CAPITULO V
La Colonización de las Islas Malvinas por nuestros
gobiernos.
A pesar de haberse producido el fin de las
guerras independentistas en nuestro territorio, la contradicción entre unitarios
y federales inició una guerra civil que duraría prácticamente hasta el año 1880[1]. Sin
embargo, la misma, no fue obstáculo para que desde el año 1820 en adelante, más
allá de la vertiente política del gobierno bonaerense de turno, la reafirmación
soberana sobre las Islas Malvinas se mantuviera.
En efecto, en aquel año David Jewett, un
corsario estadounidense se puso bajo el mando de las Provincias Unidas del Río
de la Plata, cuyo gobierno le otorgó el grado de coronel comandante. No
solamente combatió contra barcos españoles, sino que, además, se dirigió en la
fragata Heroína a las Islas Malvinas,
llegando a la isla Soledad, donde
hizó la bandera argentina el 6 de
noviembre del año 1820, realizó la salva tradicional de veintiún cañonazos
y tomó posesión formal del lugar.
Todo ello ante cazadores furtivos de focas
y ballenas, ingleses y estadounidenses, a quienes conminó a retirarse ya que
estaban dañando los recursos naturales que pertenecían a nuestro territorio
ahora gobernado por un gobierno patrio. Estas órdenes fueron transcriptas en
sendas cartas que son publicadas por medios internacionales, no dejando dudas
de la efectiva ocupación política, económica y militar de las Islas[2].
En el año 1823, el gobierno de Martín
Rodríguez realizó una concesión a Luis Vernet y Jorge Pacheco para la
explotación económica de las islas. Al tiempo que designó como comandante
militar a Pablo Areguatí. Dicha concesión se amplió por órdenes del gobernador
Manuel Dorrego en el año 1828. El 10 de junio del año 1829, el general Juan
Lavalle y el gobernador interino Martín Rodríguez, crearon la Comandancia
Política y Militar de las Islas Malvinas, bajo el mando de Luis Vernet:
“Art. 1º: Las islas Malvinas y las adyacentes
al Cabo de Hornos en el Mar Atlántico, serán regidas por un Comandante Político
y Militar, nombrado inmediatamente por el Gobierno de la República. Art. 2º: La
residencia del Comandante Político y Militar será en la isla de la Soledad, y
en ella se establecerá una batería, bajo el pabellón de la República. Art. 3º:
El Comandante Político y Militar hará observar por la población de dichas islas
las Leyes de la República, y cuidará en sus costas de la ejecución de los
reglamentos sobre la pesca de anfibios. Art. 4º: Comuníquese y publíquese”
Firmado: M. Rodríguez. Salvador María del Carril.” [3]
A contramano del reconocimiento inglés de
la Argentina como Estado independiente en el año 1825, y los acuerdos
comerciales firmados, Gran Bretaña protestó formalmente esta declaración a
través de su representante diplomático en el Río de la Plata, sir Woodbine
Parish. Sin embargo, en su ajedrez geopolítico, logra (en
complicidad con el Imperio del Brasil) en el mismo
año la independencia de la República Oriental
del Uruguay de las Provincias Unidas del Río de la Plata, que, por aquellos
años, fue totalmente funcional a sus intereses políticos, financieros y
militares.
En el año 1831, Luis Vernet, gobernador de
las Islas, tomó prisionero a un comandante norteamericano a causa de las
depredaciones que tres
embarcaciones de esa nacionalidad llevaban a cabo en nuestro territorio
malvinense. La protesta formal del cónsul norteamericano, Jorge Slacum no se
hizo esperar, como así también la respuesta de nuestro canciller Tomás Manuel
de Anchorena. El resultado fue el ataque militar en la Bahía Anunciación de un
barco de guerra estadounidense, que tomó prisioneros a veinticinco pobladores. Hoy en día este país aún no reconoció su acción
beligerante y mucho menos pidió disculpas a pesar de que, en el año 1823,
habían reconocido nuestra independencia.[4]
La usurpación de nuestro territorio.
