sábado, 2 de agosto de 2014

Los Mau Mau y el cine Oeste

Yo andaría por los nueve años. Cabe aclarar que esos nueve eran aquellos del año 1957 (cumplo años en noviembre, última semana). Con mis amigos del barrio y con mi primo, Luis, nuestra máxima diversión era el cine. Esta historia se circunscribe al barrio de La Paternal y en el espacio ubicado entre Añasco, Juan B. Justo, Trelles y Cucha Cucha. Cualquier persona humana (varón o hembra) que ancle sus subjetividades a cualesquiera y cada uno de los decires de esta publicación, y que no pertenezca al espacio debidamente circunscripto y exactamente delimitado entre las calles nombradas, y que no haya sido adolescente o pre–adolescente, en la época señalada, podrá ser acusado/a por plagio. Conducta reprochable que prevé un severa pena, castigo que sólo podráser conmutado por la entrega por parte del reo de una cajita de maní conchocolate (de las posta).
Bueno vuelvo: Nosotros, vale decirlos pibes del barrio y mi primo, repartíamos programas, casa por casa, del Cine Oeste, sito en aquel entonces en la Avenida San Martín entre las calles Paysandú y Fragata Sarmiento. Esto nos significaba la entrada gratis a ver tres por día. Así fue que mi territorio emocional post-infantil fue sembrado con imágenes de varias layas y calidades. Vale decir que el acervo de mis fantasmas viene alimentado por una mezcla rara de bodrios con piezas como: “Fuga en cadenas”, “La gran guerra”, “Mañana lloraré” o “La patrulla infernal”.
La cosa es que entre las primeras llegó “Safari”;  bazofia ad libitum protagonizada por uno de los peores actores de la historia del cine. Cosa ésta que es reconocida por él mismo. Se cuenta que en las épocas duras del macarthysmo, un aristocrático restaurante de USA tenía por norma no permitir el ingreso de actores, detenido que fue en la puerta el personaje de marras le dijo al empleado de custodia: "No soy actor, tengo sesenta y cuatro películas y cientos de artículos de crítica de cine que así lo avalan". El genio en cuestión (sería mal actor, pero genial era; y esta anécdota demuestra que sin dudas lo era) se llamaba Víctor Mature. Fue el protagonista de “El Manto Sagrado”, de “Demetrio, El Gladiador”, de “Androcles y el león”; trabajó como co-protagonista de Edmund Purdom en “Sinhué, El Egipcio”
Sí, Mature sería de madera, pero en las boleterías facturaba como si fuera de platino. Fue por entonces cuando lo convocaron para hacer: “Safari”. Esta película, que data del cincuenta y seis,fue dirigida nada menos que por Terence Young. Sí, Young, el mismo de las primeras de James Bond con Sean Connery. El que dirigió: “De Rusia con amor”, “Elsatánico Dr. No” y “Operación trueno”. Es más, el bodriazo este  no sólo fue dirigido por él sino que tambiénfue producido por Albert Broccoli. Yo calculo que en “El Oeste”, “Safari” la debemoshaber visto un par de años después de su estreno internacional. Así que sería por los finales del año cincuenta y nueve; y hasta –en una de ésas– durante laprimera parte  del sesenta.
La cuestión es que en la película,había un inglés que quería cazar a un león asesino de hombres. El personaje del inglés, Sir Vincent Brampton,  lo encarnaba Roland Culver; el hombre viajaba con su novia, Linda Latham, personaje que interpretaba la bella Janet Leigh. Pero, como en toda película de acción deaquellos tiempos (y de estos también que se precie de tal) era necesaria la presencia de un “blanco norteamericano”. Fue entonces que esta parejita de súbditosde Su Majestad Británica contrató los servicios de un famoso “American White Hunter” que respondía al nombre de Ken Duffield; quien no era otro que nuestro inefable Víctor Mature.
Claro que en verdad esta nota no se trata de contar esta película, a la que la crítica especializada destrozó oportunamente, ni de hablar de las capacidades artísticas de Víctor Mature ya que ambas son cosas sin importancia alguna. De lo que quería hablar es de los Mau Mau. La cosa es así: si bien Sir Vincent Bramptonestaba obsesionado con cazar a ese león, Ken Duffield  acepta el conchabo porque está obstinado en vengara su propio hijo a quien habían asesinado unos asquerosos salvajes, caníbales, bebedores de sangre humana, practicantes de los más repugnantes rituales y dignos de todos los castigos de los dioses (o de Dios; que cada uno se sirva dedonde quiera) que integraban una execrable tribu llamada los Mau Mau.
Las imágenes que proveyó la película a mi imaginario pre–adolescente, barrial y de postrimerías de la década del cincuenta fue que los Mau Mau  deberían desaparecer del mundo. Por las noches en mi cama más de una vez tuve pesadillas con aquellos espantosos negrazos pintarrajeados, con sus insultantes cuerpos atravesados por las cicatrices de los ritos iniciáticos, que vendrían a destrozarme para hacerme pagar por ser de piel blanca y civilizado, armados con machetes, azagayas y distinto tipo de mazas, hachas o macanas.
Hoy, si pensara igual que entonces (cuando andaba por los once años, en La Paternal, y a fines de los cincuenta), podría hasta haber llegado a decir que era del todo imperdonable que estos negros bárbaros hubieran sido capaces de acabar con la vida de un promisorio ejemplar de blanco caucásico, educado según la rigidez positivista primero, con sólidos conocimientos empíricos sobre la vida silvestre desde la mirada de la superioridad étnica después;  y seguramente capaz de alcanzar doctorados y vaya uno a saber cuántas cosas más, de haber podido alcanzar la adultez
