domingo, 20 de julio de 2014

EL MUNDO › LA ALIANZA CON LOS BRICS NO SE RESTRINGE A UNA PERSPECTIVA ECONOMICISTA DE CORTO PLAZO La apuesta estratégica de Lula y Dilma

En 2016, baterías antiaéreas rusas blindarán Río de Janeiro durante los Juegos Olímpicos, gracias al acuerdo de defensa firmado por Brasilia y Moscú una semana antes de la quinta cumbre del grupo Brics celebrada en marzo de 2013, un entendimiento ampliado por Dilma Rousseff y Vladimir Putin la semana pasada cuando se incluyó la compra de otros armamentos. En octubre de 2013, dos petroleras chinas integraron junto a la brasileña Petrobras el consorcio vencedor de la subasta por el megapozo Libra, situado en el litoral carioca y dotado de unos 12 mil millones de barriles de crudo. Antes de ello, en 2009, año de la primera cita presidencial de los Brics en la ciudad rusa de Ekaterimburgo, Luiz Inácio Lula da Silva pactó con su colega chino Hu Jintao un crédito de 10 mil millones de dólares para que Petrobras extraiga petróleo en yacimientos hundidos a 5000 metros de profundidad.
Estos antecedentes, a los que se podrían añadir otros como los programas satelitales firmados con China, permiten demostrar que la alianza de los gobiernos del Partido de los Trabajadores con los Brics, iniciada por Lula y profundizada por Dilma, no fue construida de buenas a primeras ni se restringe a una perspectiva economicista de corto plazo, como pudiera imaginar quien solo tome en cuenta la creación del Banco de Desarrollo y el Fondo de Contingencia durante la sexta reunión de ese grupo de países realizada la semana pasada en la ciudad nordestina de Fortaleza.
El acople entre Brasil y las potencias emergentes comenzó a madurar en la década pasada y ganó más ímpetu luego de la crisis global de 2008.
Además de cuestionar el peso de Estados Unidos en el FMI, apoyar la creación de instituciones financieras y alentar el comercio a través de las monedas locales, Brasil fue estableciendo graduales convergencias con los Brics en áreas sensibles como son las de defensa y energía, donde se asienta el núcleo duro de un vínculo entre naciones.
Todo lo anterior, sumado a las coincidencias en grandes asuntos de la agenda mundial, como los conflictos en Libia, Siria u Oriente Medio, donde Brasilia suele compartir con las posiciones defendidas por Beijing y Moscú, fueron instalando a los Brics dentro de las prioridades de la política externa de Brasilia al tiempo que se observaba un simétrico retroceso de Estados Unidos.
En los últimos meses esa potencia quedó fuera de la disputa por la explotación de hidrocarburos en el litoral de Río de Janeiro, donde hicieron pie las compañías chinas y perdió la licitación por la venta de 36 aviones de combate para la fuerza aérea brasileña.
El vicepresidente norteamericano, Joe Biden, arribó a Brasil en junio, a poco de iniciada la Copa del Mundo, con el propósito de recomponer las relaciones tras los destrozos causados por el escándalo de espionaje de la agencia NSA.
Dilma lo recibió con cortesía y habló sobre la importancia que su gobierno concede a la Casa Blanca, pero no brindó ninguna precisión sobre un eventual viaje a Washington, luego de haber suspendido una visita de Estado a esa capital cuando se confirmó que los agentes de la NSA auscultaron desde los archivos de Petrobras y hasta algún despacho del Palacio del Planalto.
En contraste con la austera recepción concedida al enviado de Barack Obama, la presidenta quiso el último año de su gobierno (concluye el 31 de diciembre) fuera coronado diplomáticamente en gran estilo, con la visita de 15 jefes de Estado luego de finalizada la Copa en el Maracaná.
El momento más alto de una semana en la que Brasil demostró su estatura internacional ocurrió el martes en Fortaleza, en cuyas playas todavía se veían hinchas extranjeros llegados para el Mundial, con la creación del Banco de Desarrollo y el Fondo de Contingencia, dos instituciones dotadas de 150 mil millones de dólares.
Un monto lo suficientemente robusto como para demostrar que surgió un polo de poder capaz de plantarse de cara a las metrópolis occidentales y marcar el inicio del fin de dos décadas de unipolaridad norteamericana.
La conferencia de Fortaleza, prolongada el miércoles en Brasilia cuando se sumaron los líderes de la Unasur y de la Celac, tuvo el sello de la presidenta que se perfila como favorita a la reelección en los comicios del 5 de octubre, con el 36 por ciento de las intenciones de voto frente al 20 del opositor Aecio Neves, proclive a reincidir en las relaciones preferenciales con Estados Unidos de su correligionario, el ex mandatario Fernando Henrique Cardoso.
El cónclave fue un triunfo de la diplomacia brasileña, pero especialmente de Rousseff, que está en condiciones de capitalizar el rédito de lo ocurrido la semana pasada, en la que mantuvo varios encuentros bilaterales, el más importante con su par chino Xi Jinping, de cara a la campaña electoral y como un anticipo de lo que serán los ejes en un eventual segundo mandato.
La política externa brasileña es la resultante de un campo de fuerzas en el que gravitan la presidencia de la república, los grupos de poder fáctico (burguesía industrial y financiera) y el Palacio Itamaraty, que suele operar con una lógica propia como si se tratara de un Estado dentro del Estado.
El saldo de la reunión de los Brics posiciona mejor a Rousseff dentro de ese sistema inestable, donde también operan el lobby de las potencias extranjeras y corporaciones transnacionales.
Rousseff se mueve con más soltura en el terreno de la diplomacia económica que en los mentideros políticos, donde prefiere que actúen sus hombres de confianza, el asesor especial de Asuntos Internacionales, Marco Aurelio García, y el canciller Luiz Alberto Figueireido.
Según trascendió, ella pidió ser informada permanentemente sobre las negociaciones para la creación del Banco de Desarrollo, cuya presidencia quería ejercer, aspiración que resignó a favor de India, con sentido pragmático, para garantizar que el proyecto salga del papel.
A Dilma le gusta la diplomacia de resultados, como quedó demostrado en la conferencia de la semana pasada o hace cinco meses en Cuba, adonde viajó para recorrer las obras del puerto de Mariel financiadas por el poderoso Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social, puerto que permitirá que Brasil cuente con una base de exportaciones a unas cuantas millas marinas de Miami y del Canal de Panamá, el atajo interoceánico para llegar al mercado chino.
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