lunes, 23 de marzo de 2015

El Apocalipsis según el Chato

Por Eduardo Sacheri

A primera vista pudo parecer que el quilombo se armó porque a nosotros no nos gusta que nos den la vuelta olímpica en la jeta. Cosa que es cierta, ojo, ¿Hay alguien a quien le guste semejante cosa? Pero apenas escarbás un poco te das cuenta de que la cosa venía de más lejos. Porque mirándolo un poco más a fondo era también un asunto de polleras. O tal vez en cierto modo la clave del balurdo estaba en lo de la chata ladrillera. O más bien era todo junto, bien revuelto: la cosa venía cargada con lo de la chata, se complicó feo con lo de la Yamila y se terminó de pudrir con lo de la vuelta olímpica.

Arranquemos por el principio: el Chato y el Alelí son primos hermanos, pero desde que eran pibes se quieren sacar los ojos. Se han pasado la vida buscándose camorra. Si hasta parece que cada cosa que piensan, que hacen y que dicen, la piensan, la hacen y la dicen para joderle la vida al otro. Los dos son los mayores de cinco hermanos. Los dos nacieron en agosto del 61. Y los dos se odian. Bastó que uno se hiciera de Estudiantes para que el otro se hiciese de Gimnasia, y eso que La Plata nos queda en el culismundis. A uno le gustaba de chico jugar al Zorro y el otro no paraba de decir que ése era un enmascarado trolo y que no había nadie mejor que Batman. Uno se hizo hincha de Ford y el otro, naturalmente, fanático de Chevrolet. Uno se las daba de la Momia y el otro se hacía pasar por el Caballero Rojo. Físicamente son parecidísimos: dos negrazos gigantescos, grandes como roperos, de esos que si te los cruzás de noche por una calle oscura te conformás con que lo que te vayan a hacer dure lo menos posible. Al Chato le dicen Chato porque antes de pegar el estirón, hasta los doce, era un enano. Alelí y sus amigos dicen que no, que le dicen Chato porque tiene la nariz aplastada como los boxeadores, y que eso es producto de una piña que le puso el Alelí cuando eran pibes. Pero no es cierto. Al Alelí le dicen así porque se llama Alberto Elías, y bastó que una vez el Chato le dijera que tenía iniciales de florcita para que el otro se pusiera violeta de la rabia y lógicamente le quedara el apodo para toda la vida.

Ya dije que se han pasado la existencia odiándose con una entrega sin fisuras. Y no se han fajado más porque siempre vivieron relativamente lejos uno del otro. Alelí es de La Merced, y nosotros con el Chato somos de La Blanquita, y para el que no conoce la zona hay que aclarar que entre los dos barrios hay como treinta cuadras y son de tierra. Las calles siempre fueron una ruina, de modo que cuando caen dos gotas te queda un enchastre de pantano que reíte de los de la Florida, porque lo único que les falta son los cocodrilos. Así que se veían para los cumpleaños de los viejos, para Pascua, para Fin de Año, para las comuniones, y se daban que era un contento.

Lindo se puso cuando entramos al secundario. El único colegio que había en diez kilómetros a la redonda estaba sobre la ruta, de modo que ahí sí tuvieron que encontrarse. Duraron dos años y protagonizaron batallas memorables. En primer año tenían la delicadeza de fajarse en el campito de las vías, pero en segundo perdieron totalmente la compostura y se daban en el aula, en los recreos, en la formación, en el baño o donde los sorprendiese la furia. El Chato finalizó su carrera académica el día en que hizo aterrizar una silla a los pies del director, previo paso por el ventanal del aula que daba al patio. El Chato aclaró después que se trató de un error comprensible porque una silla es difícil de dirigir, y él tenía que optar entre apostar al impulso de cruzar el aula de punta a punta con el sillazo o asegurar el impacto en la frente del Alelí, y en esa disyuntiva entre propulsión y exactitud optó por lo primero y el resultado fue expulsión directa. El Alelí no duró mucho más. Fue como si desaparecido su enemigo no hubiera tenido sentido seguir torturándose en la batalla del conocimiento. Al mes siguiente, y con la excusa de unos petardos en el baño de mujeres, el director se dio el gusto de firmar la expulsión del segundo de los primos. Para los que quedamos, el colegio perdió casi toda su pimienta. Bueno, "para los que quedamos" es casi una manera de decir, porque para mis amigos del barrio La Blanquita la secundaria era un tormento que no estaban dispuestos a tolerar. De La Merced se recibió únicamente Rubén Acevedo, y de nuestro terruño fui el único sobreviviente. Parece mentira cómo la tenacidad y la inercia tienen premio. Fue cuestión de ponerse en la cola y aguantar, de ahí hasta terminar la facultad.

