miércoles, 26 de agosto de 2015

Historias de diario, cambios de la política Por Alejandro Horowicz

“Había una vez un príncipe al que muchas pulgas no dejaban de picar. Pidió a los dioses que le concedieran el tormento de una sola pulga, grande y hambrienta, pero una sola, y destinasen las restantes a otros hombres. Pero ninguna de las pulgas aceptó quedarse sola con ese animal de hombre, y él tuvo que seguir aguantándolas a todas.”
Italo Svevo, La conciencia de Zeno.

El 28 de agosto de 1945, hace 70 años, un módico tabloid encabezado por Roberto Noble fue voceado por primera vez en las callecitas de Buenos Aires. Entre ese puñadito de periodistas mecidos por una esperanza cuyo sostén financiero era, para decirlo con máxima amabilidad, inexplicable y un grupo comunicacional de 1500 millones de dólares, media una distancia novelesca. Hasta ahora nadie había intentado, mediante una investigación seria, reconstruir tan compleja peripecia. Los dos tomos publicados por Martín Sivak (Clarín el gran diario argentino, una historia, junio del 2012; Clarín la era de Magnetto, julio del 2015) permiten descifrar un recorrido tan único, al tiempo que iluminan indirectamente mi propio objeto de estudio: el peronismo.

La magia de los números redondos no se termina con el meticuloso trabajo de Sivak. El próximo 17 de octubre también se cumplirán 70 años del nacimiento del movimiento popular que transformó la historia argentina mediante la irrupción de los trabajadores en la república parlamentaria. La liberación del coronel Perón, preso en Martín García, y su transformación en candidato presidencial respaldado por un partido obrero basado en los sindicatos, no estaba en el libreto de nadie y por cierto no constituía el instrumento elegido por el ambicioso coronel. Para un oficial superior de las FF AA la opinión de sus camaradas era muchísimo más significativa que las conclusiones de un conclave de militantes obreros. No fue esta la única vez en que Juan Domingo Perón se equivocó.

La fiesta pitagórica no se detiene 

A finales de octubre de 1985, hace 30 años, la editorial Legasa publicaba Los cuatro peronismos. Jorge Laforgue, mítico editor de Boris Spivacow, a cargo del sello, me llamó por teléfono para avisarme que el libro le gustaba, pero que la palabra final la tenía el dueño. A modo de recordatorio un grupo de amigos generosos hoy logra que la Editorial Octubre publique, en noviembre próximo, un tomo con una docena de aproximaciones críticas, lecturas de Los cuatro peronismos; al tiempo que mi editor –Fernando Fagnani- reeditará con tapa nueva mi trabajo de entonces. Cuento todo esto porque escribí Los cuatro… después que Marcos Cytrynblum –secretario general de Clarín– me echara del diario en 1982, como bien relata Sivak en su libro.

Volvamos al inicio. La historia de Clarín y la de Magnetto se pueden confundir en el siglo XXI. Antes no. Los primeros 24 años del diario giraron en torno a Roberto Noble. Del hombre que se burlaba del Partido Comunista en su juventud, por no ser suficientemente de izquierdas, al ministro del gobernador semifacista de la provincia de Buenos Aires, Manuel Fresco, no media una distancia pequeña, pero explica su fortuna personal. Otro caso que ilustra la paráfrasis de Leopoldo Lugones: a los 20 años se rompen vidrios, a los 30 se reparan y a los 40 se organiza una fábrica de vidrio. Sivak cuenta con picantes detalles la vida del editor que fundó un diario para ser presidente de la república, y se terminó conformando con “hacer presidentes” mientras inventaba su propio abolengo social.

Un diario que nació tan gorila como los demás, pero que la victoria electoral del peronismo transformó en tranquilo acompañante que negociaba su lugar a cambio de una adecuada cuota de papel. Cuando en septiembre del '55 se inaugura la era de la proscripción popular, Noble no vacila en sobreactuar sus pergaminos antiperonistas. Nadie se enojó por dos razones: la prensa era visceralmente antiperonista, y los demás dueños de los diarios -salvo los Gainza Paz de La Prensa, que habían sido expropiados– no habían hecho nada tan distinto. Noble, sin embargo, era mucho más despabilado que el resto, y aprovechó la volada para quedarse con el cuadernillo de avisos clasificados de La Prensa. Vale la pena explicarlo: desde el momento en que la CGT se hace cargo del diario de los Gainza pierde rápidamente los clasificados, y Clarín supo sumarlos como base de su primer crecimiento exponencial.