La nueva invasión inglesa se produjo el 2
de enero del año 1833. Unos meses antes había sido designado gobernador de las
Islas Esteban F. Mestiver, quien fuera asesinado tras una revuelta interna
siendo reemplazado por José M. Pinedo; este funcionario al recibir a la goleta
inglesa Clío, de acuerdo con el
protocolo internacional, fue intimado a abandonar el poblamiento, lo cual José
M. Pinedo realizó sin resistencia alguna dejando a cargo a Juan Simón. El 3 de enero nuestro pabellón fue arriado.
Se sucedieron las protestas de rigor del
gobierno de la Confederación Argentina a través de su encargado de las
Relaciones Exteriores y de Negocios Generales Juan Ramón Balcarce, y el
ministro de Relaciones Exteriores, Manuel Vicente Maza. Acto seguido,
el 17 de junio, el ministro plenipotenciario en
Londres, Manuel Moreno hizo lo propio. Si bien los ingleses ya se habían
retirado, antes expulsaron a los habitantes criollos, reemplazándolos por colonos
ingleses, esto es, una población
injertada que no era originaria.
En el diario Times de Londres, el ministro de la Confederación presentó un Memorial en el cual aclaró que el
gobierno argentino siendo deudor del británico “no puede romper relaciones con su acreedor, y la Argentina no estaba en
condiciones de pagar su deuda y asumir la actitud gallarda correspondiente.[5]”
Finalmente, el 22 de agosto de ese año, el gaucho Antonio Rivero, se habría
rebelado contra el retraso de pagos por tareas realizadas, asesinó no solamente
a dos ingleses sino también a la única autoridad argentina que había quedado
allí que era Juan Simón. Al arribar un nuevo barco de guerra británico (el Challenger),
en el mes de enero del año 1834, se encontraron con el
pabellón de la Confederación Argentina flameando. Los criollos fueron detenidos
y llevados prisioneros primero a Gran Bretaña y meses más tarde son liberados y
trasladados a Buenos Aires. Desde ese momento, se dio por finalizada la
ocupación argentina en el territorio malvinense hasta el 2 de abril del año
1982. En el año 1841, el Reino Unido estableció el cargo de teniente Gobernador
de las Islas, y el nuevo funcionario trasladó Puerto Soledad o San Luis al sur,
donde actualmente está ubicada actualmente la capital de las Malvinas.
Al igual que con otros líderes populares
de la historia argentina, el caso de Juan M. de Rosas, jefe de y encargado de
las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina, no solamente con
referencia al tema que estamos historiando, su
actuación mereció al menos dos interpretaciones, ambas absolutamente opuestas.
Una, dictaminó que, a causa de unas cartas intercambiadas con el representante
de nuestro país en Londres, Manuel Moreno, habría iniciado negociaciones para
cancelar la deuda contraída por Bernardino Rivadavia, José M. García y Martín
Rodríguez, con la financiera británica Baring Brothers[6],
con el fin de poner en venta las Islas.
La otra versión, lo tradujo como una
acción que escondía en realidad la intención que Gran Bretaña, si aceptaba,
reconocería nuestra soberanía. Sobre este tema el propio Juan M. de Rosas
expresó ante la Legislatura bonaerense que:
“El gobierno jamás desistirá de su empeño de
reclamar también de la justicia del gabinete británico el reconocimiento de los
claros e incuestionables derechos de la República a aquellas islas y la
competente reparación”[7].
Por lo tanto, la estrategia de Juan M. de
Rosas, referente a la Patagonia (que los ingleses
tampoco reconocían como nuestras) y las Islas
Malvinas, surgiría de la lectura de una carta dirigida por David Robertson de
la casa central Baring Brothers, a Ferdinand White, representante de esta en
Buenos Aires:
“Ud. no desconocerá que Rosas ofreció
arrendar una porción de la Patagonia a la Casa Baring a manera de una seguridad
colateral por esta deuda. Los señores Baring declinaron considerar la cuestión
a causa, según yo creo, de que tenía dudas sobre si la Patagonia pertenecía a
Buenos Aires y se supone que una de las razones por la cuales Rosas hizo el
ofrecimiento fue conseguir de Inglaterra la sanción de los derechos de Buenos
Aires a la Patagonia”. [8]
De todos modos, resultaría extraño que,
siendo la Confederación agredida dos veces en los decenios de 1830 y 1840, por
los imperios anglo-franceses, y resistidas esas invasiones por su jefe quien
ordenó hacerlo aún a sabiendas que enfrentaba a dos de los ejércitos más
poderosos del planeta, bajo el lema de la
Soberanía Nacional, pensara entregar territorio argentino a Gran Bretaña.
