domingo, 1 de septiembre de 2013

ANTICIPO DEL LIBRO TRIMARCO. LA MUJER QUE LUCHA POR TODAS LAS MUJERES, DE SOLEDAD VALLEJOS La luchadora

A fuerza de buscar a su hija desaparecida, Susana Trimarco se convirtió en símbolo de lucha contra la trata. Trimarco, de la periodista de Página/12 Soledad Vallejos, el libro que Aguilar distribuye en estos días, la retrata en ese camino: la vida cotidiana, con sus angustias, ilusiones, agallas y transformaciones. Aquí, un extracto del capítulo sobre las sospechas y los rumores con que se intenta desacreditar su lucha. Por Soledad Vallejos Dicen que el caso es una fabulación. Que Marita Verón era prostituta. Que Susana Trimarco lo había sido en su juventud, pero con los años se había reconvertido en proxeneta. Que estaba grande ya para el trajín de poner el cuerpo ella misma cada día. Que Daniel Verón sabía todo esto y no le molestaba, porque de algún modo debía pagar sus deudas de juego millonarias. Que Marita se fue de su casa, abandonando pareja e hija, porque quería otra vida. Buscaba ser libre, seguir con su vida sin lastres. Que había llegado a comentar a algunas otras chicas de la noche que quizá viajara para prostituirse lejos. Que Trimarco siempre lo supo, pero calló por conveniencia. Que denunciar, hablar de trata, acusar a inocentes, embarrar con mentiras fue siempre parte de un negocio. Que la Fundación recibe millones de euros, de dólares, de pesos. Y que Trimarco vive en una mansión; tiene camioneta con chofer; tiene todo el tiempo, todos los días, línea directa con la Presidencia de la Nación. Que las víctimas rescatadas de redes de trata no fueron, en realidad, víctimas. Que algunas ni siquiera fueron rescatadas. Que, de hecho, está en duda que Trimarco alguna vez haya rescatado a alguna mujer. Que muchas de esas presuntas víctimas dicen lo que dicen porque viven gracias al dinero que les da la Fundación. Que son palabras interesadas, corruptas. Quienes dudan de Trimarco sostienen algunos de esos argumentos. A veces, todos. La cercanía con el universo político modula la sospecha. Cuanto más visible es la afinidad de Trimarco con el oficialismo kirchnerista, o al menos algunas de sus iniciativas, cuanto más explícita resulta su resistencia a mostrarse crítica con la presidenta Cristina Fernández, más relumbran las suspicacias. (...) La señora Trimarco Llevar la contra a Susana Trimarco implica desafiar la “presión mediática”. Eso dijo el abogado Cergio Morfil en el juicio por la desaparición de Marita, durante el alegato final en defensa de los hermanos María Jesús y Víctor Angel Rivero. Aunque su rol se limitó a esos imputados, su alegato contuvo prácticamente todos los mismos argumentos que luego sostendrían los demás defensores. Morfil dijo que sus clientes eran inocentes. Que debían ser absueltos porque los testimonios –orales, a falta de pruebas materiales– no eran sólidos. Señaló que Marita Verón posiblemente se hubiera ido por su cuenta. También, que Trimarco manipuló la causa por intereses quizá políticos, pero ante todo económicos. (...) El abogado de los Rivero concibió una suerte de compendio de rumores, sospechas, desinformaciones quizás involuntarias y falacias argumentativas. “Hemos institucionalizado el ‘me han dicho’”, señaló Morfil, quien responsabilizó principalmente de eso a Trimarco. Fue su insistencia en sostener el valor de la palabra como prueba lo que terminó construyendo pistas y líneas de investigación. Que ella refiriera testigos reticentes y atemorizados, pero repitiera lo que había escuchado era parte de esa maniobra. (...) Atacar la credibilidad de Trimarco y las mujeres rescatadas de redes de trata fue parte de las estrategias defensivas de los imputados en el juicio por su hija. Todos los caminos, por eso, conducían a la Fundación María de los Angeles, a las víctimas y su recuperación. Tal vez confundiendo la Fundación