Tuve suerte, porque conseguí un buen trabajo y este vocabulario universitario tan distinguido, atributos ambos envidiables en mi barrio. Pero ahí está: cuando digo ''mi barrio" me refiero a ése, a La Blanquita, y no al hermoso, cuadriculado, pavimentado y arbolado suburbio de clase media en el que vivo ahora. Será por eso que todos los fines de semana, llueva o truene, haga frío o calor, esté sano o enfermo, me escapo a jugar al fútbol allá. Caiga quien caiga, armo el bolsito y me tomo el bondi bien temprano. Mi mujer me sonríe tiernamente al despedirnos, porque supone que dejo el auto en casa para que mis amigos no se sientan mal por mi progreso. Yo la dejo pensar que soy un dulce, pero la verdad es que no lo llevo porque en La Blanquita cualquier auto de modelo 1970 para acá puede demorar entre veinte y veintitrés minutos en convertirse en 2.476 repuestos.

Pero bueno, no sé por qué estoy hablando tanto de mí, cuando el asunto es contar lo que pasó con el Alelí y el Chato. Por si no ha quedado claro, yo soy amigo del Chato desde primer grado y amigo de los amigos del Chato. Eso me convierte en enemigo del Alelí y en enemigo de los amigos del Alelí. Ojo que ellos deben ser buena gente, como los míos, pero en lo que llevamos de vida nuestros encuentros han sido demasiado tumultuosos como para detenerme a averiguarlo. La única excepción somos el Rubén Acevedo y yo, porque la soledad del secundario nos unió en el infortunio cuando ninguno de los otros vagos sobrevivió a tercer año. Pero nuestra amistad es un secreto mejor guardado que los de la Guerra Fría, porque si se llegan a enterar el Chato y el Alelí, nos excomulgan y nos echan de la tierra prometida.

Ahora que crecimos las batallas son menos frecuentes y más civilizadas. No incluyen ni sillas ni gomeras. Apenas uno que otro trompazo, pero nada grave. Gracias a Dios nos queda el fútbol. Hace una pila de años que jugamos un campeonato en las canchas del Sindicato Postal, sobre la ruta. Se supone que es por el honor y una copita de morondanga, pero todos saben que es por guita. Se hace una vaquita con la inscripción, pero la mayor parte no es ni para alquilar las canchas ni para pagar los jueces: es para el equipo que gana. Como juegan arriba de veinte equipos se juntan unos lindos mangos. El campeonato es largo como esperanza de pobre, pero nadie se queja porque cuantos más equipos son, más plata se junta para el premio. Lógicamente, hace como veinte años, cuando el Chato se enteró de que el Alelí y sus secuaces se habían inscripto, nos conminó a abandonar nuestros destinos, nuestras familias, nuestras carreras, nuestros sueños y nuestras ilusiones para seguirlo, y aclaró que si desoíamos semejante convocatoria nos iba a cagar a patadas.

No hizo falta porque nos pareció magnífico. Eso sí: hay gente a la que le cuesta entender que uno tenga compromisos deportivos impostergables los fines de semana, como pude comprobar cuando me puse de novio. Igual, con un poco de buena voluntad, se liman esas desavenencias. En mi caso, por ejemplo, logré que mi flamante esposa aceptase salir de luna de miel un lunes en lugar de un domingo, porque justo nos habían puesto el partido el domingo a mediodía. Igual lo nuestro en la cancha fue anecdótico: después del casorio y con lo que chuparon esos animales en la fiesta, dimos pena y nos llenaron la canasta. Gracias a Dios mis tres hijitos tuvieron la genial ocurrencia de nacer en días hábiles y así me evitaron más de un dolor de cabeza. Pero la pucha, estoy de nuevo hablando de mí y no hace al asunto.

