miércoles, 28 de febrero de 2018

Opinión Contrastes Por Luis Bruschtein

Murió la muerte dicen. Finalmente murió el ex general Luciano Benjamín Menéndez, el genocida, el criminal. Pero no murió la muerte. Esa muerte como idea, como latencia, estará mientras ese pensamiento siga encarnado en formas del poder, en gobiernos y en ministros. El ex militar, con sus catorce condenas a perpetua –indiscutibles, intachables, impecables– tuvo mucha influencia en la política de la provincia de Córdoba durante muchos años después de la caída de la dictadura. Era un asesino reconocido por la justicia y la sociedad, era el protagonista de los testimonios más horribles de la represión en Córdoba durante la dictadura, y al mismo tiempo era un invitado de lujo en los actos oficiales de los gobernadores Eduardo Angeloz y Ramón Mestre.
Córdoba es la expresión más aguda de la esquizofrenia política argentina. La Córdoba progresista y revolucionaria de la Reforma Universitaria y el Cordobazo frente a la Córdoba de Menéndez, la provincia que, en proporción le dió más votos Mauricio Macri, la provincia del ministro Oscar Aguad, el amigo de Menéndez.



o es propiedad exclusiva de los cordobeses, es la esquizofrenia de la política argentina que pasó de un gobierno progresista y popular como el de Raúl Alfonsín, a otro conservador y neoliberal como los menemistas y los de la Alianza, a otros nacionales y populares como los kirchneristas y a otro ultraconservador y neoliberal, como el de Cambiemos. Los corcoveos van de un extremo al otro. Casi no hay término medio.
En Córdoba, el fantasma sanguinario de Menéndez aparece como la contracara del Cordobazo. Las dos caras de la provincia, la del genocida que representa a una parte de la historia y de los argentinos, y enfrente el Cordobazo, como rayo de libertad contra otra dictadura. Privilegios y dictadura, versus democracia y justicia. Argentina entró en democracia en 1983, pero todos sabían que Menéndez seguía mandando en Córdoba. Allí está su foto en los palcos adonde todavía no dejaban subir a los organismos de derechos humanos. Podía Menéndez, pero no las Madres ni las Abuelas, mientras en todo el país, los juicios a los ex comandantes develaban atrocidades y cerraban cualquier coartada por ignorancia.
Lo hizo después otro gobernador radical, Ramón Mestre, padre del actual intendente de la capital cordobesa. Fue entre 1995 y 1999. Allí se lo ve orondo a Menéndez, el asesino de las catorce condenas a perpetua, en el palco, junto al ministro de Gobierno de Mestre, Oscar Aguad. El ministro defendía a capa y espada la permanencia en la dirección de inteligencia de la policía cordobesa del Tucán Yanicelli, otro torturador durante la dictadura, que ahora está en prisión. 
Profundizar la democracia fue lograr que Menéndez fuera juzgado y condenado. En 1990 fue indultado por Carlos Menem. Y recién en el 2005, cuando Néstor Kirchner anuló ese indulto, se lo pudo juzgar. Y sin embargo, esa provincia siempre votó contra el kirchnerismo. Contraluces. Porque al mismo tiempo elegía gobernadores que coqueteaban con la sombra de niebla y sangre de la dictadura.
Pese a que el mismo Menéndez se asumía como referente cordobés, en realidad, había nacido en la provincia de Buenos Aires. El que sí era cordobés, era el obispo Enrique Angelelli, a quien Menéndez ordenó asesinar en La Rioja. Menéndez y el brigadier Luis Fernando Estrella fueron condenados a perpetua por el asesinato de Angelelli. Y más contraluces, porque el general honrado por gobernadores cordobeses muere con catorce condenas a perpetuas en tiempos en que Angelelli está por ser canonizado por la Iglesia Católica. La historia es pródiga en ejemplos en los que el asesino de un santo suele ser bien tratado en vida por gran parte de sus congéneres, lo cual no habla tan bien de sus congéneres.
El hombre, Oscar Aguad, que acompaña en el palco al asesino del santo es ahora el Ministro de Defensa del gobierno al cual votó la inmensa mayoría de los cordobeses. Es una foto de los ‘90. Está el asesino del cura cordobés, con la presencia maciza del que domina, del que se sabe por encima. Y a su lado, encogido, está el actual ministro de Defensa.
Es una foto del pasado, quizás fue una casualidad que lo fotografiaron junto a Menéndez cuando protegía al Tucán Yanicelli. Quizás, solamente se dieron la mano por una cuestión de protocolo. Allí está, el asesino de miles de cordobeses, el que mandó fusilar al obispo cordobés que podría ser declarado santo por la Iglesia. Y el actual ministro, que en ese momento era ministro del gobernador que había invitado al asesino, quedó junto a Menéndez quizás para salir en la foto, como recuerdo.
Pero no fue tanta casualidad si uno se percata que el ministro piensa como Menéndez. Casi calcó las palabras del genocida en una entrevista con Joaquín Morales Solá en la que sostuvo que durante los 34 años de democracia, las Fuerzas Armadas “fueron estigmatizadas por la represión de Estado y por Malvinas”. Era el pensamiento del hombre que lo acompaña en aquella foto de los ‘90, el argumento que usó Menéndez en su defensa, el ex militar que murió ayer con 12 condenas a perpetua, una de ellas por haber asesinado a un santo. Aguad no usó la palabra dictadura y calificó de “represión de Estado” a las violaciones a los derechos humanos.
Los juicios a los genocidas fueron un mojón ético en la transición democrática argentina, un esfuerzo reconocido en todo el mundo. Pero tuvo un alto costo para el gobierno kirchnerista porque le ganó desde el principio el odio de sus opositores más fervientes. La militancia cacerolera macrista más devota surgió de esa decisión. Son los claroscuros de la política argentina: Menéndez murió juzgado y condenado por una decisión del gobierno anterior. Pero en el gobierno actual su compañero de foto se convirtió en el Ministro de Defensa  que acaba de desmantelar el área de derechos humanos de su ministerio.

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