martes, 9 de septiembre de 2014

Ricardo Carpani: la política en el arte Por Daniel Sazbón

Pocos pintores han logrado como Ricardo Carpani esa inmediata conexión con su momento histórico. Sus pinturas y afiches son el canon de toda una estética política. Trabajadores de volúmenes titánicos, con brazos nervudos y gargantas abiertas, de rasgos duros y facetados, los puños nudosos, los rostros serios, las evitas iracundas, los martinfierros desafiantes. Las imágenes declaran, afirman, gritan: pueblo, obreros, lucha, militancia, revolución, socialismo, nación. Todas las tensiones de los años de mayor radicalización de la política en nuestra historia se corporizan en esos músculos crispados, en esas venas a punto de estallar.

gunos artistas logran forjar una obra tan de su tiempo, que se convierte en símbolo y condensación de la época, produciendo una identificación tan fuerte que nos cuesta separar a uno de la otra. ¿Cómo pensar la década de los ’60 sin que se nos hagan presente los Beatles? En la historia argentina, “los setenta”, ese decenio a caballo de dos décadas,se nos presentan de inmediato cargados de sonidos e imágenes: movilizaciones masivas, puños en alto, consignas coreadas, marchas de la bronca, gritos y pancartas, fusiles y tacuaras. La música que acompaña esa película puede variar —los tímidos primeros acordes del naciente rock nacional, las pegajosas melodías televisivas claneras, alguna experimentación psicodélica—, pero es difícil que entre las visiones evocadas no haya un cuadro de Carpani.

Este martes 9 de septiembre se cumplirán diecisiete años de la muerte de Carpani. Pintor, dibujante y muralista, había nacido en 1930 en Tigre, aunque su infancia fue porteña. De muy joven se vinculó con el poeta Luis Franco, quien lo acercó a las lecturas políticas y a las preocupaciones sociales. Luego de un efímero paso por Derecho viajó a París, donde comenzó su aproximación a la plástica, que continuó a su vuelta, estudiando con Emilio Pettoruti.En 1957 realiza su primer exhibición, y dos años más tarde será miembro fundador del Movimiento Espartaco, cuyo texto fundacional reclamaba por la ausencia de una expresión plástica de la realidad nacional, es decir, latinoamericana, es decir, revolucionaria y anti-imperialista. La poderosa fusión que se llamará “izquierda nacional” ya se adivina en este “Manifiesto por un Arte Revolucionario en América Latina”.

Si bien Carpani se alejaría rápidamente del grupo, no abandonaría ya esta forma de entender el lugar del artista en relación con su mundo, traduciéndola en su obra plástica y también en notas periodísticos y en libros,como Arte y revolución en América Latina(1961), El arte y la vanguardia obrera (1963) o Nacionalismo burgués y nacionalismo revolucionario (1972). Enfrentado tanto con el naturalismo inocente del “realismo socialista” como con el formalismo vanguardista del abstraccionismo (“la forma sin contenido no es arte”), al que veía como inauténtico trasplante sin raíces locales, buscó privilegiar el impacto directo a través de la exageración expresionista de ciertos trazos, abrevando en la tradición del muralismo latinoamericano de artistas como Orozco, Rivera y Guayasamín.

Y es que, si el propósito que se trazaba el “Manifiesto” era pasar resueltamente “de la pintura de caballete, lujoso vicio solitario”, al “arte de masas”, porque “el pueblo que lo nutre deberá verlo en su vida cotidiana”, ese objetivo fue cumplido ejemplarmente por Carpani. Sus obras no se encerraban en museos o salones: formaban parte de la vida y las experiencias directas de militantes y estudiantes. Afiches, murales (como el que hoy recuerda al Che Guevara en la Plaza de la Cooperación rosarina), ilustraciones, tapas de libros (como La formación de la conciencia nacional, obra esencial de Hernández Arregui): su arte estaba en las calles, en las paredes, se tocaba, pasaba de mano en mano, se fundía con el pueblo.

Sin tener una pertenencia política partidaria (nunca se reivindicó como peronista, más bien era próximo al trotskismo de la izquierda nacional), fue una de las expresiones más acabadas del artista militante. Su vinculación orgánica más duradera fue con el sindicalismo, en particular con el clasista y combativo de la CGT de los Argentinos de Raimundo Ongaro, para la que colaboró diseñando afiches con ilustraciones armónica y potentemente entrelazadas con sus textos.

Carpani falleció en 1997, en una Argentina cruelmente alejada de la que lo había visto partir, y donde parecían haberse apagado los ecos redentores de la política, ahogados en sangre y frivolidad. Poco antes de su muerte, Leonardo Favio (otro artista que logró capturar las modulaciones de una época) le dedica su monumental Perón. Sinfonía del sentimiento junto con otras figuras como Héctor Cámpora, Hugo del Carril y Rodolfo Walsh. Significativo homenaje para quien, como pocos, simbolizó la intersección entre plástica y política en nuestra historia.

Télam

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