El famoso campeonato del Sindicato Postal lo ganamos en el 84 y en el 93. Y los del Alelí embocaron los del 90 y 96. Pero el año pasado quiso la mala leche que esos turros tuvieran una campaña gloriosa y que la nuestra fuese paupérrima, y que el maldito fixture nos mandara a jugar la última fecha contra ellos. Y no había chance para la hazaña. Para que perdieran el campeonato hacía falta que los que venían segundos ganaran por ocho goles el último partido y que nosotros les hiciésemos diez a los del Alelí. Eso era imposible, sobre todo porque cuando nos enfrentamos salen unos partidos de mierda, bien tipo clásico, con sesenta y tres mil patadas y un octavo de idea, así que no había manera de arruinarles la fiesta. El asunto fue tema de vestuario desde agosto, y a medida que pasaban los fines de semana y los guachos seguían ganando, la cara del Chato iba tomando un tono gris lápida.

Para los demás no era tan grave. Como mucho tendríamos que bancarnos el show de ellos (con festejos y vueltita alrededor de la cancha) sin chistar, pero podríamos tomar una dulce revancha llenándolos de taponazos en cada pelota dividida. Para el Chato, en cambio... Para el Chato iba a ser distinto. Ya hablé del odio viejo que se tienen con el Alelí. Pero ese odio tomó un cariz económico-empresarial cuando el Chato se compró, hace tres años, la "chata ladrillera", que no se llama así en honor a su dueño sino porque es un híbrido estrafalario entre un camión chico y un Rastrojero grande, con la caja plana y la cabina en tal estado de oxidación que parece el Titanic en el fondo de los mares. El Chato adquirió el adefesio para poder dedicarse a su sueño: comprar ladrillos en los hornos que hay detrás del barrio y revenderlos a los corralones. No parece un sueño demasiado atractivo, si perdemos de vista lo fundamental: lo de los ladrillos fue como meterle el dedo ahí donde más molesta al Alelí, que está en ese negocio desde hace como siete años. Para colmo el Chato tuvo un éxito rotundo. Como es más simpático, les da charla, les convida chipá recién horneado por su vieja, reparte una damajuana aquí, otra allá, esas cosas. El Alelí no estuvo a la altura de esa política agresiva de conquista del mercado. Se durmió, y cuando quiso acordarse había perdido un montón de hornos y de corralones. Si no quebró fue porque el viejo le dio una mano para comprar un camión como Dios manda y con eso pudo triplicar la carga que hace el Chato en cada viaje. Aunque tampoco es tan simple, porque con ese tremendo camionazo hay lugares a los que con el barro no puede entrar, y según el Chato lo mata el precio del gasoil porque tiene un motor de la san puta, y en cambio a la chata ladrillera no hay con qué darle porque anda con cualquier cosa, le tirás un fósforo de cera en el carburador y arranca, le tirás el agua del termo y avanza unos metros. Eso dice el Chato, que está orgullosísimo de la porquería de chata que tiene.

Pero la venganza del Alelí vino por el lado sentimental, cuando le sonó la novia al Chato. Resulta que el Chato se había conseguido a la Yamila, que según los cánones estéticos de mi barrio es una diosa. Tal vez caballeros más civilizados la encuentren algo vulgar, o poco estilizada, o excesivamente carnosa, pero en La Blanquita la Yamila es una bomba en todo el sentido de la palabra. El Chato la había conquistado y andaba con los ojos brillantes y casi flotando a unos centímetros del piso. Para mejor el Alelí no había tenido otra idea que meterse de novio con la Pupi, que es la hermana del Lalo, uno de sus amiguitos, y la Pupi es más horrible que chupar un pickle en ayunas, cosa que para saludarla no sabés si darle un beso o moverla con un palito. Hasta ahí, el Chato se sentía el Agente 007 y el Alelí se quería matar de a poco. Pero quiso la mala fortuna que el Chato se agarrase una hepatitis de novela que lo puso por un tiempo más cerca del arpa que de la guitarra, y que lo tuvo tres meses en reposo y alejado de los lugares conocidos. Y ahí el Alelí hizo su jugada. Como la carne es débil, y la Yamila es más bien ligerita de cascos, cuando el Chato regresó del túnel brillante que anticipaba el Más Allá se encontró con la novedad de que la Yamila descansaba en brazos de su peor enemigo.