Debo confesar que esto pasó pronto. En el año 1963, Jomo Kenyatta, quien había sido encarcelado acusado de organizar a los Mau Mau, era elegido parlamentario primero y después Primer Ministro de Kenya. Un año más tarde se practicaba en Kenya una razonablemente pacífica reforma agraria, y la ya conformada República de Kenya se incorporaba a las Naciones Unidas. Yo pensé entonces: una de dos: o los Mau Mau no eran tan bárbaros como me lo habían contado Mature y sus compañeros; o los civilizados ahora aceptaban caníbales en sus máximas organizaciones. Por aquí, y tal vez por ese hábito tan propio de nuestra burguesía de banalizar todo, Mau Mau se convirtió en ícono de la nocheporteña. Enclavada en la paquetísima en la zona de Retiro (Arroyo 866), laboîte de ese nombre abrió sus puertas en 1964 y las cerró treinta años despuésquizá como farsesca metáfora del intento de hibridación entre los restos de una desteñida oligarquía, con veleidades de aristocracia, y una incipiente burguesía con apellidos que (como dijera un conocido periodista) “veinte años atrás ninguno de estos, llamándose así, salía en ‘sociales’ de La Nación.”  Pero la vida sigue,y en 2011 me encontré con un artículo aparecido en El País, firmado desdeLondres por Walter Oppenheimer, del que copio algunos parágrafos:
Son ancianos ya, pero han recorrido 6.500 kilómetrosdesde Kenia para estar esta semana en un tribunal de Londres. Apenas entienden inglés, pero han seguido con enorme atención las audiencias de un caso que ellos, junto a miles de compatriotas, protagonizaron hace más de medio siglo. Son cuatro supervivientes de las torturas que sufrieron militantes, simpatizantes y sospechosos de pertenecer o apoyar al movimiento independentista Mau Mau en los cincuenta, cuando las autoridades coloniales británicas sofocaron su levantamiento.(…)
Los Mau Mau no eran santos. Hoyprobablemente se les tacharía de terroristas y su crueldad llevó a muchos kenianos a alinearse con los británicos en lo que en la práctica era una guerra civil. Se sabía también de los excesos británicos en aquellos años, de loscampos de internamiento indefinido, de las ejecuciones sumarias, de la represión, sobre todo de la etnia kikuyu, en la que los Mau Mau concentraban sus apoyos.(…)
A Paulo Nzili lo detuvieron sin cargos y lo castraron con unas tenazas. Pero allí estaba Paulo Nzili, de 84 años, el único de ellos que ha admitido que en 1954 llegó a pronunciar el juramento de pertenencia a los Mau Mau, pero que lo único que hizo fue hacerles llegar comida. (…) Los dejó en1957, aprovechando una amnistía. Cuando volvía a casa, las autoridades ledetuvieron y le llevaron al campo de Athi River. Entre otras torturas, lo castraron con unas tenazas. Salió en libertad sin cargos un año después.
A Ndiku Mutua (79 años) lo detuvieron en 1954. También lo castraron. Se escapó del hospital al que lo habían llevado tras la castración. A Wambugu Wa Nyingi (83 años) no lo castraron, pero pasó nueve años encerrado en distintos campos sin que jamás lo acusaran de nada. Una vez le dieron por muerto después de una fenomenal palizaa un grupo de detenidos que se habían negado a cavar su propia tumba: estuvo tres días inconsciente junto a 11 cadáveres, presos que no habían resistido los golpes. (…)
A Jane Muthoni Mara (72 años) ladetuvieron en 1954, cuando tenía 17 años. En sus tres años de detención sufrió numerosas palizas y la violaron con una botella de agua caliente. Una práctica que ella dice que era moneda corriente en el campamento.
Ninguno pide dinero para sí mismo. Quieren que el Gobierno británico se disculpe por lo que hizo en Kenia y ponga en marcha un fondo de ayuda para los supervivientes de aquel horror. Pero Londres dice que no es responsable de aquello porque han pasado muchos años y porque la responsabilidad quedó asumida por el Gobierno de Kenia cuando el país se independizó en 1963. (…) Los documentos confirman lo que habían empezado a denunciar hace unos años. Lo sintetizó en The Times la profesora Caroline Elkins, del Centro de Estudios Africanos de Harvard, cuando se presentó la denuncia en 2009: "Al final de 1955, las autoridades coloniales habían detenido a casi toda la población kikuyu en alguno de los 150 campos de detención o alguno de los más de 800 pueblos cercados con alambres de espino. Detrás de los alambres, agentes británicos perpetraban inconfesablesactos de violencia. Castraciones, sodomías forzadas con botellas rotas y ratas, torturas utilizando materias fecales y violaciones colectivas no eran más que algunas de las tácticas utilizadas para forzar a los detenidos asometerse".

Escribí esto porque algunas cosas que leo y escucho recientemente, parece que estuvieran creadas con el mismo rigor histórico y político de Trerence Young, y –más de una vez– dichas con una calidad de construcción de verosimilitud propia de un Víctor Mature. Yo les agradezco a todos los que aportaron a este regreso mío, sin necesidad del sabor de una magdalena mezclada con te mediante, a mi barrio, a mi pre–adolescencia, al olor de las butacas del cine Oeste, al borroso color de aquellas matinées, al gusto de los palitos salados comprados en la confitería Fierro, y a los primeros miedos que me importaron desde bastante lejos entre proyectores y pantallas; pero desde hace unos años, lo confieso, a mí me asustan otras cosas.

F.M.

FERNANDO MUSSANTE

F.M.

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