domingo, 24 de agosto de 2014

Derechos humanos y barbarie


La Argentina tiene una marca en la eliminación física del adversario como una de las herencias dejadas por el reino español con su conquista. Los reyes católicos habían creado el Santo Oficio de la Inquisición para terminar primero con los judíos y luego con los árabes. Sobre los restos de las sinagogas o las mezquitas que destruían los soldados del reino, los sacerdotes levantaban las iglesias para que la sociedad practicara el culto católico. Ese estado confesional se trasladó a América, donde muchas de las parroquias católicas de México o Perú se erigieron encima de los edificios sagrados donde aztecas, mayas e incas practicaban sus creencias y desarrollaban sus cosmovisiones. El saqueo, la extracción de riquezas naturales y el cobro compulsivo de tributos se mantuvo por siglos hasta que las revueltas de indios y criollos se cruzaron con las ideas liberales que llegaban desde los Estados Unidos y, sobre todo, desde Europa tras la irrupción de las expediciones napoleónicas en el Viejo Continente. Marx decía que Napoleón paseaba la revolución burguesa en la punta de las bayonetas de sus soldados. Las luchas revolucionarias de principios del siglo XIX, aun con sus textos vibrantes en defensa de valores humanitarios y universales, dejaron lugar a enfrentamientos internos donde las peleas de intereses y las alianzas políticas estuvieron atravesadas por la idea de extinguir al oponente, de matar al adversario. Nada más gráfico que el texto al que muchos llaman fundacional de la literatura argentina: Civilización o barbarie. En nombre de la civilización, la elite privilegiada convirtió a una nación soberana en una suerte de colonia inglesa. El mismo Julio Roca (hijo), citando a un publicista inglés, dijo que “desde el punto de vista económico, la Argentina forma parte del Imperio Británico”. Faltaba agregar que la oligarquía se metamorfoseaba en las castas superiores de la India o en los jefes de algunas comunidades africanas que compartían la administración y armaban ejércitos nativos al servicio de los colonialistas.
Esa idea tan estrecha y tan alejada de los procesos emancipatorios se había consolidado en la década del treinta, pero fue abortada temporariamente por la irrupción del peronismo. El proceso popular fue democrático, profundizó los derechos sociales y parió una Constitución, pero no dejó de ser faccioso. El peronismo tributó a la herencia del federalismo y el yrigoyenismo, movimientos que irrumpieron con las armas a la escena política y que fueron desplazados del poder con la violencia de las armas.
Tan violento fue el desalojo de Juan Perón de la Casa Rosada que su prólogo fue el bombardeo a la Plaza de Mayo: era una advertencia del costo que hubiera tenido una resistencia militar y popular a ese golpe de Estado.
La particularidad de esos años era que la única organización que tomaba la idea de los derechos humanos (hasta ese entonces eran “derechos del hombre”, tal como lo definía la declaración universal de 1948) era el Partido Comunista (PC), que contaba con la Liga Argentina de los Derechos del Hombre, creada en 1937 al calor del impulso de los comunistas europeos para enfrentar al fascismo. En la Argentina, la Liga asistió a muchos de los comunistas perseguidos y encarcelados durante el peronismo. Al haber caracterizado al peronismo como una variante vernácula del fascismo, la izquierda adscripta a la Unión Soviética estuvo enfrentada con el peronismo y las organizaciones de defensa de presos y de libertades civiles acompañaron la política del PC, que vivió muy traumáticamente sus alianzas con sectores que podrían definirse como antipopulares por su antiperonismo y por la brutalidad de la represión que desataron contra las protestas obreras y la resistencia peronista. Esto cambió con el golpe de Juan Carlos Onganía de 1966, cuando esa dictadura intervino las universidades y asumió la doctrina anticomunista de los Estados Unidos. Las cárceles y los tribunales de entonces contaron con la solidaridad de las comisiones de familiares de resistentes peronistas, de los que surgían al calor de la izquierda revolucionaria fundamentalmente guevarista y también de la Liga, alineada con el PC. La ferocidad de la represión y la tortura pusieron en el centro de la escena política lo que entonces se llamaba “solidaridad” con los presos y los torturados.