En síntesis, el año pasado el conflicto Chato-Alelí estaba al rojo vivo. La Yamila en manos del Alelí, el negocio ladrillero con leve ventaja del Chato. Pero este asunto del campeonato con vuelta olímpica en las narices enemigas podía significar un desequilibrio intolerable para el sacrificado espíritu de mi amigo. Al Chato le ofrecimos que ese día no viniera. Él, grave y sereno como un estadista, nos dijo que no podía haber funeral sin muerto y que podía ser muchas cosas pero cobarde jamás, así que muchas gracias pero imposible.

Y ahora me acerco al foco de los hechos, porque faltando tres fechas los acontecimientos tomaron un giro inesperado. Estábamos tirados en el vestuario, sobre los bancos de listones de madera, sin apoyar los pies en el suelo porque los muy mugrientos que juegan ahí lavan los botines en las duchas y llenan todo de barro, y si no tenés cuidado te podés pegar una patinada de la reputísima madre, sobre todo si venís con tapones de aluminio como le pasó una vez a Walter, pero no viene al caso. El asunto es que ahí estábamos, rumiando el destino, mientras el vapor de las duchas flotaba a un metro del piso enlodado. Habíamos estado sacando cuentas y no había modo de que los malparidos esos perdieran el campeonato. Nos habíamos callado ante lo irreparable de nuestra fatalidad, y de pronto Carucha comentó entre suspiros, como para sí mismo: "La pucha, hay que joderse... Es como el Apocalipsis". Walter levantó la cabeza y lo interrogó con un "¿Lo qué?", que en Walter es la máxima expresión de duda metafísica. Habrá pensado que Carucha se refería a un boliche bailable que se llamaba así y que supimos frecuentar en nuestra tierna adolescencia. Yo pesqué lo que decía porque Carucha siempre dice eso del Apocalipsis, que no sé de dónde lo aprendió, cuando quiere significar que algo es demasiado terrible. Le suena como una palabra irrevocable, aunque no tenga mayores datos al respecto. Así para Carucha la crisis económica es "como el Apocalipsis", y el descenso de Ferro fue "como el Apocalipsis", y esa misma tarde había hecho "un calor de Apocalipsis". Me disponía a explicarle a Walter a qué se refería nuestro metafórico volante central, cuando entre las brumas del vestuario emergió la cara del Chato, que con tono enérgico le hizo repetir a Carucha lo que había dicho. "Como el Apocalipsis, Chato, eso dije", repitió obediente, y al instante el Chato le preguntó si su cuñado seguía siendo pastor evangelista. Carucha, asombrado, dijo que sí, y ahí nomás el Chato le pasó una lapicera y un papel humedecido y le dijo que le anotara ya mismo el teléfono. Después se bañó y rajó sin chistar, sin tiempo ni para una cerveza ni para nada.

Las dos fechas siguientes (las anteriores a la última) el Chato no aportó por el campo de deportes del sindicato. Para contabilizarle al Chato dos ausencias consecutivas al campeonato había que remontarse a la hepatitis, de manera que nos resultó extraño. De todos modos no había a quién preguntarle porque también estaba desaparecido del boliche de Damián, que es donde se encuentran los muchachos entre semana. Y tampoco quisimos pasar por su casa porque la vieja del Chato es más loca que él y si sospecha que le oculta algo le encaja dos cinturonazos antes de preguntarle qué pasa. Preferimos aguardar.