Finalmente, en el año 1851, se instaló en Malvinas la compañía Falkland Island [9](que
perduró hasta la actualidad), cuyo fundador, Samuel Lafonde, se encontraba en
Montevideo, Uruguay.[10]
El bloqueo
anglo-francés y la Confederación Argentina.
La Vuelta
de Obligado: defensa de la Soberanía Nacional.
En el año 1838, el general Manuel Oribe,
aliado de Juan M. de Rosas, es desalojado del poder en Uruguay, por una alianza
de exiliados unitarios argentinos, los liberales llamados “colorados” de la
Banda Oriental y el indisimulado apoyo francés, más el visto bueno británico.
El apoyo del jefe de la Confederación Argentina al federalismo uruguayo
encarnado en el general Manuel Oribe no se hizo esperar y se reinicia la guerra
en el Uruguay con la intervención de tropas argentinas a causa del golpe de
Estado liberal uruguayo-argentino.
El canciller británico, lord Palmerston y
su par francés, Francois Guizot, “preocupados” por la guerra en el Río de la
Plata, ofrecieron su “mediación” entre el general golpista Fructuoso Rivera y Manuel
Oribe - Juan M. de Rosas, en un conflicto provocado por las potencias
extranjeras. A tal punto es su intromisión, que el caudillo uruguayo ofreció a
su patria como parte del Reino Unido bajo la forma de un protectorado.
En el mes de setiembre del año 1841, el
jefe federal argentino, rechaza la mediación propuesta por la alianza franco-inglesa;
a excepción que se reconozca al verdadero gobierno del país hermano, liderado
por el general Manuel Oribe, se expulse a Europa al general Fructuoso Rivera, juntamente
con los exiliados unitarios argentinos, y que se indemnice a la Confederación
por los gastos de una guerra no querida ni iniciada.
Un nuevo intento de mediar se produjo entre
los meses de junio y agosto del año 1842. Ahora se explicita, además de la
solución pacífica al conflicto en el Uruguay, la demanda inglesa de la “libre
navegación de los ríos interiores” en nuestro país. Las presiones de ambas
potencias, mediante notas cursada al representante de la Confederación, Felipe
Arana, y al propio Juan M. de Rosas, van in crescendo, sin ocultar la
utilización de la fuerza armada sin no nos aveníamos a sus demandas
geopolíticas y económicas.
Arroyo
Grande.
El 6 de diciembre del año 1842, la batalla
que se produjo en aquella localidad del litoral argentino se decidió la suerte
de “los unitarios” uruguayos y argentinos como así también de sus aliados
extranjeros. El triunfo de las fuerzas federales lideradas por el general Manuel
Oribe fue arrollador, y éste, en dos meses, puso sitio a la ciudad de
Montevideo. La defensa contó con cientos de mercenarios extranjeros, liderados
entre otros por el italiano Giuseppe Garibaldi.
A comienzos del año 1844 el gabinete
inglés liderado por Robert Peel, comenzó a ceder ante las presiones que sufrió de
los factores de poder económicos de su país, ya que el bloqueo del puerto de Montevideo
y la guerra civil en nuestras tierras afectaban a los comerciantes dedicados a
las importaciones de cuero y a los industriales de Liverpool y Manchester.
De este modo, a pesar de ciertas reticencias
políticas, ambas potencias europeas, Inglaterra y Francia, con la suma del
Imperio del Brasil se preparan para la invasión, que incluye, además, separar a
las provincias de Corrientes y Entre Ríos de la Argentina.[11]
Ambos representantes de las monarquías europeas (Ouseley y Deffaudis) se
presentaron ante Felipe Arana y Juan M. de Rosas en Buenos Aires con claras
instrucciones de forzar “la paz” por vía de las negociaciones, o por la fuerza.
