viernes, 15 de marzo de 2013

EL PAPISMO POR BARRAGAN OPINION

Desesperadamente papistas Por Carlos Barragán Es necesario a veces mezclar las peras con las manzanas, sobre todo cuando ambas vienen con la misma materia aunque con distinto olor, eludiendo y aludiendo a la desagradable cita escatológica. Por eso voy dejar en reposo, como usan los cocineros para utilizar más tarde, una misma lista donde hay periodistas y políticos, ambas categorías dudosas: Carlos Reymundo Roberts, Carlos Pagni, Joaquín Morales Solá, Elisa Carrió, Rosendo Fraga, Sergio Bergman, Pino Solanas, Julio Bárbaro, Mauricio Macri, Federico Pinedo, Marcelo Longobardi, Gabriela Michetti, Eduardo Van der Kooy, etcétera. (La lista es por lo menos el triple.) En estos años aprendimos algunas reglas del buen pensar que sospecho deberíamos poner en duda: que hay que respetar todas las opiniones, que hay que poner blanco sobre negro o viceversa, que no hay que ver la foto sino la película, que el fin no justifica los medios, y que no sirven los argumentos ad-hominem. Esto último refiere a un tipo de argumento que se define como una categoría de falacia, la falacia de argumentar que alguna cosa no es así por venir de quien viene. Por ejemplo: descartar una expresión de Majul por venir de Majul. O en una versión más compleja: descartar una expresión de Majul por venir de Eliaschev. (Hay otra versión simplificada que es descartar a Majul.) Mi lista de personalidades político/periodísticas tiene que ver la elección de Bergoglio como jefe de la Iglesia de Roma y sus festejantes, y el por qué de su festejo. Es notable que todos ellos hayan destacado lo mismo que Ricardo Roa quien absteniéndose de improbables originalidades escribió “Bergoglio fue elegido por los Kirchner como uno de sus enemigos. No iban a la Catedral y tampoco lo recibían.” Así, el nuevo Papa es de la oposición. O por lo menos eso es lo que pretenden los opositores. El Habemus Papam es un eureka gritado en las redacciones de los diarios, las radios, los canales de televisión y los partidos que desde el 2008 no abandonan la ilusión de que “el régimen” sea depuesto de una vez y para siempre. Por eso dudo hoy de la supuesta incorrección del argumento ad-hominem. Por lo menos en este caso. Ad-hominem que literalmente significa “al hombre” sirve esta vez –como otras tantas- para saber mucho y bien de qué se tratan las cosas. Conociendo “al hombre” conocemos sus intenciones, lo que desea, lo que oculta, y lo que detesta. Y acá somos pocos y nos conocemos mucho. Hablo de mí. Cuando escuché que Bergoglio era el nuevo Papa mi primer pensamiento fue para Carol Wojtyla. Fui llanamente obvio, veo hoy. Recordé a aquel Papa que fue elegido polaco para cambiar las cosas en su Polonia natal. Ayudado por Reagan y su dinero vía la CIA, más el dinero del Vaticano, el muy querido “Papa Viajero” hizo grande y fuerte a aquel sindicato del católico anticomunista Lech Walesa –héroe de nuestra prensa en los años 80- quien alguna vez exigió que los diputados homosexuales se sentaran en la última fila, y a quien le gusta decir que “Cuba será libre tarde o temprano”. Walesa, Premio Nobel de la Paz en el 83, premio que a estas alturas las Abuelas de Plaza de Mayo no merecen que se les impute. Bergoglio todavía no dijo nada importante como Papa, aunque sí fue sustancioso como Arzobispo acá en la Argentina. Y cuando habló de los pobres confortó a los ricos, cuando habló de los débiles confortó a los poderosos, cuando habló de humildad confortó a los soberbios, cuando habló de diálogo y consenso confortó a los intolerantes. Quizá el hombre no haya tenido esas intenciones, ni calculó cuáles serían las consecuencias de sus palabras como pastor de almas. Eso quedará en su conciencia, como quedará en su conciencia su papel y el de sus hermanos-colegas de fe durante el genocidio argentino. Tenemos un Papa argentino. Todo un éxito para el sentir y el filosofar de Clarín, el diario que amasó durante décadas el sentido común del ciudadano medio de nuestro país. Un hombre de la calle, uno que también toma mate y anda en colectivo como Bergoglio –no como opción franciscana sino porque el sueldo no le alcanza para tener auto- me dijo, y el tipo no es católico: “está muy bien, tener un Papa, un país con apenas 200 años de historia es algo muy bueno”. Y me quedé pensando en una anécdota que acababa de escuchar en la radio, de alguien que confesaba haber llorado de emoción cuando se enteró de la noticia. Este hombre que ama al nuevo Papa contó en una radio en la que Ibope acaba de invertir: “lo ví a Bergoglio dando una misa en Plaza Constitución, y éramos poquitos, algunas prostitutas, algunos mendigos que viven en la plaza, algunos borrachos, y tres o cuatro personas que pasaban por ahí”. Tres o cuatro personas que pasaban por ahí. Eso dijo. Quizá sea un exceso postular que Wojtyla fue a Polonia lo que Bergoglio pueda ser a nuestra región. Quizá no son comparables ambos casos tan separados en el tiempo, en sus condiciones históricas, político-sociales, ni en las geografías. Pero esa sigue siendo hasta ahora mi sensación. Quizá Bergoglio saque lo mejor de sí, quizá pele al franciscano que sus amigos dicen que lleva en su corazón, ese que toma mate, da misa en las plazas, viaja con los pobres y ayuda a los más débiles. Si sus amigos dicen la verdad, el hombre debe tener una personalidad compleja: amor por los más débiles y un compromiso firme con los hombres de poder que operan en contra de los más débiles. Ahora, si se me permite la paranoia, de existir la voluntad de serruchar los procesos que se viven en suramérica, nada sería mejor que conseguirse un Papa que provenga de ahí. En ese caso, para esos menesteres, yo también lo iría a buscar “al fin del mundo” como él mismo dijo. Y me despido con un sueño, no un sueño mío porque últimamente la realidad parece sueño y pesadilla, lo cual me viene quitando las ganas oníricas. Se trata de un sueño evidente, elemental. Un sueño que podría ser de Carrió, o Biolcatti, o Morales Solá, o Binner, o Aguad, o Altamira, o todos ellos juntos. Sería así: que dentro de unos años, 2015 sería una fecha a soñar, antes de las elecciones, venga el Papa Francisco a la Argentina, y en una multitudinaria misa en el monumento a la bandera –Rosario sería el lugar ideal- hablara sobre los pobres, los desposeídos, los que no tienen justicia, los que sufren, los que son víctimas de la violencia y la corrupción de los políticos, de un gobierno autoritario, antidemocrático, que no escucha ni dialoga, que no atiende a los más débiles, que quiere el poder eterno, que es soberbio, y que degrada la vida y las almas de los ciudadanos. Amén. Y los stickers en los autos “Yo voto al Papa porque soy argentino”. Porque como Dios no los viene ayudando, el Papa parece ser una esperanza. Diario Registrado GB

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