Naturalmente, el día del último partido estuvimos todos. Como ya manifesté, no había más que resignarse, aceptar la ignominia y surtirles un par de buenos patadones para que nos recordaran durante el receso veraniego. Naturalmente, del equipo del Alelí también estaban todos. Todos los pataduras que se la dan de jugadores, y todos los hijos y todos los padres y todas las mujeres y todos los tíos y todos los cuñados y todos los amigos, me cacho, porque ya que se trataba de humillarnos la iban a hacer completa. Por supuesto, también estaba la Yamila, metida a duras penas en una remerita roja y en un vaquero prelavado que partía las piedras y por el que más de uno se la quedaba mirando con la mandíbula chocándole las rodillas. El turro del Alelí la tenía ahí como trofeo. Campeonato, vuelta olímpica y la Yamila. Fiesta completa. No por nada el fulano ponía cara de satisfecho y se había comprado pantaloncitos y medias nuevas para salir en la foto. El Chato llegó puntual pero puso cara de "no questions", así que lo dejamos cambiarse sin preguntas.

Lo que se jugó del partido, que fue un tiempo y moneditas, salió según era previsible. Arbitro nervioso, pierna fuerte, foules continuos, muy conversado, un asco. Era uno de esos 0 a 0 que podés jugar ocho meses y veinte días y seguís sin hacerte un gol ni por equivocación. Ni ellos iban a cometer el desatino de querer ganarnos y ligar un planchazo a la altura del ombligo, ni nosotros íbamos a hacernos echar por carniceros y comernos una suspensión de siete fechas para el año entrante. Jodía un poco, eso sí, el barullo que metían los familiares de ellos, que hacían cantitos y tocaban cornetas. Por suerte su equipo se llama Escapes Nahuel, que es el nabo que les garpa las camisetas, y con ese nombre de mierda no hay cantito que rime. Así que no podían pasar del dale campeón, dale, campeón, y se aburrían pronto.

Iban como diez minutos del segundo tiempo y el juego estaba detenido porque el ocho de Escapes Nahuel había tenido un arranque de originalidad y le había tirado un caño con pisada al Gallego. Y si hay un tipo al que le molesta que le pisen la bola y le tiren un caño es al Gallego, que no tuvo más remedio que intervenirlo quirúrgicamente en el círculo central. Mientras atendían al osado mediocampista levanté la vista y vi, más allá del alambrado y caminando a buen paso por la banquina de la ruta, a un grupito bastante numeroso de personas vestidas con túnicas blancas. Eran algunos hombres, muchas mujeres y un montón de pibes. Cantaban, aplaudían y algunos tocaban panderetas.

Me distraje en seguida porque se reanudó el partido, pero dos minutos después no pude evitar mirarlos de nuevo porque habían llegado a la altura del portón de ingreso, habían girado a la derecha y habían entrado al campo de deportes a paso redoblado. Ahora el sonido de sus cantos tapaba los cornetazos de la hinchada de los rivales, o tal vez la sorpresa de todo el mundo era tan grande que el público había hecho silencio. No había pasado otro minuto cuando, mientras la pelota se jugaba cerca de la línea de fondo nuestra, los monos de las túnicas se lanzaron serenamente a invadir el campo de juego al grito de Aleluya, Aleluya. La pelota la tenía el once de ellos, yo lo estaba marcando, y el árbitro tocó un silbatazo capaz de perforarle el tímpano a cualquiera. Por un segundo dudé, porque acababa de decidir terminar la gambeta de mi rival con un taponazo directo al cuadríceps, pero todavía no había ejecutado el movimiento correspondiente y este tipo me cobraba el foul por adelantado. Nada que ver: lo que hacía el réferi era salir como loco para impedir la invasión de cancha. Los intrusos no le dieron ni bola, seguían cantando con rostros dichosos, abriendo los brazos y diciendo Aleluya, hermano, Aleluya, a los pocos que se les iban acercando para ver qué bicho les había picado.