con una suerte de bolsa de trabajo, el abogado Morfil se lamentó: las víctimas que habían sido testigos en el debate oral no habían dicho dónde trabajaban “vía Fundación”. Se explicó el letrado: “Si hacen, qué sé yo, escarpines para los hijos de las mujeres que pudieran mañana llegar a la Fundación. Batitas para bebé, calzoncillos para vender. ¿Alguna está trabajando en mesa de entradas, como recepcionista, para que atienda el teléfono? No. Todas han vuelto. Una, al Soberbio (en Misiones); la otra, a su casa. Otra a volver al comercio del sexo en la calle”. (...) El defensor Morfil, histórico abogado de Rubén “La Chancha” Ale, dijo que se sentía vulnerable por notar la cercanía de Trimarco con el corazón del poder. “Tengo miedo de esa cercanía de la señora Susana Trimarco” (...) En Tucumán, las sospechas sobre el dinero son moneda cotidiana. (...) Para el abogado Germán Díaz, la explicación es la misma que para familiares de Trimarco: “Nadie es profeta en su tierra”. A Díaz el tiempo lo acostumbró a que ir a un asado, al cine, a cualquier reunión social con amigos o familia terminara con alguien sacándole el tema de la Fundación y la madre de Marita. “Se hablan muchas macanas. Que la Fundación es millonaria, que la Susana gasta la plata. Yo acá doy fe de que no es así. Ni la Fundación es millonaria ni Susana anda en ese papel. Es una mujer que está buscando a su hija hace once años y el Estado le debe. No solo le debe la hija, le debe un montón de cosas más. Si es Susana Trimarco, ¿quién le puede cuestionar el zapato o lo que sea que quiere comprarse? Es dueña ella de hacerlo, trabaja como cualquier otra. Es una persona trabajando para el Estado desde su parte, desde su lugar.” El reglamento de la Fundación prohíbe que quien la creó y preside cobre un salario por ello. Susana Trimarco no depende de los subsidios para vivir. En realidad, es empleada del Ministerio de Seguridad de la Nación. Cobra un sueldo mensual, que redondea con la pensión por viudez, que le dejó Daniel Verón. En febrero de 2012, cuando declaró en el juicio por Marita y la ministra de Seguridad era Nilda Garré, Trimarco explicó al tribunal que esa funcionaria era su “superior inmediata”, que el Estado la empleó para sensibilizar sobre la trata de personas y luchar contra ella, que ésa era su tarea al frente de la Fundación. Por entonces, el sueldo de Trimarco era de 8000 pesos, a los que sumaba una pensión de 1800. Al promediar 2013, por ajustes, su salario debe rondar los 12.000 pesos. En junio de 2013, Trimarco se convirtió en dueña de un auto cero kilómetro: un Chevrolet Celta. Fue un regalo de Mauricio Macri, quien en diciembre de 2011 lo había ganado en Sábado bus, el programa televisivo de Nicolás Repetto, tras superar a una modelo en la competencia de lanzamiento de corchos a copas. Por Twitter, Macri había anunciado que donaría el premio a la Fundación, pero los trámites burocráticos complicaban tanto la donación que cambió de destinatario. Año y medio después, el vehículo quedó a nombre de Trimarco. (...) En línea El 7 de febrero de 2013, cuando habían pasado las vacaciones legislativas y recomenzaba el proceso del pedido de juicio político, Andrés, hijo del juez (Emilio) Herrera Molina creó un grupo abierto en Facebook: “El Fraude TRIMARCO” (sic). Durante los días de diciembre en que su padre fue duramente cuestionado por el fallo absolutorio, Herrera Molina hijo había tenido una intensa actuación virtual, publicando cartas suyas y de su hermana a Sarita Alperovich, la hija del gobernador Alperovich, que supo coquetear con la política. Ya entonces Andrés Herrera gustaba de alternar la publicación de esos contenidos comprometidos con sus declamaciones de “artista erótico”, faceta bajo la cual dirigió presuntas obras de teatro relacionadas con el cabaret experimental y aun un ensayo fotográfico sobre la muerte de Paulina Lebbos. “El