domingo, 3 de agosto de 2014

Primera Guerra Mundial La ley de la ferocidad

La guerra que estalló en Europa en 1914 trajo consecuencias duraderas para el mundo entero. Aunque aún hoy cueste aceptarlo, una forma civilizatoria fundamental en el siglo XIX entró en un largo declive. La posición desplazada de la Argentina respecto del conflicto en cuestión permitió, tanto durante el siglo XX como ahora, una reflexión y una política a distancia de esa debacle.

En 1914 el sociólogo alemán Max Weber ya había escrito buena parte de su obra que, con meritos de sobra, se convertiría en bibliografía obligatoria universitaria. Pero como aún cargaba con las huellas de una fenomenal crisis nerviosa que lo había postrado pocos años atrás, sus amigos –así lo cuenta su mujer, Marianne- decían: “¡Oh, si viniera una gran oleada y se lo llevara a la corriente principal de la vida!” Y la gran oleada ocurrió y fue la gran guerra. “Había llegado la hora de la despersonalización, de la integración a la comunidad, y fue de una sublimidad nunca soñada. Un amor ardiente a la comunidad cundió entre el pueblo, que se sintió poderosamente unido. Habiendo formado una hermandad, todos estaban dispuestos a diluir sus identidades individuales en el servicio”.

Algo no andaba bien en la experiencia civilizatoria europea para que las mismas élites se abrazaran así a la guerra. A cien años de su inicio, esta sensación recogida en memorias y ficciones logradísimas se ha vuelto inentendible. Si de inmediato hubo lecturas nostálgicas de la Europa previa a la guerra, en las últimas décadas se hicieron dominantes. La guerra como equívoco, malentendido, a lo sumo responsabilidad de las viejas aristocracias o de los nacionalismos. La expulsión del paraíso. Incluso Hobsbawm, en Historia del Siglo XX –sólo en ese libro de 1994-, señala que la guerra del ´14 provoca el “derrumbe de la civilización (occidental) del siglo XIX” a la que, más allá de capitalista y liberal, caracteriza como “brillante por los adelantos alcanzados en el ámbito de la ciencia, el conocimiento y la educación, así como del progreso material y moral”.
Al estrépito primero le siguió una cadena de catástrofes.

Tocqueville había pronosticado en 1835 que la democracia llevaba al declive de Europa y al triunfo de EE.UU. y Rusia. Al final de la guerra, la pregunta que se hace Paul Valery parece sólo retórica: “¿Se convertirá Europa en lo que es en realidad, es decir, en un pequeño cabo del continente asiático? ¿O bien Europa seguirá siendo lo que parece, es decir, la parte preciosa del universo terrestre, la perla de la esfera, el cerebro de un vasto cuerpo?” Porque lo que ocurre entre 1914 y 1918 es una demostración asombrosa de energía –humana, industrial- al servicio de la destrucción. Leonardo da Vinci había imaginado que un día el hombre lograría volar y recogería nieve de las altas montañas para arrojarla sobre las ciudades sofocadas por el verano. Objetivo sólo a medias cumplido porque lo que se arroja es otra cosa. En retroceso y agotada queda Europa o la “conciencia burguesa” escribe José Luis Romero en 1948. El historiador socialista -sin ninguna simpatía por Lenin y menos por Perón-, recuerda además lo evidente: fue una guerra motivada por la aparición de una potencia –Alemania- que pretendía un nuevo reparto de mercados y colonias en el mundo. 

Victorino de la Plaza preside la Argentina a mediados de 1914. Sorprenden los resultados de las primeras elecciones con la ley Sáenz Peña y entre las minorías se barrunta, con zozobra, el triunfo del radicalismo. Reaparece ocasionalmente la opinión de que Argentina también se desmadra por eso mismo años. (“La ley de Reforma Electoral de 1912” se da “por un error de cálculo de parte de quienes gobernaban el país (…) Grave error, error que pagarían todos los argentinos y, como siempre, algunos más que otros” Halperin Donghi). Ante la guerra Argentina es neutral. Por mera conveniencia económica dirán algunos. Pero las opiniones que pretenden que nuestro país se pronuncie a favor de Gran Bretaña y Francia se dinamizan cuando Yrigoyen llega al gobierno y confirma la política neutralista; y cuando EE.UU. se involucra en la guerra. Escritos y discursos de Joaquín V. González, Lugones, Ricardo Rojas, Alfredo Palacios, Juan B. Justo. Acusado de germanófilo y animalizado, Yrigoyen luce como nuestro retorno a la barbarie. Arduo aceptar para la imaginación enflaquecida de esas elites que la crisis de Europa puede ser una vez más una oportunidad para la Argentina. En enero de 1919, la agitación obrera les hace creer que vuelven a mecerse en el drama del viejo continente que entonces es revolucionario.

Europa se autoinflige desde 1914 lo que antes había suministrado, con su mano o con la de aliados locales, allí donde su expansión había encontrado resistencias. El estandarte de la civilización arropó su afán de dominio. La gran guerra no interrumpió al siglo XIX, fue su broche; sólo es su excepción a condición de que no se mire lo que ocurría fuera de Europa, aunque los 25000 obreros masacrados en París en 1871 hablan en el mismo sentido.

¿Qué es la “humanidad” después de que una cultura que se cansó de mentarla produjera 10 millones de muertos? Desfondada por la guerra, el siglo XX será de clases, naciones e iglesias laicas. Literatura y política argentinas. Las fantasmagorías que aviva la gran guerra rondan las novelas de Arlt y es Perón, que dicta sistemáticamente clases sobre ella, quien saca una conclusión decisiva: en el siglo XX la política sólo es de masas.

El pasaje de la guerra a la paz es más oscuro que el de la paz a la guerra (de nuevo Valery). Quizás incluso nunca termine de realizarse del todo. Sin necesidad de afirmar que la política es la continuación de la guerra por otros medios, lo cierto es que las hostilidades entre los humanos persisten. En 1989 se las decretó suprimidas y, con las dulzuras prometidas por la unanimidad, el mercado y la técnica, se construyó un nuevo cielo. A partir de 2001 esa ilusión se desmoronó. La trabajosa articulación de voluntades nacional populares que se observa en nuestro continente es la forma más rica de retomar las hostilidades en función de que produzcan leyes, derechos y narraciones emancipatorias. No obstante, al anarquista Rafael Barrett, volcado de lleno a la vida de los oprimidos en Paraguay, no le hizo falta vivir la gran guerra para saber que, dado el obrar del enemigo, sólo se puede ser bueno si se es feroz.

Télam
 

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