Era tan extraño todo que los de las túnicas, aprovechando el factor sorpresa, pudieron llegar hasta el círculo central y sus adyacencias, se hincaron de rodillas en ronda, se dieron las manos e iniciaron un rezo ferviente, alzados los ojos al Altísimo. En el centro, el pastor dirigía la plegaria. Y el pastor no era otro que el cuñado de Carucha, cuyo teléfono había solicitado tan vehementemente el Chato unas semanas atrás, en el vestuario. Pero no tuve tiempo de apuntar más conclusiones porque el tipo vociferó de pronto, con una voz propia de Moisés en el Sinaí, que ése era el día del regreso del Señor, arrepiéntete, hermano, arrepiéntete, porque el Apocalipsis ha llegado. Agregó algo de unas trompetas y unos jinetes, pero me lo perdí porque una súbita sospecha me hacía buscar al Chato en medio de la muchedumbre, y no conseguía ubicarlo. Enseguida el pastor recuperó toda mi atención cuando anunció que íbamos a escuchar el testimonio del hermano Ceferino, a quien el Señor se le había manifestado en sueños el miércoles por la noche, anunciándole su segundo advenimiento. Y digo que recuperó mi atención no tanto por lo del advenimiento sino por lo de Ceferino, porque ése es, ni más ni menos, el verdadero nombre del Chato, cosa que sabemos cuatro o cinco tipos nada más, porque le dicen el Chato desde que era un pibito, pero eso ya lo expliqué.

Y entonces el turro de mi amigo, como si siguiera una senda luminosa trazada por los poderes celestiales, alzó los brazos y al grito de aleluya empezó a caminar hacia el círculo central, y los peregrinos le abrieron un caminito para que pasara y pudiera pararse al lado del pastor, que le apoyó la mano en el hombro como invitándolo a hablar; la verdad que era cómico verlo al Chato disponiéndose a predicar en pantaloncitos cortos y con la camiseta a rayas verticales, aunque se ve que el pastor advirtió que perdía imagen porque se apuró a zamparle una túnica extra que traía alguno de los caminantes. Una vez ataviado, el Chato, con su metro noventa de estatura y los brazos alzados al cielo, los botines asomando por debajo de la túnica porque le quedaba corta, los ojos bajos y la voz entrecortada, declaró que sí, hermanos, que era cierto, que hacía un tiempo había iniciado un camino de fe y de victoria en las manos del Señor, que lo había alejado de Satanás y sus tentaciones, Amén, y que Dios lo había colmado de bendiciones y triunfos y sanaciones diversas, y que como punto culminante de esa cadena de milagros se le había presentado en sueños el miércoles por la noche, Aleluya, para hacerle saber que en ese sitio exacto, en ese punto preciso de la verde pradera, el Señor iba a apacentar a su rebaño, porque pronto se produciría la segunda venida del Señor, Amén, Amén. En ese punto los de las túnicas se lanzaron de nuevo a las panderetas y a las bendiciones, y el Chato cayó postrado con una expresión tan emocionada que si yo no supiera que es un hijo de mil puta mentiroso era como para enternecerse en serio, y el piola se tapaba la cara como si estuviera llorando deslumbrado por la imagen de Dios todavía grabada en su retina, y entonces el pastor Pedro aprovechó para tomar de nuevo la palabra y anunciar alborozado que ese día, hermanos y hermanas, era un día de gozo y de gloria y de triunfo para la comunidad de la Nueva Iglesia Libre de Jesús Alborozado, siempre colmada de bendiciones, porque iban a comenzar la construcción de un templo para gloria del Señor, en el exacto punto de su próxima venida, Amén, y que Jesús nos colmaría a todos de sanaciones y rompería todas las ataduras y maleficios lanzados por nuestros enemigos, y que era imprescindible poner manos a la obra porque el Reino de Dios estaba cerca, y que ese círculo de cal con una raya y un punto en el medio era premonitorio, pues seguramente el Señor utilizaría esa señal para orientarse en el descenso desde las alturas del Paraíso. Y el Chato se incorporó enfervorizado, se arremangó la túnica, y mientras gritaba que había que apurarse para que Jesús tuviera un lugar propicio para el aterrizaje, a trabajar, hermanos y hermanas, a trabajar, Amén, sacó una pala no sé de dónde y empezó a puntear el pasto con alma y vida, casi en el círculo central.

