sábado, 18 de octubre de 2014

Oro verde Contra la estupidez, hasta los mismos dioses luchan en vano. Friedich Schiller (1759-1805) Por Teodoro Boot



A poco de terminar el año, los productores y acopiadores rurales han vendido apenas el 50 % de la cosecha de soja de la campaña 2013-2014. El hecho ha provocado las críticas y reproches de las autoridades y hasta los de la propia presidenta de la nación, así como las burlas de cierto fundamentalismo oficialista convencido de la existencia de una suerte de justicia divina consistente en que quien las hace las paga. A su vez, la tan inoportuna retención de granos, abonó las más diversas teorías conspirativas.

¿Por qué?

Porque mientras los productores guardaban la soja para mejor oportunidad, el incremento del volumen cosechado tanto a nivel local como internacional agudizó la caída del precio de la leguminosa.

Nos equivocamos, admitió Eduardo Buzzi, quien había aconsejado a sus representados demorar la venta de la cosecha.

Fe en la especie

Cabe dudar de la influencia que las profecías económico-financieras del señor Buzzi puedan tener sobre las decisiones de los afiliados a la Federación Agraria, pero su recomendación formó parte de un estado general de opinión creado por un sinnúmero de advertencias de igual sentido y semejante seriedad y agudeza.

Es posible que varias de esas exhortaciones tuvieran un propósito diferente al de aumentar la rentabilidad de los productores rurales, incluida la del propio señor Buzzi. También es posible que no tuvieran otro propósito que ese, que no fueran más que resultado de la ingenuidad, la ignorancia y el inquebrantable optimismo con que algunos incautos se sientan ante una máquina tragamonedas o se congregan alrededor de una mesa de una ruleta.

Las autoridades políticas y económicas del país no lo vieron así. La coincidencia entre la retención de granos, la demora en la liquidación de exportaciones, la liquidación anticipada de importaciones, el agudizamiento de la restricción externa debido a la relativa estabilidad de la actividad industrial nacional y la simultánea caída de la actividad económica internacional y –cuándo no– el fallo del juez Griesa, motivaron que las autoridades políticas y económicas juzgaran los distintos fenómenos como partes de una conjura perfectamente orquestada para destruir la economía del país, hacer fracasar la renegociación de la deuda y volver a atarnos al carro triunfal del capitalismo financiero internacional.

La confianza de las autoridades políticas y económicas en la capacidad intelectual de la especie humana es conmovedora.

Caldo de gurúes

Resulta difícil determinar si detrás de semejante confluencia de tan diversos factores existe un plan maligno o si no es fruto de una serie sucesiva de casualidades. Así como las brujas no existen, pero de todas maneras las hay, con el azar sucede otro tanto.

Da igual: lo que podemos hacer contra un complot o para conjurar la mala suerte, es más o menos lo mismo. Nada. O, en todo caso, ir tomando cada uno de los fenómenos por separado y ver si encontramos el modo de que no nos provoquen demasiado daño.

Parece difícil.

El señor Buzzi y otros gurúes económico financieros reconocen que el precio de la soja se desplomó, y a fin de mitigar en parte la influencia que tuvieron sus propios consejos en aumentar las pérdidas relativas de los productores, aconsejan ahora una devaluación.

Devaluar la moneda es la solución mágica a todos los problemas, esgrimida hasta por los que tienen insumos dolarizados como los productores rurales , quienes chillan por tener que comprar los dólares al elevado precio que se le canta al mercado negro y que pugnan porque ese sea el precio del dólar oficial, y los que alertan contra la inflación, siendo que cada devaluación incrementa el precio de los productos que, o bien tienen componentes importados o que, en tanto podrían ser colocados en el mercado externo, usan como referencia el precio internacional.

Suena medio raro, pero parece que la economía es así, loca.

Las autoridades políticas y económicas advierten que el aumento del valor del dólar transformará los aumentos salariales en menos que nada, mientras economistas que alertan sobre la pérdida de divisas derivada del incremento de la actividad industrial debido a la necesidad de importar insumos y bienes de capital, sugieren volver más competitiva a la industria reduciendo el valor del peso, lo que significa aumentar el costo de los insumos y bienes de capital.