Fraude TRIMARCO” tiene cerca de 2000 amigos, no todos ellos activos. Publican fotomontajes: Trimarco con un bigote que recuerda el logo turístico de Tucumán y la emparienta con Hitler; una estrella como las que homenajean a celebridades de Hollywood pero con el nombre de la madre de Marita; mofas a los abogados de la querella (D’Antona como menemista, Garmendia como el soldadito de madera de “El cascanueces”). En los posteos, se preguntan qué haría Trimarco con los millones de dólares del Premio Nobel de la Paz, critican la vinculación de Trimarco con el gobierno nacional, y la tratan con una hostilidad rayana en la misoginia. Cuando Trimarco, en abril de 2013, fue una de las escogidas por la revista norteamericana Newsweek para contar su historia y su lucha en el encuentro anual Women in the World, se burlaron de las fotos que retrataban a la tucumana compartiendo una cena con Angelina Jolie y Meryl Streep. En el grupo virtual, quienes suelen aportar informaciones y animar los posteos con comentarios son viejos conocidos de la causa Verón, como el codefensor de la imputada Bustos, Juan Carlos López Casacci. Sin embargo, el más entusiasta y jovial comentarista suele ser su colega Carlos Posse, que en el juicio por Marita defendió a Lidia Irma Medina, su hijo Chenga Gómez, la hermana de crianza de Chenga, María Azucena Márquez (“doña Claudia”, en su alias de madama), y compartió, con López Casacci, la defensa de Natalia Bustos (ex mujer de Chenga). La búsqueda Por Soledad Vallejos Las lucecitas rojas, allá, a 200 metros, señalaban prostíbulos. Eran las tres de una madrugada de otoño y Trimarco estaba dentro de un auto, a la vera de una ruta cordobesa. Apretaba fuerte la mano de su acompañante. Miraba hacia donde chispeaban las luces. Muy de tanto en tanto decía: –¿Estará mi hija? Dos días antes había llegado a Bell Ville para acompañar a dos chicas, secuestradas y esclavizadas sexualmente durante años, a quienes juzgaban junto a sus proxenetas. En esa geometría perversa de poder, los explotadores –un policía y su pareja– habían presionado a las chicas para convertirlas en victimarias de otra joven raptada. Si no lo hacían, las matarían; o peor: las volverían a torturar. Ya había sucedido. Entonces, las chicas habían acatado. Y allí estaban: víctimas y victimarias a la vez, en el banquillo de los acusados. En esos días de comienzo del debate oral, la policía de Bell Ville se acercó discretamente a Trimarco. Le dijeron que había una información de último momento: era posible que Marita estuviera en un prostíbulo a 100 kilómetros de allí. Querían allanar. Prometían hacerlo esa misma noche. Susana escuchaba en la comisaría del pueblo. La acompañaba Luján Araujo, la periodista porteña que había llegado a Córdoba para cubrir el juicio. Se habían conocido poco antes, cuando Araujo la entrevistó para una revista; a Susana, esa jovencita le había despertado confianza. En los días de Bell Ville, el azar las alojó en el mismo hotel, y a su manera, la madre de Marita había terminado por adoptarla: compartían desayuno, cena, llegaban juntas a la Cámara del Crimen, juntas presenciaban las audiencias. Con los años, Trimarco había aprendido que mejor era andar acompañada. Cuando escuchó que el allanamiento sobrevendría en las horas siguientes, miró en silencio a la periodista. –Si querés vamos, Susana –dijo Araujo. Y allí estaban horas después. –¿Estará mi hija? –decía de tanto en tanto Trimarco. A la camioneta de la Policía subían las personas que salían del prostíbulo: un par de hombres, algunas mujeres. Ni rastros de Marita. Minutos después, un comisario se acercó al auto y lo confirmó: allí no estaba. De regreso, camino al hotel de Bell Ville, Trimarco y Araujo se detuvieron en una estación de servicio para comer una empanada recalentada. 31/08/13 Página|12

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