El 18 de setiembre de 1845, las escuadras
imperialistas bloquearon el puerto de Buenos Aires y las costas bonaerenses; un
mes antes habían atacado y tomaron prisionera a la escuadrilla naval del
Almirante Guillermo Brown y ocuparon al Isla Martín García. Una nueva invasión
inglesa (y francesa en este caso) se producía en nuestro país. Los mercenarios
extranjeros liderados por Giusseppe Garibaldi invaden Entre Ríos. Mientras un
convoy comercial compuesto por decenas de barcos anglo-franceses se aprestan a
forzar la navegación de nuestros ríos Uruguay y Paraná con la intención de
llegar al Paraguay. En los inicios del mes de noviembre, al mando de los capitanes
Hotham (inglés) y Trehouart (francés) se inicia la expedición invasora.
La Vuelta
de Obligado.
“El
estruendo del cañón de Obligado resonó en mi corazón; desde este instante un
solo deseo me anima: el de servir a mi patria en esa lucha de justicia y de
gloria.”
Martiniano Chilavert.[12]
En este
lugar se encuentra la principal fortificación argentina, si bien el río aquí es
profundo, un pronunciado recodo dificulta el paso de embarcaciones grandes. El
jefe de la defensa es Lucio N. Mansilla, quien hace extender tres gruesas
cadenas que abarcan la proa, la popa y la parte media de cualquier embarcación
que intente atravesar el lugar.
En la margen derecha dispuso (luego del
sitio de ubicación de las cadenas) cuatro baterías: Retaurador, bajo el
mando de Alvaro Alsogaray, General Brown, Eduardo Brown, General
Mansilla, al mando de Felipe Palacios y Manuelita, Juan Bautista
Thorne. Se contaba además con un solo bergantín de guerra, el Republicano,
(los invasores contaban con once buques de guerra y 800 infantes de marina para
desembarcar).
Al amanecer del 20 de noviembre se
inició el combate que dejó cientos de muertos y heridos del lado argentino. Los
ingleses poco más de una centena entre muertos y heridos, pero las averías
causadas por la heroica resistencia criolla los obligó a quedarse en la zona cuarenta
días. A pesar de la derrota militar este hecho histórico se recuerda como el
día de la Soberanía nacional, a causa de la decisión política de Juan
M. de Rosas de no ceder ante la prepotencia imperial y el acompañamiento
popular de sus jefes militares y del ejército federal compuesto por criollos,
afrodescendientes y originarios, quienes no dudaron en enfrentar en
inferioridad de condiciones en cuanto a armamentos, pero convencidos de la
defensa nacional de su Patria. En el año 1846, la invasión prosigue con decenas
de barcos con carga comercial escoltados por naves de guerra hacia Corrientes y
el Paraguay. El fracaso de la venta de mercaderías en nuestra provincia los
hace regresar, y a la altura de la provincia de Santa Fe, se produce un nuevo
combate en Quebracho el día 4 de junio, (a la ida tuvieron
enfrentamientos en Tonelero) que obligó, tras nuevas pérdidas, a
fondear en Montevideo al convoy. Francia e Inglaterra comenzaron seriamente a
analizar la posibilidad de finalizar los enfrentamientos.
Ya lo afirmaba de este modo, en la
coyuntura, el general José de San Martín:
“Bien
sabida es la firmeza de carácter del jefe que preside la República Argentina:
nadie ignora el ascendiente muy marcado que posee sobre todo en la vasta
campaña de Buenos Aires y el resto de las demás provincias.”[13]
El Libertador, además, ofreció sus
servicios, en aras de la defensa de “la honra e independencia” de la
Argentina. Una vez más, se había derrotado diplomática y políticamente al Imperio
británico, esta vez aliado al francés y brasilero.
[1] Para simplificar designamos a esta guerra civil como
entre Unitarios y Federales, pero en realidad tras la caída de Juan M. de Rosas
en el año 1852, a mano de una alianza internacional liderada por el también
caudillo federal entrerriano, Justo J. de Urquiza, aquel conflicto se prolongó
desde ese año hasta 1862. En ese período se enfrentaron Buenos Aires, provincia
separatista y la Confederación. Entre los años 1862 y 1880, la oligarquía
terrateniente unificada tras el proyecto porteño-bonaerense, enfrentó a ls
caudillos que aún pugnaban por un lugar en el modelo económico y social que se
estaba gestando. Con la derrota y asesinato de los principales referentes de
las motoneras gauchas (Felipe Varela, “el Chacho” Peñaloza y Ricardo López Jordan)
se produjo la organización e institucionalización nacional proyectada por la clase
dominante ya mencionada, aliada al Reino Unido de la Gran Bretaña.