Una mención especial merecen las atrocidades de las tropas norteamericanas en Vietnam que llevaron a masivas manifestaciones en los países centrales en procura de la paz en aquel país. Se formó el Tribunal Russell donde estaban no sólo personalidades como Bertrand Russell y Jean Paul Sartre sino también el argentino Julio Cortázar, quien se convirtió en una figura que multiplicó el interés por lo que sucedía en la Argentina con la dictadura de Agustín Lanusse. Por entonces, Cortázar publicó El libro de Manuel, una mezcla de literatura y panfleto de denuncia cuyos derechos de autor donó para las comisiones de solidaridad.
Sin estos antecedentes hubiera sido impensable que la “lucha por los derechos humanos” hubiera tenido la potencia que tuvo durante la dictadura iniciada en 1976. Cabe recordar que la llegada de James Carter al gobierno de EE.UU. a fines de ese año produjo un giro de la política norteamericana en el continente respecto de las dictaduras. El concepto “derechos humanos” fue pensado desde el centro del mundo para combatir tanto “las dictaduras comunistas” como las alentadas precisamente por los Estados Unidos mismos. Ese concepto entró a la Argentina como el rock: por la ventana, para luego instalarse y nutrirse de la propia historia. Por espanto y por amor, o por ambas cosas, se dieron la mano los emisarios de organizaciones como Amnistía Internacional y la Cruz Roja Internacional con las madres de los militantes desaparecidos, la mayoría de los cuales eran enemigos declarados del imperialismo. En la diversidad de intereses, pero con objetivos precisos, se fraguó una camada de Madres y Abuelas así como de infinidad de personas que tomaban el riesgo de luchar contra la dictadura en las entrañas del monstruo.
Como en ningún otro país, uno de los corolarios de este riquísimo proceso fue el de los juicios a los genocidas, que tienen plena vigencia. Sin perjuicio de eso, hoy los derechos humanos tienen un diálogo intenso y contradictorio con muchos segmentos de la sociedad. Hay sectores que suman a esto desde una militancia social, territorial o de defensa de los pueblos originarios, contra la trata de personas y los atropellos y crímenes de las fuerzas de seguridad o de denuncia de los atropellos en las cárceles. Otros sectores, por el contrario, han construido un discurso basado en que “los derechos humanos son para ellos”. Y el “ellos” es un grupo difuso en el que están “los delincuentes” o los que están en organizaciones que luchan por la dignidad y la vigencia de los más diversos derechos. Ese discurso está bastante extendido y nunca son pocos los esfuerzos para promover el diálogo y tratar de desactivar esa visión mezquina y reaccionaria de una sociedad que avanzó en paz y democracia sobre los crímenes de la dictadura.
Uno de los ejemplos impactantes sobre la gran identificación con los derechos humanos lo constituye la recepción que tuvo la recuperación de la identidad de Ignacio Guido Montoya Carlotto. La película Verdades verdaderas, de Nicolás Gil Lavedra, una ficción sobre la vida de Estela de Carlotto, tuvo el sábado pasado un altísimo nivel de audiencia. Según Ibope pasó –a la medianoche, un horario no central– los ocho puntos de rating. Es seguro que entre quienes la vieron se emocionaron por distintos y contradictorios motivos. También algún xenófobo, algún golpeador, alguna corrupta derramó lágrimas por una identidad ganada. El asunto, precisamente, es que la idea de defenderse de la injusticia llegue a otros territorios castigados. El asunto es que sepamos que los derechos humanos y las gentes que luchan por ellos son resultado de un sistema desigual, que reproduce desigualdad y necesita de autoritarismos, atropellos, desconocimiento de derechos y miedos a granel. Los derechos humanos no son un gheto sino apenas una muestra de lo que se puede hacer para luchar por la vida y por la igualdad.

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