Y etcétera, etcétera.

Milagro en la pampa

Todo esto debe ser así, y uno no es quién para negar ni una cosa ni la otra, ni tampoco las opuestas a unas y otras, pero más allá de la sospecha oficial en la existencia de una conjura siniestra o de una casual concatenación de sucesos desafortunados, verdaderamente asombra que el señor Buzzi y otros gurúes económico-financieros se sorprendan de la pronunciada caída del precio internacional de la soja.

Es también asombroso que las autoridades políticas y económicas no hayan previsto esa caída, habida cuenta que durante los últimos años, el precio de esa leguminosa no había cesado de subir a un ritmo muy superior a lo razonable: siendo la alimentación de animales productores de carne uno de los principales usos, no parecía muy lógico que el precio de esa carne no subiera por lo menos en porcentajes similares a los del grano utilizado para producirla.

Un auténtico milagro.

Hasta tal punto que el cultivo de la soja llegó a transformarse en El Dorado del siglo XXI, una inagotable veta de oro capaz de volver rico al más papanatas en menos tiempo del que demora un parpadeo.

Uno de los problemas del oro es su increíble parecido con el disulfuro de hierro, conocido como pirita y aun más conocido como “oro de los tontos”.

A primera vista son iguales, pero mientras el oro es inodoro, la pirita huele realmente mal, a azufre, vale decir, sino a diablo, a huevo podrido.

Suena sensato desconfiar de entrada de las cosas que huelen mal, por más que su aspecto sea reluciente, pero la codicia humana puede llegar a ser mayor que el infinito universo. Y según dice el refrán, el dinero no huele.

Ja.

El cuento del tío

Las personas codiciosas son las que más fácilmente caen en las redes de los timadores, especializados en las innumerables variantes del cuento del tío. Uno de los más habituales se relaciona con ciertas destrezas, siendo la más tradicional la vinculada con alguna de las variantes del billar. Ahí, un hábil estafador finge perder partida tras partida frente a un incauto que, a cada triunfo, va ganando más y más dinero hasta que, llevado por la avaricia, acaba en manos del timador, perdiendo mucho más de lo que llevaba ganado.

Ocurre en todos los órdenes de la vida y resulta infalible, ya que la estafa sólo puede concretarse mediante el tácito acuerdo entre el estafador y el estafado, en el que uno se aprovecha del otro gracias a que este otro cree estar aprovechándose del primero.

Y en tanto ocurre en todos los órdenes de la vida, no puede estar ausente de la política y la economía internacional, en la que, quienes manejan los “mercados” inflan artificialmente el precio de ciertos productos induciendo a un montón de incautos que no creen serlo a invertir en esos productos a despecho de otros, en lo inmediato menos rentables. Este es el modo en que tradicionalmente se ha inducido la monocultura en diversas regiones del planeta, aberrante práctica económica que a la vez que acaba sometiendo al conjunto de las fuerzas de un país a la voluntad de un grupo de especuladores, ha sido el modo en el que se han construido grandes fortunas y creado la ruina general de muchas más sociedades y geografías.

Ocurrió con la caña de azúcar, con el caucho, el café, los cereales del “granero del mundo”, el petróleo, el estaño, la pasta de celulosa, el cobre, el algodón.

Etcétera, etcétera, etcétera.

De los resultados que las distintas sociedades obtuvieron de las distintas monoculturas en las que fueron cayendo, las clases dirigentes de cualquier sociedad que se pretenda adulta deberían haber aprendido un poco, pero la promesa de la ganancia rápida provoca avidez, incentiva la codicia, deslumbra y enceguece.

Error, especulación, presión devaluacionista, conjura. Debe ser cierto todo. ¿Quién es uno para dudarlo?

¿Pero algo de todo esto sería posible sin la existencia de un timador y de un incauto que se quiere pasar de vivo?

El viejo cuento del tío en una de sus tantas posibles versiones volvió a dar resultado. Esta vez, la variante es la del oro verde de los tontos.


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