[2] Sergio E. Caviglia. Malvinas,
Soberanía, Memoria y Justicia -10 de junio de 1829-. Ministerio de
Educación, Secretaría de Cultura. Provincia de Chubut. 2012.
[3] Bonifacio del Carril: La cuestión de las Malvinas, Buenos Aires, Emecé,
1982. pp. 106-107. En http://www.lagazeta.com.ar/indexm.html. Op. cit. Ver también
para este período. “1492-2010”. Malvinas en la historia. Una
perspectiva suramericana. Op. cit. pp. 103-110.
Ultima vez consultado en 2 de agosto de 2022.
[4] Un oficial de la Marina británica, en el mes de abril del año 1829
sugirió por carta al Parlamento de su país de “establecer una colonia en las
Islas Malvinas” con el objetivo de “fortalecer el poder naval británico” ya que
no solamente se podrían explotar económicamente, sino que además acrecentaría “el
tráfico marítimo con los australianos”. En “1492-2010”. Malvinas en la
historia. Una perspectiva suramericana. op. cit. pp. 113-115.
[5] En José María Rosa. Historia Argentina.
Tomo IV. Unitarios y Federales (1826-1841). Buenos Aires: Editorial Oriente.
1974 p. 189
[6] Hacia finales del año 1823, se produce el Empréstito
de la Banca Baring Brothers, gestionado por Bernardino Rivadavia, Manuel J.
García y Félix Castro, por un total de 1 millón de libras esterlinas, iniciando
la historia de la deuda externa argentina. Se pagaron intereses por décadas, y
no faltaron negociados y fugas de capital por parte de ingleses y argentinos
que la gestionaron.
[7] Op.
cit.
[8] En http://www.lagazeta.com.ar/. Op.
cit. Ultima vez consultado 2 de agosto de 2022.
[9] Los orígenes del nombre Falkland datan del año 1690. Ver “1492-2010”.
Malvinas en la historia. Una perspectiva suramericana. Op. cit. p.
89.
[10] Al respecto citamos en el
marco de una compleja negociación con Inglaterra que incluía el no pago del
empréstito de la Baring Brothers desde el año 1828, las palabras del ministro
de Juan M. de Rosas, Manuel Moreno: “mientras este gobierno (el inglés) niegue
la soberanía de las islas en la República, como lo ha hecho hasta ahora, no hay
medio de inducirlo a indemnizaciones”. Tal como el jefe de la Confederación lo
estipulaba. En José M. Rosa. Historia Argentina. Tomo IV. op.
cit. p. 160. 1974. Ver también: Norberto Galasso. De
la Banca Baring al FMI. Historia de la deuda externa argentina 1824-2001.
Buenos Aires: Colihue. 2003. pp. 37-38.
[11] No forma parte de este
texto abundar en detalles acerca de los vaivenes diplomáticos y geopolíticos de
estas potencias alrededor del mundo (en los cuales la Argentina tiene un rol de
sometimiento preasignado), y de Brasil en relación con el estuario del Plata.
Sí hay que aclarar que, las diferencias internas de los gabinetes europeos en
cuestión se fueron saldando en estos años previos a 1845, en función (y a
favor) del posicionamiento de personajes extremadamente beligerantes con William
Ouseley en Gran Bretaña y el barón Antoine Deffaudis en Francia. Sin olvidar las
presiones de argentinos como el unitario Florencio Varela que rogó literalmente
en ambos países la intervención armada extranjera.
[12] Este militar unitario
(1798-1852), que participaba de la defensa de Montevideo, a partir de este
hecho se pasa al bando federal. En la batalla de Caseros, tras la derrota de
Juan M. de Rosas, Justo J. de Urquiza, ordenó fusilarlo por la espalda. El
héroe de Obligado se resistió exigiendo ser fusilado de frente; fue ultimado a
golpes y bayonetazos.
[13] En Crónica Argentina Tomo
3. Mas allá de la Crónica. op. cit. p. XCVIII.
CONTINUA...
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