos de la ciudad.

Fluminense, el rival de Boca, tiene a Chico Buarque entre sus torcedores. La leyenda dice que sólo se acercó una vez al Bip Bip. Y que escuchó, desde el auto, oculto, su música. En julio a Chico lo vieron todos, en el Maracaná. Fue a ver al Flu. “Este equipo es irresistible. Estoy enamorado del Flu de (Fernando) Diniz, del fútbol que juegan, es algo único. Aunque no fuera tricolor, seguro que lo seguiría, como lo hice con el Santos de Pelé en mi infancia”. Chico Buarque canta “Futebol”. La escritora Clarice Lispector -su estatua en Leme, de espaldas a Copacabana- sentía una “ignorancia apasionada” por el Botafogo. En “Armando Nogueira, el fútbol y yo, pobrecita”, columna publicada el 30 de marzo de 1968 en el Jornal do Brasil, le pide, coqueta, al periodista Armando Nogueira que escriba una columna que no sea de fútbol. “Para facilitárselo: le dejo que escriba una crónica entera sobre lo que el fútbol significa para usted, personalmente, y no sólo como deporte, lo cual terminaría revelando lo que usted siente por la vida”, le dice. Lispector había visitado el Maracaná, escenario después de su cuento “La búsqueda de la dignidad”, cuya protagonista se pierde en las entrañas del estadio. Pero antes le comparte a Nogueira qué sintió cuando fue al Maracaná: “No imagine que voy a decir que el fútbol es un verdadero ballet. Me recordó una lucha entre la vida y la muerte, como de gladiadores. Y yo -probablemente pobrecita de nuevo- tenía la impresión de que la lucha no salía de las reglas de juego y se volvía sangrienta únicamente porque un juez vigilaba, no lo permitía, y mandaría fuera del campo a quien actuara como yo, en caso de que yo jugara (!) Bueno, por más amor que tuviera por el fútbol, jamás se me ocurriría jugar… Preferiría el ballet. Pero, ¿acaso el fútbol se parece al ballet? El fútbol tiene una belleza propia de movimientos que no necesita comparaciones”.

En Brasil, los días de la semana terminan el sábado. Después del domingo, llega la segunda feira, y así hasta la sexta feira, y de nuevo el sábado. Es una herencia de la colonia portuguesa. Martinho de Dume (520–579 d. C.), obispo de Braga, cambió los nombres de los días para “corregir” a los cristianos que invocaban a los dioses paganos (Luna lunes, Marte martes, y así). “El brasileño -escribió el dramaturgo Nelson Rodrigues- tiene alma de feriado”. En Brasil adoptaron al fútbol como religión. Las feiras son de la pelota. Y este sábado, cuando todo termine -y todo empiece, por aquello de “la gloria eterna”- es el de la final de la Copa Libertadores en el Maracaná. Es de Boca y Fluminense. 

Hoy es sexta feira en Brasil (viernes en la Argentina). Nos reencontramos, la próxima, en dos semanas, de nuevo el sábado por la mañana.

Salú y abrazos,

Roberto Parrottino (Beto)

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