Ahí fue como que se rompió el hechizo, no sé si por casualidad o porque la cara de satisfacción del Chato no era precisamente la de un converso reciente que acaba de recibir la revelación del Altísimo, sino más bien la de un malparido que está haciendo lo humanamente posible dentro del muy terrenal proyecto de cagarle la vuelta olímpica a su enemigo de sangre. El árbitro le preguntó al Chato qué carajo hacía y el otro le informó con enorme dicha que se disponía a iniciar los cimientos del templo. Cuando los de Escapes Nahuel escucharon la respuesta se fueron al humo y la multitud se fue apretando cada vez más sobre el círculo central. El primero que logró atravesar el cordón de túnicas y llegar sobre el Chato intentó sacarle la pala, pero el flamante apóstol le metió un empujón que lo sentó de culo mientras seguía paleando tierra, y el hermano Pedro gritaba haya paz, haya paz, e invitaba a todos a participar de la grande obra del Señor, alabado sea Dios, y el arquero de ellos le gritaba ma qué alabado, pibe, rajá de acá que estamos jugando el partido, y el Chato de vez en cuando interrumpía su sagrada labor para vociferar que lo ayudaran a impedir la sucia tarea de los servidores de Satanás. Y entonces varias de las minas de las túnicas se abalanzaron para proteger al portador de la buena nueva, que sonreía con cara de estampita en medio de sus ángeles custodios, pero el Alelí, que por fin caía en la cuenta de que lo estaban acostando y que estaban por afanarle la vuelta olímpica que venía soñando desde mayo, se lanzó como una topadora hacia su primo, y como entre los dos había como treinta personas se las fue llevando puestas a medida que avanzaba y se tropezaba con los caídos, de manera que se estaba armando un revuelo de la puta madre, pero hasta ese momento era como una olla a presión cuando larga el silbidito sin estallar, porque aunque algunos forcejeaban la mayoría de los presentes apenas atinaba a mirar con cara de vacas asombradas. Cierto es que Carucha, como hace siempre en los tumultos, aprovechó para pegar unos cuantos puntinazos en las pantorrillas rivales amparado en el quilombo de gente empujándose para un lado y para otro, pero la cosa no pasó a mayores hasta que el pastor Pedro se hizo subir a babuchas sobre los hombros de uno de sus seguidores, y con la misma voz mosaica del principio vociferó pidiendo calma, hermanos, calma, porque al fin de cuentas el que estuviera libre de pecado debía ser el que arrojara la primera piedra. La verdad es que no fue una frase demasiado feliz, teniendo en cuenta que en el auditorio estaba Lalo, que juega de siete para ellos, y que como win derecho es una flecha pero que tiene de bruto lo que su hermana la Pupi tiene de fea, y como usa el cerebro apenas para acolchar por dentro los huesos del cráneo, pobrecito, suele tomar las cosas de manera demasiado literal, así que cuando escuchó lo de arrojar piedras no tuvo mejor idea para colaborar con la grande obra del templo del segundo advenimiento que sacudirle un lindo cascotazo al pastor Pedro en el parietal derecho con una puntería francamente admirable, si tenemos en cuenta tanto la distancia como la abundancia de obstáculos móviles que tuvo que sortear el proyectil antes de dar en el blanco, blanco que dicho sea de paso cayó de cabeza al pasto con un chillido, en medio del horror espectral de su rebaño.

Fue un segundo de expectación, porque bastó que el Chato gritara que no iba a permitir el triunfo de Satanás, sacudiendo la pala por encima de las cabezas, para que todo el mundo, jugadores, peregrinos, público, administrador del campo, veedores del campeonato, réferi y demás yerbas terminásemos sumergidos en un mar de piñas. Por lo menos era fácil identificar a quién mandarle un tortazo: todos los que tenían la camiseta de Escapes Nahuel y todos los que estaban de civil eran el enemigo; los de camiseta a rayas y los de túnica blanca eran de los nuestros. No sé quién tuvo la genial idea de desarmar un par de bancos del vestuario, pero cuando entraron a fajar con los listones de madera la cosa se puso brava, y a mí me sacudieron un tablonazo que me dejó un chichón color guinda del tamaño de un damasco que tardó como tres semanas en bajarse.