Si algo independiza a un diario de sus grandes avisadores, si algo le permite pegar virajes editoriales sin demasiado costo comercial, es una gran tirada sostenida por millones de pequeños anunciantes. Y esa fue la política que en definitiva transformó a Clarín en un gran diario argentino. Noble hizo más, detecto la importancia de Arturo Frondizi y de su numen intelectual, Rogelio Frigerio. Era la época en que un burgués culto leía el pensamiento de izquierda, y Frondizi que había abrevado en esos pastos, junto con Frigerio que provenía del PC argentino, organizaron una lectura “marxista burguesa” de la política. Esto es, una versión que le permitía la burguesía realizar las tareas requeridas por la modernización nacional, reduciendo su lectura de Lenin a “crecimiento del PBI industrial”, a “desarrollo de las fuerzas productivas”. De modo que para alcanzar el cielo socialista era preciso pasar primero por el purgatorio desarrollista.

Por cierto, Noble no se compró “íntegro” el programa, pero acepta que sus dos dirigentes gozaran del respaldo implícito del diario, y que sus puntos de vista –el modelo gramsciano de partido inorgánico– estuvieran o no estuvieran en el gobierno obtuviera adecuada visibilidad. Este apoyo también le sirvió para equiparse con las más modernas rotativas, financiadas con dinerillos públicos, y en 1965 Clarín ya sería el diario de mayor tiraje de la Argentina. Esa fue la obra de Noble.

De Papel Prensa a la batalla campera

La muerte de Noble, las peripecias de su casamiento con la brillante Ernestina, su larga y dura pelea con Guadalupe Noble –hija de un amorío anterior de Roberto– son recreadas con delicadeza y rigor por Sivak. Así como las condiciones del ingreso de Magnetto en marzo del '72. De la mano de Rogelio Frigerio, un joven militante desarrollista se convierte en estrecho colaborador de Ernestina, para una década más tarde cerrar el ciclo iniciado por Noble expulsando al desarrollismo del diario, y transformarse, durante 1999, en CEO del grupo. El hombre que negoció con Néstor Kirchner un poder de iguales terminaría siendo su dolorosa “pulga” en medio de la batalla campera de 2008, cuando Cristina Fernández presidía el país.

Más que la batalla con los K, que Sivak cuenta con precisión suiza, me interesa poner en foco por qué Frigerio, decisivo para la compra de Papel Prensa, se vuelve un socio intelectual inadecuado, una pulga molesta. Para la primera espada del desarrollismo fabricar papel de diario era un objetivo estratégico: abandonar la importación, mejorar la integración de la cadena de valor nacional. El programa del gobierno de Frondizi sin Frondizi. Para la burguesía argentina ese era un programa definitivamente archivado, Frigerio no lo entendió así. Celestino Rodrigo en 1975, y José Alfredo Martínez de Hoz hasta 1980, se encargaron de liquidarlo. Clarín se resistió con toda la fuerza de sus rotativas, pero libró esa pelea en soledad y Magnetto comprendió que la guerra había terminado.
El programa de la represión ilegal resultaba inseparable del programa del Consenso de Washington, y precisamente porque lo era Frigerio estaba de más. El mercado mundial, el nuevo ciclo del capital tras la derrota de la Unión Soviética, pusieron fin a la bipolaridad. No con el resultado que había esperado Frigerio. Seamos justos, entendió la naturaleza de la batalla. Sostuvo que en última instancia se trataba de saber si la productividad social del trabajo terminaría siendo más elevada en la URSS que en USA. Y quedó claro que Moscú no daba el pinet.

Desde ese momento, cuando el bloque de clases dominantes de la sociedad argentina deja de ser un bloque dirigente, cuando ya no enarbola ninguna versión de ningún proyecto nacional, Magnetto, que nunca tuvo alta propensión para las fantasías políticas, que siempre observó el comportamiento de la burguesía empírica, comprendió que el más allá de los negocios no era negocio. Entonces desplegó su nueva bandera. Basta leerla ya que es muy clara: lo que es bueno para Clarín es bueno para la Argentina, y conviene subrayar que esa proclama no admite demostración en contrario.

iNFO|news


 

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