domingo, 28 de marzo de 2021

 

Cenital

POPULISTAS SOMOS TODOS

María Esperanza Casullo
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Algunos pensamientos sobre la política argentina, con un principio orientador: funciona mejor de lo que parece.
28/03/2021

El expresidente Mauricio Macri publicó un libro, Primer Tiempo. Lo presentó en un acto que fue, como casi todo en esta pandemia, transmitido vía internet. En este acto mostró varias puntas acerca de su posicionamiento político y, por ende, del de Juntos por el Cambio (el libro también lo hace pero les confieso que no lo terminé todavía).

El discurso actual de Macri es curioso porque es ultra opositor, pero casi totalmente desinteresado en anclarlo en análisis a políticas públicas concretas. Sí, presentó algunas críticas a la política sanitarias del gobierno del Frente de Todos, y afirmó que si fueran gobierno tendrían acceso a millones de vacunas, pero nada más. En contra de la imagen que Macri construyó trabajosamente desde 2003 a 2015 de un ingeniero desideologizado preocupado por contar metros de asfalto e inaugurar kilómetros de Metrobus, este Macri se mueve muy cómodo entre afirmaciones universales y fuertemente ideologizadas. “El populismo es peor que el coronavirus”. “Está en riesgo la democracia”. “En mi gobierno las puertas del mundo estaban abiertas”. “Hay que terminar para siempre con las causas de nuestro largo retroceso como Nación”. Que, para él, es el populismo.

Se trata de un Mauricio Macri, unchained. Liberado de las encuestas y de Jaime Durán Barba, que le aconsejaba no hablar de ideología sino de perritos, sus hijos, y asfalto. Que hoy presenta al país un proyecto, no ya de mejora gradual y constante de la calidad de vida en “el metro cuadrado” que en 2015 decían que rodea a cada persona, sino de una cruzada fuertemente ideológica en contra de un agente patógeno que hay que eliminar como sea. Que es el populismo, populismo, pop…

Como dijera en Twitter el sociólogo Sergio Morresi, Macri hoy tiene un discurso más propio de un editorialista de diario de domingo que de un tecnócrata obsesionado con la gestión. Esto se notó incluso en las personalidades invitadas a comentar su libro, que pertenecieron sobre todo a lo que podríamos llamar “intelectuales públicos de la derecha liberal global”: Pilar Rahola, Julio María Sanguinetti, Fernando Savater, Álvaro Vargas Llosa. Pureza ideológica antipopulista, con una perspectiva vista desde lo alto.

Ese es el segundo dato que llama la atención: la dureza ideológica combinada con una situación de enunciación muy desde lo “alto” (entendiendo la división alto/bajo en clave sociocultural) pero también un poco avejentada. “Noventista” podríamos decir. Rahola, Savater, Vargas Llosa fueron figuras claves en la constitución de la derecha más bien liberal y tecnocrática de hace treinta años, pero no son figuras centrales en la constitución de las derechas movilizantes y populistas actuales. El mundo que predican, basado en la promesa de prosperidad generada por la globalización económica, financiera y cultural basada en la hegemonía de Estados Unidos como única potencia mundial, no existe más. Esto ya no lo piensan los partidos de izquierda (Joe Biden lo dijo taxativamente hace pocos días) pero menos aún lo piensan los partidos de derecha exitosos, como Vox en España o los Tories ingleses. 

El momento más llamativo del acto de presentación de Primer Tiempo, sin embargo, no lo generó ninguno de los mencionados. Lo generó el cineasta Juan José Campanella, quien le hizo la siguiente pregunta a Mauricio Macri: “¿Es posible un diálogo con la dirigencia y el pueblo populista? Quiero saber dónde está parado”. Es la primera instancia que yo recuerdo en tiempos recientes en donde se dice abiertamente que es necesario clausurar el diálogo no con algunos dirigentes, sino con “el pueblo”, es decir, los votantes. Es comprensible lo primero, sería imposible lo segundo. Lograr mayorías electorales genera la necesidad absoluta de persuadir a una mayoría de los votantes, y en Argentina la fracción antiperonista es minoritaria. No quiero decir con esto que la mayoría sea peronista, nada más fuera de la verdad, pero esa mayoría no es antiperonista. Votará al peronismo, o no, según le pinte en cada momento. Una decisión de no entrar en interlocución con esa mayoría no podría ser democrática. Sería, antes que eso, antidemocrática. 

Es cierto que Macri no dio por cierta la afirmación de Campanella. Dijo que en la etapa que se viene se necesitan “halcones, palomas, golondrinas, gorriones y hasta gallinas”. Es decir, habló para adentro de su espacio. Perdió una oportunidad de hablar para afuera. El Macri del 2015 habría dicho, creo, algo así como “los dirigentes kirchneristas son insalvables pero a la gente que vota al peronismo porque no conoce otra cosa le vamos a explicar que con nosotros van a vivir mejor”. 

Pero ese era otro Macri. Este es otro, liberado, auténtico. Hay quienes dicen que esta nueva fase es sólo un endurecimiento táctico ocasionado por el temor a que en las legislativas haya una sangría de votos hacia la derecha libertaria, y que Macri moderará su discurso cuando se acerquen las elecciones. Puede ser, por supuesto, pero, ¿tanto temor va a tenerle el que obtuvo el 40% de los votos a los que sacaron dos puntos? Además, su giro en realidad ya había comenzado luego de la victoria en las elecciones legislativas del 2017, algo que Macri menciona en el libro, cuando dice que “en vez de disfrutar de la victoria” decidió “avanzar con las transformaciones que hacían falta”. 

La explicación más simple es que Macri dice lo que dice porque lo cree. ¿Y por qué no lo haría? Completó su mandato, logró el 40% de los votos, tiene su coalición alineada, sin nadie que desafíe su liderazgo abiertamente. No está en campaña, donde siempre vivió sujeto al coaching y el focus. Está también liberado de las restricciones del rol institucional de presidente, que nunca disfrutó y que parece no extrañar. Quien habla es, finalmente, él mismo. 

María Esperanza

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