No tengo ni noción de lo que duró el despelote, pero debe haber sido un buen rato porque la comisaría queda bastante lejos y hasta que no llegó el segundo patrullero no hubo manera de serenar los ánimos. Y digo el segundo porque el primer auto de las fuerzas del orden fue objeto de los nuevos apóstoles del segundo advenimiento, cuando el hermano Ceferino, o sea el Chato, en una breve pausa del intercambio de tortazos en el que estaba enfrascado con el Alelí en duelo singular, dijo que había que dar al César lo del César y a Dios lo de Dios, y por lo tanto impedir que las fuerzas terrenales se interpusieran en la gran obra del ministerio celestial, y yo me maté de risa mientras un grupo de minas se lanzaba a rechazar a los demonios uniformados, porque eso de Dios y el César debía ser una de las tres cosas que al Chato le quedaron de cuando hicimos catequesis para la comunión.

Al rato cayeron dos patrulleros más y un camioncito celular, y entraron a levantar muñecos como en pala. Algunos muchachos saltaron el alambrado por el fondo. A otros los vi encaramándose en los árboles. Yo zafé porque se me dio por correr para el lado de las piletas. Me lancé a lo hondo con botines y todo, y me la pasé hundido hasta la nariz hasta que logré sacarme la ropa y quedar en slip, aunque me dio un poco de calor enfilar así, en taparrabos, para el vestuario, porque el solario estaba lleno de gente. Cuando me atreví a volver para las canchas había terminado todo. Quedaban un par de túnicas tiradas, la pala y una linda zanjita de tres metros como para empezar un buen encadenado de cimientos.

Y ese es todo el asunto, o casi todo. El Chato salió de la comisaría el lunes a la mañana. El pastor Pedro quedó en observación en el hospital hasta el martes. No lo detuvieron porque permaneció inconsciente por la pedrada durante todo el evento. Igual está de parabienes. Los de las túnicas lo promovieron al cargo de máximo líder espiritual de la recién fundada Nueva Iglesia del Advenimiento Inminente del Pastor Pedro, y se están construyendo un templo nuevo cerca de la rotonda.

Por supuesto, el partido jamás terminó de jugarse. Lo dieron por empatado, y a ellos les alcanzó con ese punto para salir campeones. Pero eso no es nada. Lo lindo del caso es que al Alelí parece que se le vino la noche. Antes de largarlo, en la cana le hicieron la averiguación de antecedentes y le saltó un asunto de cheques sin fondos que lo marginó de las canchas, y del aire libre en general, por espacio de siete largos meses. Si ya antes de su detención el Chato le hacía la guerra de tarifas con la chata ladrillera, ahora está a punto de monopolizarle el mercado. Y otra cosa. La gente de La Blanquita, por lo general, es rápida. Y el Chato, como creo que quedó demostrado, es capaz de tomarle la patente a una mosca en vuelo. Para Fin de Año se cayó por lo de la Yamila con un ramo de flores, y la dama, enternecida por la conversión religiosa de su antiguo enamorado, se dejó reconquistar. Es cierto que, para que no digan por ahí que es una chica fácil, se hizo rogar como tres cuartos de hora.

Así están las cosas ahora. El Alelí acaba de salir y tiene una furia que mastica durmientes de ferrocarril. Jura a los gritos que ya llegará el tiempo de su venganza. Igual nosotros estamos tranquilos. Primero porque el Chato está contentísimo, y la felicidad de los amigos es el mejor pan para nutrirnos el alma. Y segundo porque este año venimos hechos un violín en el campeonato, y no creo que se nos escape, Amén.


(De La vida que pensamos. Cuentos de fútbol, Alfaguara, Buenos Aires, 2013.)

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